20110130

POR SI LA RECUA
Dora Moro


Dora Moro nació en Guadalajara en 1969. Sus artículos y poemas han aparecido en las revistas Tierra Adentro, El Subterráneo, La voz de la Esfinge, Letras de Michoacán, Foro Multidisciplinario de la Universidad Intercontinental, Alforja virtual, entre otras. Ha impartido cursos y talleres desde 1993 en distintas universidades, en la SOGEM y en foros independientes. Pertenece a la Red Autónoma de Talleres Literarios, A. C. Viajera obstinada a festivales dentro del país y en el extranjero, perpetrando lecturas y performances para hacer circular la poesía. Actualmente trabaja en un proyecto llamado Teoría de la Poesía Fractal. Su hipótesis del suicidio como método seguro de publicación sigue en veremos.




El Más acá del más allá de Raúl Aceves
Por Gabriel Gómez López

Mi amigo Raúl Aceves me ha encomendado una tarea que me enaltece: la presentación de su primer libro de narrativa. Inquieto, multifacético, en constante ascenso Raúl es, entre otras cosas: antropólogo, indigenista, ecologista, investigador literario, ensayista, antólogo, creador de diccionarios, gran poeta y aforista, aventurero del mundo de las letras, pero sobre todo un ser profundamente humano, singular personaje de nuestra mitología local.
Ahora bien, antes de leer el libro me enfrenté al desconcertante título “El más acá del más allá”, preguntándome si era una más de sus genialidades lúdicas o que, tras del título, ocultaba algo, considero que una de las condiciones elementales del poeta es su capacidad de ocultarse bajo el manto de las palabras, entonces tal vez podría comenzar desde el más allá hasta el más acá.
En fin, apenas abro el libro me topo de bruces con el prólogo, ¡escrito por el mismo!, lo cual lo hace más sospechoso del delito de ocultamiento ya que Raúl Aceves explica al lector los textos de Raúl Aceves, cierro el libro y me pregunto: ¿entonces qué voy a decir yo si él ya lo ha dicho todo? Siguiendo el hilo de la sospecha me brinco el prólogo y voy al primer texto, precisamente el que da origen al título y me encuentro que el narrador es un cadáver y esto alimenta mi inquietud dada mi tesis de que el poeta es un muerto-vivo, leo con atención algo que semeja una poética: “hacía rato desde que el muerto y yo no éramos la misma persona. Recuperar la conciencia de mí mismo después de aquel abismal oscurecimiento de mi mente como haber despertado de un mal sueño. Eso había sido mi muerte: un mal sueño”. Refiriendo además que, en ese sueño el narrador recordó toda su vida como proyectada en una pantalla de cine…, entonces la voz de la intuición me ordenó: si vas a leer su vida empieza por el final, o como dijo, genialmente, un político en la reciente campaña que nos torturó, “hazlo al revés”. Y así lo hice, de acuerdo con mi inveterada costumbre de ir contra la corriente comencé por leer el último de los textos, así a lo que Raúl llama “el postre” yo lo tomé como “botana.”
En este “Diccionario Personal” Raúl se encuentra como pez en el agua en el territorio de las definiciones: humorísticas, profundas, poéticas, sintéticos, sorprendentes por su frescura y brevedad, por el sutil erotismo, microhaikús, skandas germánicos, Raúl se regodea con los juegos de lenguaje.
AUTISTA, AVIÓN, ANÓNIMO, ANTIPSIQUIÁTRAS, AUTOINMÓVIL, ÁRBOLES, BICICLETA, BONSAI, CARACOL (MANDELSHTAM), CARICIA, CEREBRO, CERRO, CREPÚSCULO, DECADENCIA, DEMOCRACIA, DESOLADO DISCURSO, DROGADICTO, ERRATA, ESCRIBIR, FLOR, LENGUA, EXTRAÑAMIENTO, LOCO, LUZBEL, MATRIA (FOX), OSCURIDAD, PAPEL PASANTE, SIRENAS.
Tras la botana seguimos con los platillos del primer tiempo.
“Un cuento latinoamericano” es un texto diseñado como un reto a los eruditos, conocedores y, en especial, a los literodantes (literatos pedantes) se trata de reconocer a los autores a través de los títulos de sus libros, creo que la editorial ofrece una buena recompensa al primero que lo logre. En el desfilan en agradable compañía escritores célebres como Borges, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Rulfo; junto con los de culto Lezama Lima, Guimaraes Rosa, Macedonio Fernández, José Revueltas; los menos conocidos como Rafael Muñoz, Graciliano Ramos, Otero Silva y otros menos menos conocidos que no voy a mencionar porque no los conozco.
