20111020

Praderas silenciosas

Segunda presentación del libro Praderas silenciosas
Por Luis Eduardo García

En una conversación que tuvimos hace poco, le comenté a Álvaro que Praderas silenciosas es uno de los libros escritos por un poeta de mi generación que más me han gustado en mucho tiempo. A pesar de ser su primera publicación, hay un trabajo muy cuidado en cada uno de los poemas que lo componen, así que creo que Álvaro decidió saltarse la etapa de inmadurez en su escritura (o al menos decidió no publicarla, como muchos poetas, incluyéndome, sí lo hicimos) y nos presenta una obra sólida y plenamente disfrutable.


“La memoria, entre apagados muros
—en la violenta calma del hospital dormido—
recuerda la roja espuma de la herida”


Es el principio del libro, tres versos que nos avisan lo que está por venir. La memoria que es y será siempre una herida, un corte que aparentemente se ha difuminado con lo años, pero que puede emerger en cualquier momento sin que lo esperemos; como un destello. La memoria de la cual brota una espuma roja y que se convierte luego, casi inexplicablemente, en poesía.

Hay un dolor tenue que recorre las páginas de Praderas silenciosas, “el silencio y sus navajas” que cubren todo de un blanco que produce frío. Sería caer en facilismos reducir la poesía de Álvaro a las influencias de Viel Temperley o Antonio Gamoneda, que desde luego están ahí, pero a las cuales quisiera dar poca importancia, finalmente, recordando a Kristeva, se puede decir que todo texto es la absorción de otro texto y sí, de alguna manera, todo es asimilación. Lo importante es cómo se da esa asimilación, en el caso de Álvaro Luquín se puede percibir un tono natural orientado a cierto registro poético que logra con sorprendente sencillez un efecto emocional en el lector. Los poemas aquí escritos no son meras construcciones verbales que busquen el tan mencionado rigor formal o por lo contrario, el canto. Los poemas de Praderas silenciosas fluyen tranquilamente, sigilosos, dejando la sensación, como casi toda la buena poesía, de que hay mucho más que lo que captamos de manera inmediata.


Se lee en uno de los textos:

“¿Por qué permanezco ahí
en la frialdad
con lágrimas de la realidad borrosa?”


Probablemente porque esa es la condición de su escritura: el sujeto poético helándose voluntariamente mientras al fondo sucede la realidad difusa. A manera de otras entidades (más reconocidas), la poesía también actúa de formas misteriosas.

He hablado de blancura, sin embargo no todo es blancura en el libro, hay momentos en que se produce un efecto análogo al del claroscuro en la pintura. En la segunda sección, llamada “Sombras”, encontramos un cambio considerable en el “color” de los textos, en su renuncia a esa aura vaporosa que rodeaba a los primeros poemas. En “Sombras” encontramos al cuerpo, a la suciedad, la vuelta irremediable a las vísceras y a la enfermedad.  “Tal vez la existencia es un lienzo negro”, dice el poeta. El dolor callado aumenta su registro por un instante. El paisaje se oscurece.

Y después de la tempestad… ya saben lo que pasa. Las “esporas de dolor” se van un momento o tal vez se ocultan y hay espacio para un poco de fulgor (de nuevo el claroscuro). En “Sólo la luz, el silencio”, tercer apartado del libro, el poeta parece claramente hablar a Dios, ¿pero qué pasa cuándo se habla a Dios? ¿Acaso no siempre queda una esquirla oscura que intenta decirnos que en realidad estamos  miserablemente hablando solos?


“Hace mucho tiempo que no te escucho en el murmullo de la tarde.”


Si Dios se ha ido, entonces nos encontramos solos de nuevo y el frío es una estación perenne. ¿Cómo llenar el vacío de Dios? ¿Cómo se llena un vacío infinito? parece decir Luquín en sus versos. La respuesta es muy cruda: sólo queda espacio para la muerte. Pero no quisiera cerrar el texto de manera tan escalofriante, por fortuna hay un último apartado, cuyo nombre “Comportamiento (actual) de especies extrañas” nos toma por sorpresa. En esta parte del libro nos encontramos con una voz más pesimista, que habla con la presteza del que sabe algunos secretos del mundo, vedados (a veces voluntariamente) a muchos hombres.


