20140801

Mujer rota y continente

Un libro que impacta el alma de quien lo lee


Por Virginia Perez-Santalla *


Ah, dirán algunos sin leerlo, otro libro de poemas. ¡Qué lejos de la realidad estarían! No es “otro” libro de poemas. Margarita Hernández Contreras, nacida en Guadalajara, México, es una escritora que obsequia al lector con sus ideas, sus pensamientos, sus sentimientos y, al hacerlo, causa gran impacto en el alma de quien los lee. Una vez que se abren las primeras páginas del poemario, no se puede dejar de lado.

Escrito en verso libre, sin uso de mayúsculas ni puntuación en su mayor parte, inmediatamente logra que el lector se dé cuenta que no va a leer solo por leer, no. Sabrá que el libro es uno que hay que saborear, que dedicarle atención a cada poema, a cada estrofa, pensar en ella, visualizarla, dejarse llevar por la emoción. Al leer varios versos sin mayúsculas y de pronto enfrentarse con uno en el que se emplean, el lector siente que lo han sorprendido. Temporalmente, y de modo imperceptible, se le rompe el ritmo de la lectura que, pasada la sorpresa, vuelve a seguir con dedicación. ¿Sería la intención de la escritora destacar ciertas expresiones, darle una sacudida al lector, dejarle ver que la vida cambia?
Solo ella lo sabe.

Margarita Hernández Contreras nos conduce por el camino de sus experiencias como un vendaval. Uno sufre el daño, percibido o real, que la poeta sintió durante las épocas evocadas en esos poemas. En las siguientes estrofas podemos apreciar cómo le afectó que la consideraran gorda durante su niñez.

Diario de la desprotegida
...
sobrevivir en la médula del terror
desoír al cuerpo en su inmediatez
para escucharlo por vez primera
hacerse de oídos sordos
y aguzar el corazón para escucharlo
con sus anhelos secretos
ocultos tras el escudo de carne grasa

ay, las lágrimas, ¡cuántas!
nadie sabe, nadie entiende
el arrojo a pesar del abismo que se abre

¿cómo supiste que había que ocultar la gordura,
que eras asquerosa, digna de lástimas, de burlas,
que tenías que esconderte?

El dolor sufrido por la niña hecha mujer se siente en lo profundo del ser y uno desea ampararla, protegerla. El poema despierta en el lector la curiosidad de saber si la niña sobrepasó el calificativo hiriente convirtiéndose en una mujer satisfecha consigo misma.


En varios poemas, Margarita nos deja apreciar con gran intensidad diferentes contactos entre un hombre y una mujer. Al leerlos, la pasión y emoción que transmiten estremecerán al lector.

En otros, uno se encuentra con imágenes potentes como si realmente las tuviera delante de sus ojos. Los poemas “Lunaciones” y “Agosto repetido” son ejemplos perfectos, como podrán apreciar en las estrofas citadas a continuación.

Lunaciones

Luna sola

laguna espejo sosegado
jazz en busca de la luna
la ventana abierta con su cortina ondeando
el cuarto iluminado por la llama de la vela

el olor de la canela se abraza al de las rosas
mis manos aves en reposo
se anidan y buscan la tibieza de mi regazo

….

Agostos repetidos

soy monumento en los escombros del olvido
la ciudad y nuestra historia, diáfanas alguna vez
ahora son desiertos donde el silencio rueda
largo como la palabra agosto.


En su poemario, Margarita Hernández Contreras nos lleva por caminos llenos de emoción dejando intensas huellas en lo más recóndito de nuestro ser. El lector regresará al libro una y otra vez. Cada una de esas veces la lectura dejará una huella diferente y se sentirá siempre agradecido de que la poeta le haya permitido vislumbrar su corazón.


* Virginia Perez-Santalla es traductora certificada por la ATA (Asociación de Traductores [Norte]Americanosasí como intérprete judicial y de conferencias, certificada por el gobierno de Estados Unidos. Ha servido 11 años como miembro de la Directiva de la ATA.