A continuación una breve incursión en un microbestiario, donde encontramos dos espléndidas especies, los palabrones (de boca monstruosamente grande y oídos minúsculos) y los escuchones (de inmensos oídos y bocas chiquitas) que nos remiten a los cronopios y famas de Cortázar; unos tienen la lengua desatada y su arma es el sonido, las palabras furiosas, y requieren de un auditorio aunque sea para escuchar su propia voz, aunque no sepan exactamente lo que dicen, los más peligrosos son los del sexo femenino y aman las reuniones sociales, los mítines, las grandes concentraciones; los otros sobreviven gracias a su habilidad para evadir a los anteriores, aman la soledad pero tienen una enorme debilidad: les gusta el chisme.
“La grieta” es un cuento de horror que se refiere a una falla más enorme que la de San Andrés, una amenaza latente e interior que nos persigue de manera implacable y acabará con el tiempo, el espacio, y la misma Nada, un homenaje a Macedonio Fernández.
En un segundo tiempo nos encontramos con tres relatos en los que se recrea ésta ciudad que algún día fue bella.
“La luz que dejaron prendida” me recuerda a un poema que alguna vez leí entre los legajos de un concurs o de poesía en Aguascalientes y que terminaba con una frase lapidaria. “Y cuando el último de nosotros se haya ido, ¿quién apagará la luz? Aquí la luz recorre la ciudad, a través del rayito de luz nos vamos adentrando hasta San Juan de Dios y los pasajes subterráneos hasta desembocar en la plaza de las sombrillas (que por cierto no sé si aún existe)
El segundo relato relacionado con la ciudad es una carta al tío Augusto, en él el narrador hace un recuento de su infancia y allí encuentra viejas máquinas de escribir, gigantescas bolas hechas con envolturas de papel aluminio, fierros de todas las especies, papeles llenos de polvo y teñidos de nostalgia…, nos presenta a la naciente colonia Chapalita, y se introduce en el mágico castillo que su tío construyó en la esquina de Tepeyac y las Rosas, un laberinto onírico con una cocina tan chica que casi no cabía en sí misma, un elevador que nadie usaba, un piano que nadie sabía tocar, un perico que decía leperadas, una alfombra de piel de venado perseguida por otra de piel de tigre, el tío tocando el violín a la manera del Tobi de la pequeña Lulú. El sitio donde el narrador hizo sus prácticas de alpinismo doméstico que le condujeron al alpinista domesticado de la edad adulta; y luego la decadencia de la colonia, la metamorfosis que transformó el castillo de sus sueños en: peluquería, lavandería, librería, nevería, copias al instante, etc., “Fuiste como un barco que navegó sobre la tierra más reseca, un barco que naufragó en el fondo de los sueños”, y nos remite al primer cuento del libro al decirnos “Quizá lo inútil en este mundo, sea lo útil en el otro, Quizá hacía más falta que alguien pusiera un poco de extravagancia en el más allá, quizá.”
Sigue el documento titulado Expedición arqueológica al Valle de Atemajac. Memorias del LI Congreso de Americanistas. Que, a pesar del engañoso título, está dedicada al tal rebaño autollamado sagrado por la plebe. En este manuscrito Raúl se recrea literalmente con la extraña tribu de los tapatíos, que se nombran como tales ante la dificultad de pronunciar el gentilicio de Guadalajara. Se analizan en el documento los pocos restos de la ciudad que han sobrevivido, tratando de encontrar la razón de la cultura kitsch que floreció en el fin del segundo milenio y dio origen a monumentos tan lamentables como los Arcos del Milenio, una de las maravillas del mundo antiguo. Aquí está el recuento de una insólita civilización que dio origen, entre otras cosas, a las tortas ahogadas, el pollo a la Valentina, a los alcatraces invertidos, mediante las pocas huellas que han quedado los arqueólogos del espíritu intentan reconstruirla, utilizando viejos códices del fondo de cultura, elementos esotéricos e imaginación en dosis homeopáticas, tratando de inventar la razón de ser de algunos sitios indudablemente sagrados, como la Plaza del Sol donde debieron realizarse rituales solsticiales, o la pirámide de concreto y cristal conocida como Jayat donde se hacía evidente la influencia de las tribus yankis. Se habla de una gran feria anual que congregaba a los principales tlacuilos del mundo literario y del malvado dios Pemextli causante de una catástrofe que dejó una gran cicatriz en la memoria.
Como entretiempo se nos ofrece un relato machista, jose alfredojimenista en el que encuentro la reminiscencia de un goberignorante que, durante la ceremonia del grito de Independencia, imploraba, ¿ontá la campana, ontá la campana? El texto termina con una alentadora frase (recuerden que estoy haciendo una lectura inversa) y nos dice: La fiesta apenas comienza.