Escribe Álvaro:

“las plegarias que son lágrimas
no humedecen a los ángeles”


Y no, ni siquiera logran conmoverlos. Los ángeles han visto demasiado. El sujeto poético ha visto también demasiado y su desgaste es visible. Describe el mundo ya sin el entusiasmo del neófito. El dolor que impregnaba sutilmente todo el libro se ha convertido en una delgada escarcha que lo cubre todo.

Tal vez envejecido, duro, el “yo lírico” de Praderas silenciosas es libre al fin y puede, despojado de todo, dormir de día. En voz de Álvaro:

“No quiero saber más de mis palabras.
Confunden mi cuerpo en el secreto
y contaminan los jardines.”

Praderas silenciosas

Discurso de presentación para Praderas silenciosas
Por Jorge Ocaranza Velasco


Álvaro Luquin ( Guadalajara, 1984 )

Tiene estudios en artes cinematográficas y un amplio conocimiento de la literatura, la poesía  y la filosofía clásica y contemporánea, pero antes que otra cosa debo decir sin rodeos que su visión del mundo y su amistad han sido para mí fuente permanente de asombro y admiración, lo que acentúan el honor que me embarga al poder presentar su libro y compartir con ustedes el acto sensacional de saludar un ejemplo digno de poesía  joven.

Praderas silenciosas es la Ópera Prima de Álvaro Luquin, trabajo de grata factura que ha sido realizado con paciencia, precisión y sabiduría poética. Su trabajo es resultado de infinitas decantaciones,
reelaboraciones y podas en la forma que atienden a una delicada y feroz preocupación por el discurso literario.     

Al cruzar palabras con él, lo que sorprende de inmediato es su concepto unitario e integrador de vida y poesía. Es imposible hablar con Álvaro sin que surjan entrecruzamientos verticales y transversales de  una reflexión y una pulsión entre nociones profundas signadas por la poesía. De manera natural, surgen en su discurso reveladoras y significativas alusiones contemporáneas al pensamiento de Artaud, Gamoneda, Valery, Pacheco, Keats, Shelley, Poe, Baudellaire, Paz, Villon, también de Kawabata, Pitol, Mishima, Bellatin, Murakami. Pero tambien Zambrano, Sarte, Camus. Y por si esto no fuera suficiente, hay dentro de él destellos de música, cine y vida.

Un día de a mediados del 2009, mientras yo salía de mi departamento y le daba vueltas a la llave para salir a la calle,  me topé en medio del pasillo con la improbable presencia de un joven alto, copetudo, delgado, lentes y accesorios negros, de piel casi transparente y que de primera impresión parecía salido del centro mismo de una película de Godard. Lo que me llamó la atención fue cierta actitud muy anterior al acto verbal que no puedo sino describir como una manera muy suya de estar “frente a”  y que se manifestaba sobre todo en el hecho de encontrarse “a punto de”. La presencia de Álvaro es de aquellas que se hacen no solo sentir, sino, curiosamente, presentir y que se mantiene por mucho tiempo incluso cuando él se ha ido.
   
*
Como toda presentación de libros, es ésta una invitación a la lectura. Por ello yo quisiera decir desde aquí que pasen a escuchar lo que Álvaro en sus Praderas Silenciosas ha revelado acerca de un mundo poético que gracias a este trabajo existe ahora de una manera sensible para todos nosotros.

El poemario PS se compone de 36 poemas escrito en su totalidad con un lenguaje que podemos caracterizar como preciso, culto, delicado, inteligente, pero sobre todo, sensible e imaginativo, esto es, poético.