20140716

La luz bajo cerrojos

Abrir los cerrojos de “La Luz Bajo Cerrojos”

Por: Rodolfo Ochoa


Más que acudir al bisturí de una teoría o un método expresaré las reflexiones que La luz bajo cerrojos, de Arturo Ipiéns (2013), dejó en un lector que se declara docto ignorante en cuanto a la ambigua y equivoca labor de etiquetar corrientes poéticas contemporáneas que, como observara en una charla Raúl Aceves, están contaminadas por gran cantidad de obras de muy distinta densidad y que, como lo precisara Luis Vicente de Aguinaga (2014), tienen un carácter ecléctico e interdisciplinario en cuanto existen “vasos comunicantes” con otras artes, aspecto este último consustancial en La Luz Bajo Cerrojos.
Y para abrir los cerrojos y atisbar la luz acerrojada, ese periplo en busca de la belleza, de la amada, se hace acompañar de María Zambrano, su guía, que con su filosofía poética marca el sendero a seguir por esos caminos que “…parecen desfiladeros, “entre el mundo cercado y el cielo que nos sueña”. Las grietas y los filos son cortantes –aspas, astillas, hélices- y dejan en el corazón laceraciones que aunque se apagan, siguen vivas para alertarnos ante nuevos riesgos (Souza Jauffred, 2013)”.
La luz bajo cerrojos es un poema de amor, es un poema de aprendizaje, de conocimiento. Los ascensos y descensos del amante por acerrojar la belleza, la verdad, la felicidad. Sus gozos y sus caídas, porque La luz bajo cerrojos es una oración, un canto de un creyente sin dios que, sin embargo, busca la luz; es un poema de aprendizaje en el que el poeta aprende de la herida que no se cierra, porque en su abertura resplandece la luz que afanosamente busca.
Y circular es el conocimiento y el amor buscado. Regresar al punto de partida una y otra vez jalonados por la esperanza hasta que ésta se acaba y que nos hace recordar aquella frase lapidaria de Dante: abandonad toda esperanza los que entráis aquí (Dante, 1922). En el canto preparatorio, en la antífona de entrada La luz bajo cerrojo, el poeta asume el abandono en que tendrá que realizar su búsqueda: sólo el agua, ese elemento primigenio, esa luz líquida.
…PÁJARO DE MÚSICA INTOCABLE
La primera parte, el primer acto de este poemario, “Granos de sal”, un grano de sal irrumpe como un “aerolito” en la vida del poeta y de Ana. Un grano de sal que escalda los labios, su memoria, que condimenta los alimentos y la vida: un grano de sal nos permite darle sentido a la vida, salir de nosotros mismos, de nuestra otredad:
¡Rápido sal de ti!
Sal de la tierra
antes que la desazón
—grano a grano—
te cubra un día
el cuerpo y el alma. (Ipiéns, 2013, pág. 15)

Somos seres de encuentros y desencuentros, que en “…Pájaro de música intocable” son azarosos, inexplicables, cuando se dan “a espaldas del destino”. Encuentros que nos alejan, de tan cercanos:
Sólo miré de lejos
—tras el vidrio—
estelas de ventisca: (Ipiéns, 2013, pág. 17)

Y en el encuentro amoroso, en ese misterio, “…Pájaro de música intocable” abreva arriesgadamente de nuestra tradición poética castellana más antigua y se describe con palabras que en sí mismas son poesía y música y tapices coloridos: boquella hamarella, yermanelas, aljamiadas, habib, …tradición que se renueva como el de la jarcha anónima del ¿siglo XI? Que fuera traducida por varios escritores como Stern (Stern S. , 1953):
Mamma ayy habibi
sujjamelo šaqrella.
el collo albo
la boquella hamrella.

¡Madre, qué amigo!
Bajo la guedejuela rubita,
el cuello albo
y la boquita coloradita (Stern).

…Tu boquella
hamarella frente a un páramo de ortigas,
collo albo y la túnica sutil
que se abriría siempre entre mis dedos (Ipiéns, 2013).