En efecto continuamos con los platillos fuertes del menú: los tres últimos cuentos.
“Mi historia con Euterpe”, una extraña historia de amor entre Nicodemus, un merolico y una masa amorfa que pudiera ser Euterpe y que, víctima de una depresión rabelesiana, procedió a capitalizar los abundantes recursos mamíferos, siempre renovables, de sus enormes pechos. Narra la historia de los hijos de la extraña pareja, y el desdichado final de Nicodemus al comprobar que el hombre es muy parecido a los huevos estrellados y que una calle calcinante puede ser utilizada como sartén.
“El gran silencio” es una bella metáfora que juega con la Voz y el Gran Silencio; una búsqueda interior para encontrar la palabra como un árbol frondoso lleno de frutos, pájaros y sirenas irresistibles. Una voz que habrá que cultivar a la manera de Voltaire que recomendaba cultivar nuestro huerto. Calificaría a Raúl como un místilúdico que incluso en los momentos de mayor seriedad no puede evitar el burlarse un poco de sí mismo, pero que si leemos atentos sabemos se dirige a la palabra que no hablamos, la que habla en nosotros y que, a veces, trasladamos al decir.
Y arribamos al espléndido final que es el principio, “El Más acá del más allá”. Narrado por un cadáver que escucha los sonidos de los vivos, los rezos y plegarias, chistes y sorbitos de café con los que se despiden de él, luego ingresa en el sueño, en ese territorio intermedio entre el hombre y lo divino hasta que alguien toca su hombro y despierta, ¿lo hace?, nos preguntamos los lectores, ¿o vive en ese estado de suspensión temporal de la vida donde se engendra la poesía?, en fin, quien lo llama es Bartolomé, que a la manera de Hermes, el conductor de las almas al matadero, lo conduce por un camino que es un resumen de todos los caminos que ha caminado, las imágenes van brotando de su interior. Raúl se recrea con las enumeraciones del paraíso al que ha arribado: un lugar parecido a todos los lugares, con una playa tropical llena de bailarinas hawianas donde reparten cocos con ginebra y hay casas sin ventanas y ventanas sin casas, puertas que se abrían y puertas que se cerraban, torres como telescopios asomados a la distancia, escaleras eléctricas perdidas en las nubes, inmensos campos de trigo que ondeaba al viento, aludes de nieve sobre dunas desérticas, una mesa donde no se comía pero se apilaban libros escritos para poder entender otros libros. Escuelas para ser maestro y escuelas para ser alumno, escuelas para ser… “Todo estaba adentro, todo brotando de mi interior, Eso era lo que me maravillaba”. Nadie sufría, pero todos lloraban de gozo, todos estábamos enfermos de amor a la intemperie, por eso es inevitable que encontrara a la Dama sin gracias, la Mujer eterna, niña, anciana, novia, amiga, recién casada, la Dama de la muerte con quien hace el amor cien veces en cien diferentes cuerpos, el gozo llevado a la perfección. A su alrededor se esparcía toda una comunidad multicolor: negros con blanco, amarillos con rojo, verdes con morado.
Pero el hombre se cansa, cuanto más un cadáver, resultó que el paraíso era aburrido, todos los libros estaban escritos y leídos, ya nadie deseaba escribir nada más… Y, en ese momento de mi lectura encuentro el guiño de Raúl, que parece dirigido a este hipotético lector que soy yo y me dice: RESULTABA MÁS DIVERTIDO COMENZAR POR EL FINAL, PARA ASÍ ADIVINAR EL PRINCIPIO. ... EN EFECTO, LOS HOMBRES SOSPECHABAN QUE HABÍA UN DETRÁS, PERO VIVÍAN EN EL MÁS ACÁ DEL MÁS ALLÁ, EN EL ETERNO PRESENTE DEL AHORA, justamente donde nos encontramos, desde la perspectiva del poeta que tras ascender a las raíces del gran sauce sube hasta el séptimo piso, llega a la ventana y es testigo del milagro del mundo de todos los días: la calle gris, las banquetas llenas de hojarasca, los autos estacionados en segunda fila, y… nosotros, sus lectores.
Y ahora me doy cuenta de que toda la bonhomía de Raúl, su calidez y humanidad se deben a un accidente fortuito y terrible: es un poeta, un hombre que ha regresado del más allá y que, aquí, en el más acá, lleva en su frente el sello de quienes han sido tocados por la muerte y nos dice, con toda la sabiduría de su experiencia, que no tengamos miedo porque todo no es sino un juego, una ilusión… enhorabuena Raúl por este recién nacido hijo tuyo, ahora sé por qué escogiste un pediatra para recibirlo. Muchas gracias.