Existe una definición del arte y la poesía que me gusta mucho y va unida a lo que aquí intento nombrar.  Es una definición que fue elaborada por formalistas y estructuralistas rusos, donde caracterizan a la poesía y al arte en general como una forma especial de pensamiento en imágenes. Pero además de este pensar en imágenes, está el goce puro del sonido de las palabras, más allá de su sentido,  mediante una articulación especialmente armoniosa de los órganos del habla. Los sonidos no son sólo algo accesorio a la significación, sino que los sonidos tienen un significado autónomo. Decir esto de lo poético, como hicieron los estructuralistas y formalistas,  no es poca cosa.


¿Hacia dónde apunta el discurso poético de Praderas Silenciosas? Para contestar esto, hemos de preguntar directamente a los poemas y al libro mismo, y una forma de hacerlo es acudir a las resonancias simbólicas de sus palabras titulares.

La obra clásica El Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, nos dice que el  silencio y el mutismo tienen significación harto distinta. El silencio es un preludio de apertura a la revelación, el mutismo el cierre a la revelación, como rechazo o como castigo. Además, nos informa: El silencio abre un pasaje. El mutismo lo corta.
          
           Según las tradiciones hubo un silencio previo a la creación y al final de los tiempos habrá el silencio. Es decir, que el silencio envuelve los grandes acontecimientos, mientras que el mutismo los esconde. De aquí parten  las díadas Silencio-Grandeza y Mutismo-degradación.

Otro hilo de interpretación para el silencio lo constituye la visión monástica que concibe el silencio como un ritual de gran ceremonia. Dios llega al alma de quien hace del silencio una fortaleza, pero hace enmudecer al que se disipa en charlas... Es importante lo que hablamos, lo que callamos y, en especial, la conciencia de ese silencio que rodea y preludia el acto mismo del nombrar.

Praderas silenciosas tiene todas estas resonancias del silencio, unidas a las que desencadena en nuestra mente y nuestra imaginación la noción de espacio. Un espacio que se extiende en el silencio hacia todos los sitios, internos y externos. Un espacio (esas praderas) que en espiral se desarrollan en medio del silencio que precede al acto poético.        

¿Cómo se articula el contenido del PS? En cuatro secciones y un exordio, se alinean diferentes momentos del discurso poético, el cual transita impulsado mediante cierto fraseo rítmico caracterizado por verso de métrica libre  en donde alternan frases poéticas de verso único, verso pareado, tercetos, cuartetos quintetos y sextetos, con una clara preferencia estadística por las frases de verso pareado, los versos únicos y los tercetos, en ese orden.

Las secciones son:

Exordio / 6 poemas
Sombras / 15 poemas
Sólo la luz, el silencio / 15 poemas
Comportamiento (actual) de especies extrañas / 10 poemas.

Solo en la última sección se añaden, a manera de claves semánticas, título a los poemas.

En la apertura de Praderas silenciosas, encontramos una cita que señala la clave de lectura para el poemario. Un acorde musical, la luz, la memoria, blanca locura. En el primer verso la memoria nos advierte de la presencia de una calma violenta en los recintos a los que vamos a entrar. Es a la vez una invitación y una advertencia.

Siguen a la cita seis breves y bellos poemas en donde aparecen revelados los sujetos poéticos que habitan el universo de estas praderas.

La memoria
apagados muros
la violenta calma del hospital dormido
la roja espuma de la herida
la bata blanca volando
marchitos laberintos
extrañas circunstancias
puertas
Jerusalén hospitalaria
la cruz de la sala
el pabellón más claro del otoño
el silencio de las navajas
el ángelus del cuerpo
las manos
los cabellos
la cánula
la sábana
nubes enfermas
la noche
el aroma
la región
mi voz
la frialdad
lágrimas de la realidad borrosa
los terrenos de la furia
la razón enardecida
cielo
repeticiones de lenguas
jardines líquidos del crepúsculo
golpes de castigo
delito postergado
grandes ojos de aluminio
toda idea en su esplendor
yo
claridad de mi locura
confusión de los espejos


Estos sujetos articulan su ser actante mediante un verbo en tiempo presente.