La tradición como cimiento de la modernidad. El lenguaje de “…Pájaro de música intocable” está construido con la arqueología lingüística de los latinos, los hebreos, los árabes… es la “babel de mirra y fuego” que conforma la arquitectura espiritual de Ana, es nuestra alma espiritual, es nuestra lengua. En la trama del poema “Rasgue la luz tensada un mediodía” se entrecruzan costuras que forman nuestra identidad cultural, nuestra tradición amorosa.

Las ansias de vivir, la ansiedad mecida “con canciones de cuna no aljamiadas” y “el dulcémele tocado en la penumbra/por la abuela”. La ansiedad que crece y nos desborda con cada nuevo vínculo:

Sólo al principio una luz
Violenta, un giro de cuchilla (Ipiéns, 2013, pág. 22).

Este viaje cuyos caminos convergen en la memoria en “los vestíbulos del alba”, en el que se hace el primer descubrimiento una vez pasado el asombro: Eros “comunica a la luz con la sombra, al mundo sensible con las ideas (Paz, 1999)”; la luz, el alma, en inasible para nuestras ansias, no hay luz que apague esta sed de felicidad y de eternidad:
Entro en tu soledad
Sin romper el aroma
Que te anuda a la tierra,
Así ya no me olvido
Que tu alma es un pájaro
De música intocable.

Con este poema termina la primera parte del poemario, al que le sigue “…entre el fósforo y la sal” y “… la luz bajo cerrojos” que sobre las “Almohadas”, testigos involuntarios e inmutables de nuestros pensamientos y nuestras lágrimas, continua el viaje de nuestro poeta tratando de arrancarse los huesos y ponerlos a la “espalda” y encontrar un refugio para la intemperies que nos producen las pérdidas que hacen que nos enlutemos –que nos privemos de luz- y lleguemos a la sapiente conclusión de que:
Fue sólo
un deseo: poner el nombre
de la luz bajo cerrojos.

Luz inacerrojable como estos poemas que torpemente reflexiono en la oscuridad de mi inteligencia en espera de que, otros lectores, inicien a su vez ese recorrido propuesto en los versos de La luz bajo cerrojos.

Bibliografía:
Dante, A. (1922). La divina comedia. Buenos Aires: Centro Cultural "latium".
Ipiéns, A. (2013). La luz bajo cerrojos. Guadalajara: La Zonambula.
Paz, O. (1999). La llama doble. México: Seix Barral.
Souza Jauffred, J. (2013). La luz bajo cerrojos. En A. Ipiéns, La luz bajo cerrojos (pág. 84). Guadalajara: La zonambula.
Stern. (s.f.). Jarchas.Net. Recuperado el 2 de julio de 2014, de http://www.jarchas.net/jarcha-35.html
Stern, S. (1953). Les chanson mozarabe. Palermo.
Vicente de Aguinaga, L. (2014). Cada cosa se disgrega en palabras. Crítica.