El Más acá del más allá de Raúl Aceves
Por Gabriel Gómez López

Mi amigo Raúl Aceves me ha encomendado una tarea que me enaltece: la presentación de su primer libro de narrativa. Inquieto, multifacético, en constante ascenso Raúl es, entre otras cosas: antropólogo, indigenista, ecologista, investigador literario, ensayista, antólogo, creador de diccionarios, gran poeta y aforista, aventurero del mundo de las letras, pero sobre todo un ser profundamente humano, singular personaje de nuestra mitología local.
Ahora bien, antes de leer el libro me enfrenté al desconcertante título “El más acá del más allá”, preguntándome si era una más de sus genialidades lúdicas o que, tras del título, ocultaba algo, considero que una de las condiciones elementales del poeta es su capacidad de ocultarse bajo el manto de las palabras, entonces tal vez podría comenzar desde el más allá hasta el más acá.
En fin, apenas abro el libro me topo de bruces con el prólogo, ¡escrito por el mismo!, lo cual lo hace más sospechoso del delito de ocultamiento ya que Raúl Aceves explica al lector los textos de Raúl Aceves, cierro el libro y me pregunto: ¿entonces qué voy a decir yo si él ya lo ha dicho todo? Siguiendo el hilo de la sospecha me brinco el prólogo y voy al primer texto, precisamente el que da origen al título y me encuentro que el narrador es un cadáver y esto alimenta mi inquietud dada mi tesis de que el poeta es un muerto-vivo, leo con atención algo que semeja una poética: “hacía rato desde que el muerto y yo no éramos la misma persona. Recuperar la conciencia de mí mismo después de aquel abismal oscurecimiento de mi mente como haber despertado de un mal sueño. Eso había sido mi muerte: un mal sueño”. Refiriendo además que, en ese sueño el narrador recordó toda su vida como proyectada en una pantalla de cine…, entonces la voz de la intuición me ordenó: si vas a leer su vida empieza por el final, o como dijo, genialmente, un político en la reciente campaña que nos torturó, “hazlo al revés”. Y así lo hice, de acuerdo con mi inveterada costumbre de ir contra la corriente comencé por leer el último de los textos, así a lo que Raúl llama “el postre” yo lo tomé como “botana.”
En este “Diccionario Personal” Raúl se encuentra como pez en el agua en el territorio de las definiciones: humorísticas, profundas, poéticas, sintéticos, sorprendentes por su frescura y brevedad, por el sutil erotismo, microhaikús, skandas germánicos, Raúl se regodea con los juegos de lenguaje.
AUTISTA, AVIÓN, ANÓNIMO, ANTIPSIQUIÁTRAS, AUTOINMÓVIL, ÁRBOLES, BICICLETA, BONSAI, CARACOL (MANDELSHTAM), CARICIA, CEREBRO, CERRO, CREPÚSCULO, DECADENCIA, DEMOCRACIA, DESOLADO DISCURSO, DROGADICTO, ERRATA, ESCRIBIR, FLOR, LENGUA, EXTRAÑAMIENTO, LOCO, LUZBEL, MATRIA (FOX), OSCURIDAD, PAPEL PASANTE, SIRENAS.
Tras la botana seguimos con los platillos del primer tiempo.
“Un cuento latinoamericano” es un texto diseñado como un reto a los eruditos, conocedores y, en especial, a los literodantes (literatos pedantes) se trata de reconocer a los autores a través de los títulos de sus libros, creo que la editorial ofrece una buena recompensa al primero que lo logre. En el desfilan en agradable compañía escritores célebres como Borges, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Rulfo; junto con los de culto Lezama Lima, Guimaraes Rosa, Macedonio Fernández, José Revueltas; los menos conocidos como Rafael Muñoz, Graciliano Ramos, Otero Silva y otros menos menos conocidos que no voy a mencionar porque no los conozco.
A continuación una breve incursión en un microbestiario, donde encontramos dos espléndidas especies, los palabrones (de boca monstruosamente grande y oídos minúsculos) y los escuchones (de inmensos oídos y bocas chiquitas) que nos remiten a los cronopios y famas de Cortázar; unos tienen la lengua desatada y su arma es el sonido, las palabras furiosas, y requieren de un auditorio aunque sea para escuchar su propia voz, aunque no sepan exactamente lo que dicen, los más peligrosos son los del sexo femenino y aman las reuniones sociales, los mítines, las grandes concentraciones; los otros sobreviven gracias a su habilidad para evadir a los anteriores, aman la soledad pero tienen una enorme debilidad: les gusta el chisme.
“La grieta” es un cuento de horror que se refiere a una falla más enorme que la de San Andrés, una amenaza latente e interior que nos persigue de manera implacable y acabará con el tiempo, el espacio, y la misma Nada, un homenaje a Macedonio Fernández.
En un segundo tiempo nos encontramos con tres relatos en los que se recrea ésta ciudad que algún día fue bella.
“La luz que dejaron prendida” me recuerda a un poema que alguna vez leí entre los legajos de un concurs o de poesía en Aguascalientes y que terminaba con una frase lapidaria. “Y cuando el último de nosotros se haya ido, ¿quién apagará la luz? Aquí la luz recorre la ciudad, a través del rayito de luz nos vamos adentrando hasta San Juan de Dios y los pasajes subterráneos hasta desembocar en la plaza de las sombrillas (que por cierto no sé si aún existe)
El segundo relato relacionado con la ciudad es una carta al tío Augusto, en él el narrador hace un recuento de su infancia y allí encuentra viejas máquinas de escribir, gigantescas bolas hechas con envolturas de papel aluminio, fierros de todas las especies, papeles llenos de polvo y teñidos de nostalgia…, nos presenta a la naciente colonia Chapalita, y se introduce en el mágico castillo que su tío construyó en la esquina de Tepeyac y las Rosas, un laberinto onírico con una cocina tan chica que casi no cabía en sí misma, un elevador que nadie usaba, un piano que nadie sabía tocar, un perico que decía leperadas, una alfombra de piel de venado perseguida por otra de piel de tigre, el tío tocando el violín a la manera del Tobi de la pequeña Lulú. El sitio donde el narrador hizo sus prácticas de alpinismo doméstico que le condujeron al alpinista domesticado de la edad adulta; y luego la decadencia de la colonia, la metamorfosis que transformó el castillo de sus sueños en: peluquería, lavandería, librería, nevería, copias al instante, etc., “Fuiste como un barco que navegó sobre la tierra más reseca, un barco que naufragó en el fondo de los sueños”, y nos remite al primer cuento del libro al decirnos “Quizá lo inútil en este mundo, sea lo útil en el otro, Quizá hacía más falta que alguien pusiera un poco de extravagancia en el más allá, quizá.”