Abren-arden-acarician-sacan-desaparecen-llegan-adelantan-congelan
Recuerda-indica-resbala-arrastra-calla-
Permanezco-ardo

Entre este preámbulo y el poema final, se elabora de manera orgánica un discurso que no permite la indiferencia y que nos cuestiona acerca de las capacidades de la poesía para nombrar aquello que se nos escapa de otro modo con el lenguaje no poético. En el último poema, “Laureles Enfermos”, Álvaro recupera un verso en donde Antonio Gamoneda dice: Recuerdo el día en que los caballos aprendieron a llorar. A partir de ello, Luquín nos propone la imagen de la noche fría. Cuando el silencio se transforma en mutismo. La imagen de la noche fría del fin de los tiempos. Ahí dice:

Ignoro si los enigmas
los laureles enfermos
los niños desbocados
dieron
la orden de callar al mundo.

Esto es solamente un pálido preludio de lo que contiene el libro, ya que no puedo ni quisiera intentar agotarlo, ni debo gastar tiempo para la lectura que en realidad importa, la que hoy nos convoca, la lectura de poemas del autor de estas Praderas silenciosas.

20111017

Nubes que pasan


Nubes que pasan

Óscar Tagle


Un poeta no escribe cuentos, no es ninguna máxima. Un poeta escribe. Los cuentos aparecen en su escritura, en su ritmo y en su pausa, que es aliento, respiración. Si algo se percibe al empezar a leer, por cualquier punto, desde cualquier ángulo, este conjunto de relatos de Ernesto Flores, es la serenidad, entre palabras, frases, líneas, pero sobre todo cortes. Esto es, la forma como un manojo de quietudes, los silencios bien distribuidos del oído que se escucha a sí mismo.

Lo primero que provocan es la sensación de madurez en el tejido verbal, la tensión, la seguridad que va fluyendo entre imágenes que pasan como nubes o recuerdos y componen cada pieza. Eso se percibe entre las historias contadas.

A la forma de estos seis cuentos que contiene el libro, no tengo duda, se llega por contagio, por gusto, una forma de inercia en que se lleva al lector siempre por un cauce seguro, apuntalado por sensaciones-secuencia provocadas, subrayo, por las imágenes que son nubes que son recuerdos, y que por lo visto, pasan para irse quedando en los ojos del que lee.

La narrativa del poeta habría que decir. El pulso del narrador, su poética. Escribir un cuento desde la voz del poema. Dice el narrador del cuento Dignidad:

Creo que mi madre me observaba desde la botica. Busco distracción. El calor es cada vez más insoportable. Me desacostumbré a este clima. Nomás faltan los diablos con su cucharón. El pueblo se encuentra enclavado entre la concavidad del cerro y el río caudaloso. Ni una ráfaga. El viento está muerto. Fumigaron con flit; los mosquiteros estaban rotos. Nadie duerme la siesta, porque esto es un horno. La nube de zancudos chilla sus violines cerca de nuestras orejas.

Es quizá la memoria del autor como mancha que se esparce en distintas tonalidades, despliega un dejo de vivencias, o marca una visión, nube en un pincelazo; dice más adelante el narrador del mismo cuento:

Hace ya quince años. Vine al pueblo para recoger un acta del registro. Estoy en el cerro. Lejana, veo la botica que fue la nuestra. Hoy es de mi cuñada. Permanezco acuclillado y sueño. Avanza la mañana. Desde la altura ya no recuerdo a nadie. Intento imaginar viejos rostros. Es inútil. Diminutos los portales. Pesadas, suenan las horas. Estoy solo. Todo calla, está inmóvil. Mi madre, ante mis ojos termina por desintegrarse.

Y el yo lector no hace sino imaginar al autor mirándose. El panorama de la vida en un cortísimo metraje.