Guadalajara, Jalisco 3 de junio del 2014

20140331

Tres cuentos de Adolfo González Ramírez

Arcos en sus pies

Parecía que esa imagen ya la había visto en un edificio antiguo…y sí, era la misma, lo sabía. Dos arcos gemelos separados por una columna, como dos manos haciendo concha en dirección al suelo, al mismo tiempo que sus nudillos se tocan; era un posición privilegiada de los ojos a 20 centímetros de la imagen. Belleza geométrica valorada en casi todas las épocas de esplendor artístico humano, casi tan perfecto como los ideales griegos, imponente como las esculturas de Persia o claras como las pinturas bizantinas; curioso saber que las manos de los hombres han tenido la misma composición en todas las épocas. Las formas y el tiempo tienen una relación de estira y afloja, pero el goce estético permanece, porque es cierto también que nuestros ojos no han cambiado mucho desde hace unos cinco mil años.
 Ahora veía esos arcos en los zapatos de su compañera de cuarto. Eran dos también, y a diferencia de las estructuras arquitectónicas, los arcos no circundaban vacío sino piel. Se preguntó si el escultor de esos arcos no se había basado o inspirado en las líneas que formaban los tirantes de los zapatos de dama (en los tirantes de “esa” dama, para ser más exacto). Le preguntó a su compañera si no le molestaban, porque parecía que esos tirantes apretaban su piel, como si quisieran demostrar su verdadera naturaleza de tirantes tiranos. Su compañera le pidió que se acercara con un movimiento de cara que buscaba complicidad. Lentamente él lo hizo sin dirigir ni su mirada ni su cara ni su alma hacia las partes del cuerpo que más le excitaban en ella. La mujer que tenía enfrente no le exigía mucho esfuerzo intelectual ni corporal, era tan estática como los pilares que te saludan a la entrada del recinto; bastaba con caminar y estar atento para poder cruzar el pasillo, después los arcos, para encontrarse en un nuevo salón, más oscuro y frío, pero cómodo como una cueva, ya olvidado el calor exterior.
El goce estético del momento residía en el parecido de los arcos del edificio con los que adornaban sus zapatos. Los quitó con precisión miedosa, ya que un movimiento de más o tres de menos podían derrumbar no solo las curvas sino también el edificio de su cuerpo. Los desabrochaba lentamente, con temor de perder el deseo que provocaba en ella, y al mismo tiempo, de derrumbar el edificio real, cuya inspiración había servido de resorte en sus movimientos de aproximación.
El “auch” que escuchó en voz de su compañera provocó en el hombre una sorpresa más repentina que conmovedora; su cabeza retrocedió un poco, mientras que su cuello mantenía la distancia respecto al cuerpo de la “otra”; no quería darse de topes contra la pared, porque el golpe hubiera sido muy doloroso. Debido a su sorpresa los ojos se le abrieron en un círculo perfecto, como cuando lo hacen, de sopetón, las ventanas de una mansión en la colina, debido a la acción del viento. Le causó bastante impresión las heridas provocadas en el pie de la compañera, los cuales eran pequeños raspones de dos centímetros de largo por 23 milímetros de ancho. Recordó los temblores en las grandes ciudades, donde el poco tacto de la naturaleza provocaba grietas en la mayoría de las casas del centro, iguales, en proporción, a las de ella. Ni siquiera un “perdón” en boca de él, logró menguar un poco el enfado de esta mujer-monumento, tan próxima como el concreto que pisas todos los días con el primero paso que das al salir de tu casa, y tan lejana como el conocimiento (poco) que él tenía de los planos de un edificio contemporáneo.
No esperó mucho para sentir de nuevo la lejanía del cuerpo de su compañera, el cual se adelantó a las pretensiones de la mujer y se marchó del cuarto; al hacerlo no dejó en el camino más que el recuerdo de sus espaldas. Las súplicas de él no surtieron efecto, en parte porque su voz tenía la misma fuerza para derribarla como un brochazo de pintura lo tiene sobre las paredes de una casa cubierta de concreto. Los zapatos quedaron huérfanos de pies, a un costado de la cama. Uno estaba recostado en el suelo y el otro mantenía su posición erguida, al mismo tiempo que el hombre los miraba fijamente sin estar realmente consciente de lo que estaba haciendo. La verdad era que él quería volverá a un cuarto obscuro, donde solo cupieran él y su cuerpo, aunque las paredes del edificio ya estuvieran derrumbadas. 