Sigue el documento titulado Expedición arqueológica al Valle de Atemajac. Memorias del LI Congreso de Americanistas. Que, a pesar del engañoso título, está dedicada al tal rebaño autollamado sagrado por la plebe. En este manuscrito Raúl se recrea literalmente con la extraña tribu de los tapatíos, que se nombran como tales ante la dificultad de pronunciar el gentilicio de Guadalajara. Se analizan en el documento los pocos restos de la ciudad que han sobrevivido, tratando de encontrar la razón de la cultura kitsch que floreció en el fin del segundo milenio y dio origen a monumentos tan lamentables como los Arcos del Milenio, una de las maravillas del mundo antiguo. Aquí está el recuento de una insólita civilización que dio origen, entre otras cosas, a las tortas ahogadas, el pollo a la Valentina, a los alcatraces invertidos, mediante las pocas huellas que han quedado los arqueólogos del espíritu intentan reconstruirla, utilizando viejos códices del fondo de cultura, elementos esotéricos e imaginación en dosis homeopáticas, tratando de inventar la razón de ser de algunos sitios indudablemente sagrados, como la Plaza del Sol donde debieron realizarse rituales solsticiales, o la pirámide de concreto y cristal conocida como Jayat donde se hacía evidente la influencia de las tribus yankis. Se habla de una gran feria anual que congregaba a los principales tlacuilos del mundo literario y del malvado dios Pemextli causante de una catástrofe que dejó una gran cicatriz en la memoria.
Como entretiempo se nos ofrece un relato machista, jose alfredojimenista en el que encuentro la reminiscencia de un goberignorante que, durante la ceremonia del grito de Independencia, imploraba, ¿ontá la campana, ontá la campana? El texto termina con una alentadora frase (recuerden que estoy haciendo una lectura inversa) y nos dice: La fiesta apenas comienza.
En efecto continuamos con los platillos fuertes del menú: los tres últimos cuentos.
“Mi historia con Euterpe”, una extraña historia de amor entre Nicodemus, un merolico y una masa amorfa que pudiera ser Euterpe y que, víctima de una depresión rabelesiana, procedió a capitalizar los abundantes recursos mamíferos, siempre renovables, de sus enormes pechos. Narra la historia de los hijos de la extraña pareja, y el desdichado final de Nicodemus al comprobar que el hombre es muy parecido a los huevos estrellados y que una calle calcinante puede ser utilizada como sartén.
“El gran silencio” es una bella metáfora que juega con la Voz y el Gran Silencio; una búsqueda interior para encontrar la palabra como un árbol frondoso lleno de frutos, pájaros y sirenas irresistibles. Una voz que habrá que cultivar a la manera de Voltaire que recomendaba cultivar nuestro huerto. Calificaría a Raúl como un místilúdico que incluso en los momentos de mayor seriedad no puede evitar el burlarse un poco de sí mismo, pero que si leemos atentos sabemos se dirige a la palabra que no hablamos, la que habla en nosotros y que, a veces, trasladamos al decir.
Y arribamos al espléndido final que es el principio, “El Más acá del más allá”. Narrado por un cadáver que escucha los sonidos de los vivos, los rezos y plegarias, chistes y sorbitos de café con los que se despiden de él, luego ingresa en el sueño, en ese territorio intermedio entre el hombre y lo divino hasta que alguien toca su hombro y despierta, ¿lo hace?, nos preguntamos los lectores, ¿o vive en ese estado de suspensión temporal de la vida donde se engendra la poesía?, en fin, quien lo llama es Bartolomé, que a la manera de Hermes, el conductor de las almas al matadero, lo conduce por un camino que es un resumen de todos los caminos que ha caminado, las imágenes van brotando de su interior. Raúl se recrea con las enumeraciones del paraíso al que ha arribado: un lugar parecido a todos los lugares, con una playa tropical llena de bailarinas hawianas donde reparten cocos con ginebra y hay casas sin ventanas y ventanas sin casas, puertas que se abrían y puertas que se cerraban, torres como telescopios asomados a la distancia, escaleras eléctricas perdidas en las nubes, inmensos campos de trigo que ondeaba al viento, aludes de nieve sobre dunas desérticas, una mesa donde no se comía pero se apilaban libros escritos para poder entender otros libros. Escuelas para ser maestro y escuelas para ser alumno, escuelas para ser… “Todo estaba adentro, todo brotando de mi interior, Eso era lo que me maravillaba”. Nadie sufría, pero todos lloraban de gozo, todos estábamos enfermos de amor a la intemperie, por eso es inevitable que encontrara a la Dama sin gracias, la Mujer eterna, niña, anciana, novia, amiga, recién casada, la Dama de la muerte con quien hace el amor cien veces en cien diferentes cuerpos, el gozo llevado a la perfección. A su alrededor se esparcía toda una comunidad multicolor: negros con blanco, amarillos con rojo, verdes con morado.
Pero el hombre se cansa, cuanto más un cadáver, resultó que el paraíso era aburrido, todos los libros estaban escritos y leídos, ya nadie deseaba escribir nada más… Y, en ese momento de mi lectura encuentro el guiño de Raúl, que parece dirigido a este hipotético lector que soy yo y me dice: RESULTABA MÁS DIVERTIDO COMENZAR POR EL FINAL, PARA ASÍ ADIVINAR EL PRINCIPIO. ... EN EFECTO, LOS HOMBRES SOSPECHABAN QUE HABÍA UN DETRÁS, PERO VIVÍAN EN EL MÁS ACÁ DEL MÁS ALLÁ, EN EL ETERNO PRESENTE DEL AHORA, justamente donde nos encontramos, desde la perspectiva del poeta que tras ascender a las raíces del gran sauce sube hasta el séptimo piso, llega a la ventana y es testigo del milagro del mundo de todos los días: la calle gris, las banquetas llenas de hojarasca, los autos estacionados en segunda fila, y… nosotros, sus lectores.
Y ahora me doy cuenta de que toda la bonhomía de Raúl, su calidez y humanidad se deben a un accidente fortuito y terrible: es un poeta, un hombre que ha regresado del más allá y que, aquí, en el más acá, lleva en su frente el sello de quienes han sido tocados por la muerte y nos dice, con toda la sabiduría de su experiencia, que no tengamos miedo porque todo no es sino un juego, una ilusión… enhorabuena Raúl por este recién nacido hijo tuyo, ahora sé por qué escogiste un pediatra para recibirlo. Muchas gracias.
Sueños imperfectos
Roberto Ascencio