Un plano desde el que se ve un cúmulo de niños, un juego de canicas, una cuerda para saltar, la competencia entre los sexos, el pique, los códigos de la infancia, su lenguaje, el amor a cualquier vista pero desde el balcón, que da nombre al relato, y con macetas. La primera muerte se olvida menos que el primer amor. Parece recordárnoslo el niño Ernesto Flores, o es que el noviazgo entre el primer amor y la primera muerte son inolvidables.

Memoria que pasa como nubes, lugares, las experiencias más arraigadas. Las nubes van tomando como los recuerdos diferentes formas, las hay veloces, otras pasan lentas, otras se quedan en el instante memorioso.

Qué puede ser la fidelidad sino una lealtad entendida a modo, a conveniencia de las pasiones encendidas por el fuego. Un cuento en fuga, un hombre hasta probado y todo. Se aquerencia uno, se entiende, hasta que una prieta curvilínea, bajita, con los guardafangos bajos, gruesos muslos y casadera se atraviesa en el camino. Los celos salen a escena y la inocencia deja al relato oliendo a pólvora.

Un hombre que se contempla desde el espejo, los ojos de la noche, una mirada a las arrugas que les salen a los niños con el tiempo. La rivalidad en amores es la que conduce la curiosidad y que se va revelando en el trayecto del relato. Escritura y contemplación, los sueños como nubes que estremecen al autor, al personaje. El espejo es el que finalmente, estremecido, contempla.

El poeta es un fingidor, dice Fernando Pessoa. En los diferentes hechos escritos en Nubes que pasan el poeta es un narrador. Ambos en estos cuentos comparten la intensidad, la precisión en la manera de contar y el efecto que causan; el resultado es una visión con diferentes ritmos, los suyos intencionales y provocados; no se trata de flashbacks insertados en las historias, sino de escenas que se ven, al leerse, como un cortometraje con las palabras justas. Nubes, al fin, que pasan, pero quedan en al memoria del lector. Ese efecto y un irremediable aroma a nanches.

Nubes que pasan

Nubes que pasan de Ernesto Flores

Jorge Orendáin

1

Editorial La Zonámbula inició a mediados de 2007. Recuerdo muy bien que una de mis ilusiones era publicarle un libro a Ernesto Flores, ya fuera de poemas, de cuentos o de ensayos. Desde hace más o menos 10 años, el maestro me platicaba de sus cuentos, pero no lo notaba convencido de publicarlos porque decía que no eran textos de buena calidad. En más de alguna ocasión quise buscarlo para regalarle algunos libros y preguntarle si le gustaría publicar con nosotros. Pero la diosa Desidia no me dejaba. Afortunadamente, el azar rondó por los andares de Alma Vidal, quien nos invitó a que publicáramos el poemario El agua pasa pero el cauce queda. La ilusión de publicarle a Ernesto Flores se cumplió. Ahora, año y medio después de esa publicación, surge Nubes que pasan, primer libro de cuentos publicado por el maestro, que también tuvimos el privilegio de editar.

No está de más decir que pocas semanas antes de enviar este libro de cuentos a la imprenta, Ernesto Flores me dijo en su casa: “Sólo tengo dos últimas ilusiones: que salga el libro sobre la obra y vida de Alfredo R. Placencia que editará el Fondo de Cultura Económica, y que salga este mi primer libro de cuentos.” Desde luego, para quienes hacemos esta editorial, y sé que para Alma Vidal también, estas palabras nos dan mucha satisfacción. Estos dos libros ya están publicados.

2

Tuve la fortuna de conocer al maestro Flores en su casa a finales de la década de los ochenta. Para mí ese día me abrió muchas puertas en el mundo de la literatura, además de que empecé a conocer la trayectoria y vida de don Ernesto, en especial su excelente trabajo como editor, maestro y gran conocedor de la música. Nunca olvidaré la grata impresión que me dio ver tantos discos y libros en la pared de su casa, y sobre todo la siempre amable Carmen, su esposa.