*

El olvido


Con un movimiento de mano pendular y rápido limpio mi cómoda, luego apago la luz, pongo antes los libros en orden…voy a la cocina, rompo la bolsa de pan, muerdo; veo la hora, salgo de ahí...”en 15 minutos saldré de mi casa” me recuerdo a mí mismo como nota mental mientras veo mi reloj…prendo la tele y escucho dos palabras del presentador antes de apagarla. Me arreglo la corbata…vuelvo a la cocina, veo la puerta de entrada, la abro para adelantar el trabajo de abrirla en 10 minutos, regreso a mi cuarto a ver si no dejé la pluma negra en el escritorio. Me relajo un poco. Enciendo nuevamente la radio (¿qué no era la tele?), escucho 15 palabras antes de apagarlo. Me dirijo a la cocina y busco de nuevo la bolsa de pan. No está. Veo la hora para saber si tengo tiempo de comprar pan en mi camino al trabajo y mi reloj tampoco está. Para olvidar estos raros acontecimientos prendo la tele, pero lo hago virtualmente, porque la tele tampoco está. Volteo a ver mi cuarto, a ver si está ahí, y oh sorpresa, se lo han robado también. Lo único que no me robaron es la memoria, y confirmo que todo fue debido a que dejé la puerta abierta y no la vigilé. La puerta tampoco estaba. El ladrón aprovechó mi descuido para robársela también. No soy ignorante del coraje que me causa no haber mejorado mi capacidad de concentración, lo cual siempre me lo han recordado mis padres, mis jefes, y ahora yo mismo…ahora, aparte de eso, ya ni puerta tengo para poder salir de mi casa.


*

Matar no es malo


“Te digo que matar no es tan malo, sí, estoy de acuerdo es un tabú de la sociedad, es una acción cargada de cuestiones éticas y morales, que casi todas tienen que ver con el temor de un Dios padre que nos castiga, pero en realidad ¿alguna vez Dios te ha dicho con argumentos razonables las razones principales por las que matar no es bueno? Es más, ¿te ha dado las razones para argumentar por qué lo bueno es bueno?”
No, no me ha dado las razones, pero tus argumentos no me parecen válidos tampoco, no puedo creer que solo porque quieras matar a ese par de animales indefensos me tengas que venir con un discurso sofista y lleno de contradicciones para justificar tu próxima acción. No mates, olvidemos ya las razones éticas y morales que planteas: matar es malo porque te hace sentir incómodo ¿no te basta esta razón? No es pretenciosa pero a mi entender es convincente.
“No, bueno, la verdad no me basta esa razón y yo pienso que si matamos como jugamos creo que el juego perdería su sentido lúdico, así como el asesinato perdería su connotación agresiva. Creo que tanto el juego como el asesinato están sobrevalorados: uno como acto de recreación y el otro como suceso destructor. Bueno, hay gente sin escrúpulos que asesina y corta cabezas para colgarlas en un puente, sin embargo cuando hablas con ellas de literatura artes y fútbol son las personas más agradables que te puedas imaginar”.
Sus ojos habían adquirido una redondez y una expresión que por varios segundos creí desconocerlo. El café era un lugar oscuro, solitario, pero las duras palabras de mi compañero le transfirieron un eco estruendoso difícil de callar. No había personas que fueran espectadores del teatro de sus palabras, pero estas tenían un matiz tan perturbador que yo estaba convencido de que esta conversación no podía quedarse solo como una simple charla de café sino que tenía que ser conocida por algún medio. Sin embargo ya no quise discutir más con mi amigo y salí del negocio lo más rápido que pude.