Nació en Ayotlán, Jalisco, en 1971. Estudió contaduría pública en la Universidad de Guadalajara y fue miembro del taller literario de Luis Patiño Téllez. Cursó el Diplomado en Creación Literaria en la escuela de escritores de la Sogem de Guadalajara. Actualmente participa en el taller de narrativa que imparte Mario Heredia.

Pausa Poética- Catálogo- Yolanda Ramírez Míchel



JACINTA
Yolanda Ramírez Míchel
(Morelia, Michoacán, 1965) reside en Guadalajara desde 1968. Es apasionada promotora de la lectura, maestra de literatura y español en varias instituciones educativas. Imparte talleres y cursos tanto en preparatorias como en la SOGEM. Ha participado en programas de radio y televisión como invitada y conductora. Sus cuentos, poemas y artículos aparecen en varias revistas nacionales e internacionales. Cuenta con artículos sobre promoción lectora e imparte conferencias en la Universidad de Guadalajara, en la Feria Internacional del Libro, en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, así como en diversos foros educativos. Dedicó su primer trabajo formal a los jóvenes y niños con la obra El gran niño, electrones de un sueño(Editorial El Viaje [2005] y Editorial Progreso [2008]) Una muestra de sus poemas aparece en la antología Mariposario.
LA OPORTUNIDAD Y OTROS RELATOS
Marco Aurelio Larios López (Guadalajara, Jalisco, México, 1959) es doctor en filosofía por la Universidad de Viena, Austria. Profesor investigador de la Universidad de Guadalajara. Obtuvo el Premio Nacional para Primera Novela Juan Rulfo 1998, otorgado por el INBA y el gobierno de Tlaxcala con El cangrego de Beethoven (FCE, 2002). Es autor del libro de cuentos La música y otras razones para contar (EDUG, 1994, 1997, 2000 y 2003) y del diverimento verbal Erato. Ars amatoria en Guadalajara (Arlequín 1998, 2003). Y es Académico de lo Ficticio.





La Zonámbula es un proyecto editorial independiente que surge con la finalidad de publicar obra literaria (poesía, cuento, novela), tanto de escritores con trayectoria como de nuevos autores, principalmente del estado de Jalisco.





20110129

Zonambulantes

Rueda de casino
Por Carmina Nahuatlato Frías


Había inventado mi propio reloj, y movía sus manecillas conforme se me antojaban las horas. Era la matrona de mi tiempo y de mi decisión con quien bailar. Acostumbrada al silencio de mi recibidor, a mi cena ligera mientras veía el noticiero nocturno y apagar la luz cuando me despertaba el libro que caía de mis manos al quedarme dormida.
Por la mañana, el espejo escondido tras el vapor de mi ducha caliente, siempre al pendiente de un único reflejo, el mío, recibía una a una mis cremas y mis utensilios de maquillaje. Acepto que tal vez era mala para las matemáticas porque sólo contaba hasta el uno, no sabía dividir y mucho menos restar.
Tampoco cocinaba para dos y mi costumbre de dormir en diagonal en mi cama king size se ha enderezado porque llegó él.
He tenido que cambiar mis utensilios de cocina, contratar un servicio de cable que incluyera toda la gama de canales de deportes y aprender a sumar. Y todo por una canción de salsa.