Pocos son los maestros con quienes uno se identifica en diversas facetas, tanto de vida como de oficios. Con Ernesto Flores me he identificado, y aprendido mucho, con su trabajo como editor de revistas y de libros, con su poética y con la docencia. Él quizá no lo sabe, pero constantemente recurro a observar las revistas que ha editado, con el fin de “plagiarle” algunos aspectos de diseño, de contenido, ilustraciones y demás. Pero no ha sido fácil copiarle su precisión de palabras, en sus imágenes y ritmos de su poesía. Ni tampoco ha sido fácil tener su gran talento para conversar, en especial cuando recuerda anécdotas que tuvo con grandes escritores y músicos de México, y lo mismo con sus historias de viaje.

3

Los poemas de Flores se construyen con palabras precisas, llenas de cadencia y cobijadas de un tinte nostálgico. De su obra poética me gusta la brevedad, su música interna, sus símbolos y su callado decir. No es fácil señalar en pocas palabras los temas más importantes en sus poemas, pero puedo decir ahora que indaga la parte oscura del hombre, los aspectos cotidianos, personajes, infancia, reflexiones sobre la vida, una crítica a la modernidad, el amor y desamor, la nostalgia, el pasado, la esperanza, la muerte y la palabra misma.

De sus cuentos que ahora presentamos, me agrada la sencillez para narrar historias. Con pocas palabras retrata con claridad a sus personajes y espacios. La constante en estos seis cuentos que conforman Nubes que pasan, son historias que hablan de Santiago y de Tepic, especialmente. En ellas, don Ernesto nos traslada a recuerdos de la infancia donde es clara la nostalgia de aquellos ayeres. Con excepción del primer cuento, “La Guadaña”, no es complicado adivinar que las historias tienen tinte autobiográfico. Varias con finales tristes, y con personajes envueltos en infidelidades y desengaños; muchas, con un lenguaje que linda con la poesía, con un ritmo que nos envuelve en sus pausas lentas, precisas. Quienes han tenido la oportunidad de conversar largo y tendido con el maestro, sobre todo cuando recuerda momentos de su vida en Nayarit, podrán descubrir lugares y personajes que merodean estas historias.

4

Muchas generaciones estamos agradecidos con Ernesto Flores por su siempre puerta abierta para recibirnos en su casa o aceptar una larga charla en algún café de la ciudad. Gracias, maestro, por compartir sus pasiones, por mostrarnos tantos caminos a través de la poesía, la narrativa, la música, los libros, la enseñanza y la investigación.

Don Ernesto es un héroe de la cultura en nuestro país por sus revistas, por el trabajo de investigación y por abrir varios caminos a las nuevas generaciones. La Universidad de Guadalajara lo nombró maestro emérito y hace tres años lo reconoció con el premio Juan de Mairena, y pocos años atrás el gobierno de Jalisco le concedió el Premio Jalisco.

Pero el mejor galardón, sin duda, es que su obra poética y narrativa y su trabajo como investigador, editor y melómano es seguida por muchos jóvenes.

Para mí es un honor ser más allá de uno de sus aprendices. Me sé su amigo.

Sin duda, es un privilegio ser parte del libro Nubes que pasan que con mucho entusiasmo apoyó Alma Vidal, coordinadora de literatura del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Nayarit.

Siempre serán muchas las palabras, anécdotas, personas y viajes que se entretejen en el pasado de una amistad. Hoy no es fácil decir tantas cosas. Pero sí es fácil extender nuestra admiración a este maestro y amigo, y a todo ese gran universo que ha construido en su vida.

Muchas gracias.

14 de septiembre, Tepic, Nayarit, 2011
Casa Mueso Amado Nervo

20111009

Los Zonámbulos

Actualmente, el equipo de trabajo está integrado por:
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A los editores de La Zonámbula nos interesa que cada título llegue al mayor número de personas, por lo que nuestros libros se distribuyen en las principales librerías de Guadalajara a un precio muy accesible para el público en general.

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