 La plática me seguía dando vueltas en la cabeza durante el trayecto a mi hogar. Veía en todas las personas un rostro de asesino en potencia, porque a fin de cuentas no es tan descabellado pensar que en algún momento de su vida ellos pensaron como lo hace mi amigo, a quien, por cierto, conozco desde hace muchos años. He tenido millones de discusiones con él, sin embargo nunca lo había escuchado hablar con tanta seguridad sobre un tema tan tabú. No lo desconocía tampoco ya que en él veía la misma expresión que cuando teníamos 18 años, y la manera en que defendía sus puntos de vista no era tan distinta ahora a la de esa época. Pero ahora los temas inocentes eran cosa del pasado.
Ya en mi casa, con la cabeza hinchada hasta el techo de curiosidad me puse a leer cuentos que trataban sobre la conveniencia o no de matar para poder coexistir en este mundo con nuestros semejantes. Los libros en donde publicaron esos cuentos tenían títulos muy bizarros ya que manejaban en su discurso una lógica dicotómica confusa y por lo mismo contradictoria. Lo digo porque combinaban las recomendaciones para vivir una mejor vida con la consigna, aparentemente ordenada desde algún lugar, de poner siempre al acto de matar como uno noble y sin peligro de ser causa de remordimiento. “Cómo matar y tener una vida sana”, “Tú puedes mejorar tu vida y acabar con la de otro”, o “El poder de la mente y el pensamiento positivo por encima de la existencia del otro”. Los autores de los libros eran psicólogos, terapeutas, filósofos….era curioso que no estaban escritos ni por narcos ni por pistoleros de líderes políticos y estudiantiles. ¿Cómo hacerle caso a ese tipo de discursos? ¿Cómo tomarme en serio títulos así?
Eran libros muy raros, él nunca había conocido cosas así; su sorpresa era mayúscula, casi como la que tenía cuando conversaba con su amigo, porque si bien estaba sorprendido , todavía, mientras lo tenía enfrente de sí, tenía la sensación de estar colgado al hilo de realidad que una simple charla de café proporciona a sus protagonista; ahora, por el contrario, se preguntaba si en realidad había o no tenido esa charla; un nuevo mundo se le revelaba, por lo que decidió sentarse en su silla y escribir toda la conversación, desde el principio hasta el final, con sus comas, puntos y pausas convenientes; necesitaba plasmar en papel la impresión que le había causado el descubrimiento de una moral alternativa a la conocida por la mayoría de los seres occidentales. No dejó de considerar la reacción de los lectores, quienes pudieran tener la duda de si este cuento está regido por leyes morales y éticas distintas al resto de las personas, y usa para tal fin, el pretexto de crear un mundo paralelo en el cual el acto de matar no tiene la connotación negativa que siempre ha tenido en el imaginario humano. Nuestro protagonista buscó en internet todas las páginas posibles que hicieran referencia a esta teoría “nueva” para su conocimiento, ya que tenía la sospecha de que el nuevo orden mundial estaba ya sucediendo y los actores de esta obra ya lo estaban representando en el mundo exterior, y mientras tanto él, tranquilo en su casa, apenas estaba entrando al teatro como espectador y no tenía más que dos minutos acomodándose en su butaca mientras en el escenario las nuevas leyes de convivencia humanas hacían su aparición después de romper el telón.