La noche que lo conocí, mis pies se detuvieron frente al local atiborrado de palmeras y foquitos enredados en sus troncos. Desde ahí se escuchaba perfecto, el estridente sonido de las trompetas y los timbales invitando a todo mundo a bailar. Mis amigas por supuesto no resistieron y apenas nos asignaron mesa, se dirigieron a la pista sin esperar por . Entonces, él se acercó con esa sonrisa perfecta y me invitó a bailar.
Nuestros pasos torpes, poco a poco fueron delineando una perfecta sintonía en la pista de baile. Cinco canciones después, con una caballerosidad ahora en tiempos de extinción, me condujo a mi lugar y yo no pude resistir invitarlo a tomar algo. Para cuando el mojito había desaparecido en nuestros labios, la complicidad se había adueñado de nosotros y sin palabras nos paramos a bailar.
Cada viernes salía a bailar con mis amigas, ahora la costumbre, por razones que me niego a reconocer, era asistir sin falta al eterno Casino Tropical. Él y yo, ya no sólo bailábamos los viernes: las fiestas esporádicas de los sábados fueron buen pretexto para conocernos más, o al menos un beneficio para no llegar sola sin saber de qué o quién platicar. Luego de las fiestas, sobrevinieron las salidas al cine, el tomarnos de la mano, dormir en mi departamento o en el suyo.

Una noche de lluvia, ya no se marchó de mi departamento. Desde entonces estamos juntos y la silla de al lado está siempre ocupada. Mi celular que antes recibía mensajes melosos, ahora recibe un insistente “en dónde estás”. Mi escondite personal ahora es de los dos: él recorre los pasillos con una soltura que parecieran suyos, me encuentra bajo las sábanas y cuando menos lo imagino ya me he dejado atrapar por sus caderas.
A veces siento que me molesta tanta sutileza en su manera de tratarme. Sabe que mi día más que en la ducha, comienza en el espejo y siempre se retira de él cuando llego con mi batallón de frascos. Por alguna razón que todavía no entiendo, en cualquier lugar público me retiene de la cintura y si insisto separarme, me toma de la mano. Tal es su insistencia de tenerme cerca, que ya nunca camino a la orilla de la banqueta.
Llegar a los salones de baile tampoco es lo mismo. Estoy tan acoplada a él, que bailar casi ha perdido su aventura, después de cada vuelta que al regresar me encontraré con el mismo rostro, su sonrisa perfecta y mi libertad atrapada en una pista de baile.

Fue la primera vez que vistamos “Al son de la rumba”, cuando sentí que ya no tenía ganas de seguir con el mismo son de dos. El lugar casi era del estilo de todos: palmeras, mojitos…lo único diferente era el show. Cerca de la media noche, el cantante de la orquesta pidió se desocupara la pista de baile.
Despampanantes, aparecieron tras las cortinas estampadas de notas musicales, cuatro parejas. Ellas, con su atuendo de top y minifalda. A ellos que vestían sólo pantalones blancos de manta, podía contarles cada uno de los rectángulos que se formaban en su torso. Entonces, entre los ocho comenzaron a bailar una especie de orgía salsera. Las mujeres bailaban con uno y de sutil manera cambiaban de pareja: era la llamada rueda de casino. Para cuando la canción había terminado, todas habían bailado con todos ¡y los ocho felices! Yo en cambio estaba angustiada en mi asiento. Él había sido mi única pareja en todos estos meses, ¡la única! ¿la última? ¿para siempre?
Menos mal, que existe la rueda de casino —pienso, mientras el cubano de exquisito trasero extiende su mano hacia y yo le correspondo.

20110125

Anécdota de un desempleado

Por Andres Amezcua
Aceptaría cualquier cosa si fuera por las tardes, por $800.00 pesos semanales, de 14:00-21:30 pa' poder alcanzar mi camión. Hoy sin embargo no parece un buen día para encontrar algo así, estos tiempos no están para ponerse los moños. A la Secretaría del Trabajo, llegan en parvadas los esperanzados y desesperados, esas calorías excedentes del Estado. Los hay de todo tipo: rufianes tatuados intentando redimir su haraganería aceptando las jornadas largas que ofrecen las maquiladoras por un mísero sueldo; también están (y son la mayoría) los que en neolengua se conocen como los malbienvestidos, son esos tipos con plastas de gel en sus negros cabellos, morenos y con su ropa de vestir barata, que entran a la oficina timoratos, volteando a todos lados, llenos con miles de preguntas, con sus documentos bajo el brazo, esperando que les digan que formulario llenar. Estos buscan un trabajo más o menos decente: ya sea como vendedores de piso, ejecutivos telefónicos, mensajeros, promotores financieros, recepcionistas, call centers, guardias de seguridad... Finalmente, aparecen esporádicamente los profesionistas, se les puede reconocer por su mejor sentido de la moda y su cara de desesperación que refleja la angustía de aquel que piensa en la inutilidad de haber dedicado los mejores años de su vida al estudio. Arriban esperanzados a encotrar un trabajo que sea relativo a la práctica de su profesión. Sin embargo, a pesar de existir estas pequeñas diferencias entre los que llegan a la Secretaría, al final ninguno se diferencia en nada. Todos ellos se amontonan en la oficina a la espera de un pedazo de carne o, al menos, carroñear lo que no quisieron los otros. Y es que por mucha esperanza que uno pueda tener, lo único que te puede ofrecer la Secretaría son sólo restos hechos anuncios, folletos, boletines, suplementos semanales de empleo:



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Sí, ahora estaba seguro, no sería un buen día. Finalmente fue mi turno, después de estar dos horas sentado esperando la vocalización de mi nombre. Me atendió un empleado de unos 50 años, no levantó la vista para mirarme, tomó la hoja con mis datos y depués de una pausa me preguntó si sólo tenía cuatro meses de experiencia en el puesto que solicitaba; le dije que sí, pero que de todos modos había trabajado en otros lugares en el mismo puesto. Con aire de enfado me explicó que la experiencia valía por todos los trabajos que había tenido y que debí haber sumado todos los meses o años en total de experiencia en ese puesto. Pasarón algunos minutos hasta que finalmente rompio el silencio y me advirtió que no había ninguna plaza por la tarde, le dije que ningún empleo cumplía mis expectativas. Un tanto indiferente, me respondió que era eso o nada. Desanimado tome mi mochila, me levante y le dije gracias. Casi triste, salí de la oficina, un sol resplandeciente me besó la frente, caminaba lento, arrastrando los pies, atrás de mí se alejaba el Hospicio Cabañas bajo un orgulloso cielo azul. Tras cada paso me arrepentía de no haber aceptado ese trabajo de cajero de supermercado por las mañanas.

20110104

Praderas silenciosas





Autor: Álvaro Luquín

Me hundo en la tarde
entre pájaros heridos por el sol-

Observo cómo se extingue la incandescencia
y muere un niño en el regazo de su madre.

El sueño es tan lúcido
que me elevo entre su muerte.

El autor.

Nacido el 21 de Mayo de 1984. Estudió Artes Cinematográficas. Está incluido en las antologías Poesía Joven de Jalisco (Secretaría de Cultura) y 20 de 20: 20 poetas mayores  o con trayectoria escogen a 20 jóvenes (Conaculta Milenio). Praderas silenciosas es su primer libro.



-Autores en la Red-


"Expulsado de la humanidad": El Informador.
http://www.informador.com.mx/cultura/2013/441918/6/alvaro-luquin-expulsado-de-la-humanidad.htm"

20110101

Pausa Poética- Catálogo- Ricardo Yañez





Ricardo Yáñez nació en Guadalajara, Jalisco, en 1948, estudió Letras en la Universidad de Guadalajara y se ha dedicado principalmente al periodismo y la enseñanza. Ni lo que digo, Dejar de ser, Antes del habla, Divertimentos, Vado, Prosaísmos, Si la llama, Estrella oída y El alfabeto en la neblina son algunos de sus libros. Ha sido miembro del Sistema Nacional de Creadores. Actualmente trabaja en La Jornada Semanal.

20101223

La oportunidad y otros relatos

Por Andres Amezcua

En esta serie de relatos de Marco Aurelio Larios el eje central es la ciudad de Guadalajara. Ella es el testigo único que observa inmutable cada uno de los acontecimientos que suceden a los personajes. Ellos se mueven escurridizos por sus parques, sus plazas comerciales, sus mercados; sin darse nunca cuenta de su vigilancia. Creen engañar y se engañan al final ellos mismos. Son cuentos impregnados de un atisbo de sensualidad, sexo y traiciones. Y sin embargo, más allá de esto, lo que al lector más le atraerá es ese constante personaje llamado Guadalajara, la perla de occidente.

A lo largo de la lectura, es inevitable no imaginarse a cada uno de estos seres anónimos por el parque Revolución, por el Agua Azul, por plaza México, por el mercado Corona. Sólo por esto, sin dejar de considerar su prosa, los relatos de Marco Aurelio Larios resultan ya placenteros. La identificación es uno de los efectos que logra toda buena literatura y es ahí donde más acierta nuestro autor. No basta un buen uso formal y poético de las palabras, sino que es necesaria siempre una historia que haga que el lector se sienta plenamente identificado con ella. Y es en este sentido, donde nuestra Guadalajara se erige como la ciudad más bella del mundo en donde se pueda vivir. ¿Y por qué no creer esto? La fama y la belleza de las ciudades se basan también en que ellas han sido muchas veces el leit motiv de la literatura universal. Es tal la identificación que perderemos la conciencia de la ficción y llegaremos a un punto donde no sabemos si tales hechos son reales o meramente ocurrencias del autor. Él mismo juega con este efecto, y al final, por si alguna duda nos queda, nos deja unas direcciones de correos electrónicos para contactarnos con los protagonistas de cada una de las historias. ¿Realidad o ficción? Nosotros tendremos la última palabra.

Marco Aurelio Larios (Guadalajara México, 1959) es Doctor en Filosofía por la Universidad de Viena, Austria. Como académico actualmente es profesor investigador en el Departamento de Estudios Literarios e imparte cátedra en la carrera de Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara. Ha impartido cursos de literatura en la Universidad de Viena, Austria; en la Universidad de Rennes, Francia; y en la Universidad de Zagreb, Croacia. Como escritor obtuvo el Premio Nacional para Primera Novela Juan Rulfo 1998, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y el gobierno de Tlaxcala con El cangrejo de Beethoven (Fondo de Cultura Económica, 2002). Autor de los libros La música y otras razones para contar(Editorial de la Universidad de Guadalajara, 1994) Erato. Ars amatoria en Guadalajara (Arlequín, 1998) y La oportunidad y otros relatos (La Zonámbula, 2007). Y es Académico de lo Ficticio.

http://todoennoticia.com.mx/occidente-municipios-jalisco/cerda-martha-mientras-agonizas-la-zonambula-2020/