20140328

Texto de Martha Cerda sobre Ernesto Flores

Homenaje a Ernesto Flores

Martha Cerda


Hablar de Ernesto Flores es un reto porque no existe un solo Ernesto, en él convivían el poeta, el ensayista, el narrador, el maestro, el editor, el amante de la música y el promotor cultural. Yo me voy a permitir hablar del Ernesto cuentista y cómplice de aventuras literarias, con el que compartí momentos jubilosos acompañados de una buena taza de café y de un trozo clandestino de pastel, que Ernesto tenía prohibido. En todas esas ocasiones abrevé de su sabiduría en sabrosas pláticas donde el humor no se nos escatimaba y el buen chisme literario tampoco.
 Como cuentista Ernesto era riguroso, exigente, nunca estaba satisfecho con lo que escribía y corregía una y otra vez, por eso no se atrevía a publicar sus cuentos. Recuerdo que nos reuníamos a tallerear en su casa, en la mía o en la de Gloria Velázquez y nos contaba anécdotas de donde salían sus cuentos.
 Por fin se animó a publicar sus textos en un libro titulado Nubes que pasan, publicado por la editorial La Zonámbula, Conaculta y el gobierno de Nayarit, en el año 2010.
 Nubes que pasan reúne seis cuentos: La guadaña, El balcón, Dignidad, Los ojos de la noche, Fuego y Sibelis. La mayoría de estos cuentos son realistas y autobiográficos, inspirados en la infancia de Ernesto en su natal Santiago Ixcuintla. Son cuentos trabajados con esmero, meticulosa y minuciosamente, en los que Ernesto se revela como un gran cuentista.
 El primer cuento, La guadaña, nos habla de Salomé y Juan el Bautista. Con gran maestría Ernesto nos pinta los paisajes pero, donde se muestra más artista es cuando describe la escena del baile de Salomé, Cito:
 “Sonaron las flautas y vino una ola de música que se mezcló con el aroma de la mirra y los comentarios al oído sobre la trayectoria de aquella mano ondulante que se elevó como una serpiente. La silueta en reposo apenas se adivinaba palpitante. Luego Salomé siguió con su mirada enigmática la danza ascendente de la otra mano, hasta que ambas se rozaron por encima de su cabeza.
 “Osciló después perezosamente y los invitados contemplaron el hermoso perfil cuando la espalda se dobló hacia atrás tocando el piso con la cabellera. Hasta ese momento apenas era una sugerente danza del torso. A una frase alada de la flauta, el pie se levantó delicadamente más alto de lo que parecía posible. A pesar de que la música aceleraba, los movimientos de Salomé fueron ampliándose y haciéndose más lentos. Luego la bailarina cerró los ojos ebria de música, y giró abriendo los brazos arqueados, que al deslizarse cruzaron frente a su rostro como nubes”. Fin de la cita. Esta bellísima escena, exquisita y elegante nos hace mirar a Salomé bailando en pleno éxtasis. Es una página brillante de Ernesto.
 El segundo cuento, El balcón, es estremecedor, nos habla de la muerte de una niña por tétanos y el estupor de un amiguito, probablemente Ernesto de niño, ante la contemplación del cadáver a través del balcón, como se acostumbraba seguramente en los pueblos en aquella época. Cito:
 “Voces pálidas de mujeres:
 –Mira, un angelito.
 –Se abrió la gloria.
 –Arriba hay fiesta.
 –¡Cuánta alegría!
 Luego ningún ruido. Las voces dejaron de sonar. Y Ernesto remata con una imagen contundente: Nada se movió en esa eternidad”. El niño se quedó toda la tarde viendo a la niña muerta, hasta que al anochecer su padre va por él. Cito:
 –Ande mi muchachito. Ya es tiempo. Vámonos a la casa. Su mamá lo espera.
 –¿Eh?... ¿Cómo?
 Joel hizo un esfuerzo inútil, sus manos permanecieron rígidas apretando las rejas. No las sentía. Oyó otra vez aquel susurro grave soplando en su oído.
 –Suelta la reja, mi hijo. A ver, ¡Joel!
 Ayudado sintió cuando destrababan sus dedos. Imaginó un gemido desbarrancado yéndose en un pozo interminable: Noooo
 Joel soltó las rejas y se desplomó” Fin de la cita.
 Con el cuento Dignidad me parece estar oyendo a Ernesto hablar de su madre y de su padre. Ella una mujer enérgica que no dudaba en ir a sacar a su marido de los lugares non sanctos que frecuentaba y él un hombre recio, que había sido capitán en las tropas del general Buelna. Rubio, alto, ojo azul, que en cuestión de amores no dejó títere con cabeza. Ernesto describe cariñosamente al personaje de su madre, Cito:
 “Nadie hubiera adivinado tal capacidad de celos en aquella mujercita risueña… su boca pequeña y rugosa: su color claro teñido por el paludismo y la quinina; la nariz corta como la de una niña. Pequeña y nerviosa, era móvil como una llama. Al platicar, sus manos describían vuelos y regresaban para apoyarse con fuerzas en sus caderas… Reía con todo el cuerpo graso, las espaldas, el vientre el torso”. Fin de la cita.
 El caso es que un día doña Sarita, que así se llamaba, se topa en el camión con una mujer de la vida alegre, a la que le decían La Vaca Echada y con la que al parece su marido había tenido queveres. Indignada, doña Sarita le dice: “En donde yo voy no irá ninguna piruja como usted”.
 Con el tiempo, paradójicamente La vaca Echada va a pedirle ayuda a doña Sara porque no tiene a nadie a quien acudir. Cito: “Doña Sara, estoy muy enferma. Tengo una deuda con el casero. Me amenaza con echarme a la calle. No me alcanza ni para lo necesario. No hay quien me ayude…
 –¿Qué tienes? (pregunta doña Sara y sigue narrando).
 Ella me describió los síntomas de una enfermedad vieja. Sentí compasión, pero permanecí de piedra. Y ella también: Era el diálogo entre dos mujeres separadas por un muro.
 Pero nobleza obliga y doña Sara finalmente dijo:
 Dile a tu casero que venga a verme. ¿Cuánto necesitas para vivir? Te mandaré al doctor Pernas y las medicinas que necesites. (Los Flores tenían una farmacia en Snatiago).
 La historia termina de forma conmovedora: cuando doña Sara muere, La Vaca Echada muestra su agradecimiento. Una empleada de la botica dice:
 Toda la noche esa mujer a la que doña Sara le decía La Vaca Echada, se quedó en la plaza, frente a la botica”. Fin de la cita.
 El siguiente cuento, Los ojos de la noche, está inspirado en el cuento El otro, de Borges, donde el personaje viejo se encuentra con él mismo de joven. Ernesto contaba que Borges se había apropiado para escribir este cuento, de uno de un escritor desconocido, no recuerdo su nombre, y que esto solía pasar entre los escritores reconocidos. Al final del cuento, Lucio, el personaje joven, se encuentra con su yo viejo y Ernesto termina diciendo: “Y desde sus quevedos lo observó con la curiosidad de un hombre que se contempla desde el espejo”.
 En el quinto cuento del libro Ernesto maneja a una moderna Medea que mata a sus hijos, pero con sutileza Ernesto evade las escenas violentas y sugiere la tragedia. En este libro hay una frase que alude al título del libro, cito: “Goces que ahora veía pasar como nubes”.
 Aquí la protagonista, Amparo; envenenada por los celos al ver que Antonio, su hombre, la deja por otra, acaba con la vida de sus niños. Chole, una alcahueta a la que Amparo le pagaba para que le llevara chismes de Antonio, descubre el asesinato y corre a decírselo a Antonio. Cito:
 –“¡Sus niños!
 Se ahogaba y no podía hablar.
 –¡Sus chiquitos, don Toño!
 Él se puso lívido y adivinó”.
 Y Ernesto remata diciendo: Arriba las estrellas disminuyeron su vértigo.
 El último cuento del libro es otro texto memorable, se titula Sibelis y es la historia de una prostituta casi niña, que induce al personaje masculino, también casi niño, a su primera experiencia sexual. Con una prosa clara, sin rebuscamientos, Ernesto narra en un tono coloquial estas anécdotas con mucha intensidad, Cito:
 “Vi su yema tocarme la mejilla, rozar apenas el vello del bozo, seguir la línea de mi labio. Dibujó con deleite la curva del párpado y el nacimiento del pelo y jugó con el pabellón de mi oído…la vi acercar sus labios hambrientos y posarse en mi cuello y resbalarlos hasta mi espalda…Oí el chasquido de su boca húmeda en mi oreja; quise contenerme, por vergüenza, mas fue inútil. Aquellas manos me desabotonaron y echaron atrás mi camisa. Cerré los ojos cuando ella deslizó su lengua en mi hombro…Vino un sismo, una marejada, un estallido que oscureció todo y me precipitó en la muerte…Luego fue muy delicada, tan sabia que no recuerdo ni cómo sucedió aquello…Fue como abrir los ojos en otra vida. Así debe sentirse uno en el cielo”. Fin de la cita. Este es un ejemplo de erotismo fino.
 No cabe duda de que Nubes que pasan es un libro con una gran riqueza conceptual y formal, además del valor sentimental que tiene para quienes quisimos a Ernesto Flores. Desgraciadamente se quedaron algunos cuentos en el tintero. Ernesto decía que quería escribir un cuento sobre el pozo de Orvieto y contaba de cuando estuvo ahí y de la impresionante escalera de caracol que llevaba al fondo. No sé si por fin lo escribió, sería importante rescatarlo.
 En estas páginas está Ernesto Flores, el maestro y entrañable amigo. Termino con sus palabras: “Siempre se vuelve al mundo de los niños. Acaba uno por regresar al punto de partida. Otra vez en Santiago”.


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