20160511

Poemas de Diego Camacho



Tus ojos


¡Cierra ya esos ojos de misterio!

Que han de encerrar un alma rebelde.


Y aleja esa mirada seductora

Que profunda; me hipnotiza a sumergirme en tus pupilas,

Y descarada; me ha robado el sueño de esta noche.


¿Serán faros en las noches de mi alma?

¿O solo anzuelos a corazones perdidos?

Que en la ingenuidad… han de buscar tu belleza.


Cierra ya esos ojos, me he perdido de solo verlos.

Cierra ya esos ojos, ¡te advierto! No encontrare la salida.

Ciérralos ya, o te amare toda mi vida.





Para amarte de algún modo

Siempre te quise a mi lado

Y siempre lo hare aun si no debo tenerte

Siempre quise besar tus labios

Sentir tu mirada, abrazarte fuerte.


Pero una cosa es lo que quiero

Y otra diferente es lo que amo

Porque aun cuando anhelo tenerte

Es tu felicidad la que me ha enamorado.


Así que mientras seas feliz

Permaneceré como un recuerdo.


Prometo apartarme sin irme

Alejarme de ti, sin olvidar que existes.


Esperando en el silencio

Ofreciéndotelo todo

Esperando en el silencio

Para amarte de algún modo.


Regresando solo en tu dolor

Para apartar los males.


Por qué el amor nunca fue sobre posesión

Ni siquiera es la simple compañía

Sino procurar tu felicidad

Aun a costa de la mía.




De soltarte

He de soltar tus amarras

Dejarte a la merced del viento

No poseer como he poseído

Y amarte por un momento.


Admirar cada tarde el ocaso

En el horizonte de un mar incierto

Extrañar en la orilla tu abrazo

Y confiar en que aun sigues al viento.


Navegaras en la turbulencia

O sentirás la brisa rosando tu piel

Conocerás el poder en tu fuerza

Y también la fragilidad en tu ser.


He de hacer de mis letras un faro

He de hacer de mis brazos un puerto

Esperar que regrese tu barco

Añorando con ansias tú encuentro.

20160207

Poema de Antonio López Mijares

cómo pretende el idiota que lo llama “yo”
comprender a sus innumerables quiénes?
E.E. Cummings
(trad. Isabel Fraire)


quién

quiénes   quién    
bosque de voces  centelleo de disonancias 

memoria  imprecisa  imperiosa
rota y recompuesta  alzada en intrincados meandros de agua quebradiza

familiaridad oblicua con un lenguaje  un rostro  
al espejo nace
quieta  incierta  arrebatada
labra deshace cuencas  boca  rictus 
memoria: batahola en la caja craneal

tedio delirio desolación deseo
                    eres la novela inacabable


(…)
peso no de morir,
de no decir…
y empeñarse
en esto: desear decir  
quién
quiénes
soy   tinta  —byte espejeo

y compra la misericordia
no de acabar
de no saber
quién  quiénes   


decirlo destella insumiso en la música de acordarse

20160117

Envida

“La vida está rodando por la pendiente del bosque”
Hugo Gutiérrez Vega


La vida se detiene en un claro del bosque.
Todo el verde se hace silencio
para mirarla con la quietud que se merece.
No hay cielo
ni una mirada mínima de Dios.
El bosque es un ojo que mira,
que calla luz,
que engulle noches,
que se embosca en su sí.

La vida está rodando en el bosque
y no la vemos.
Nuestra vida está rodando en la vida
y no la vemos.

Jorge Orendáin
Enero, 2016


*


Cajón de horas


Un cajón para que Dios guarde la hora.
Alicia Robles


En un cajón de mi armario
guardo todas las palabras que de la infancia dije.
En ese cajón
habita aún una esperanza que destrozada vive
cada vez que la recuerdo.

Desde hace varios años
ese cajón permanece cerrado por miedo a descubrir
todas las horas reunidas que perdí
mientras me distraía descifrando la mirada de Dios.

Hoy quiero abrirlo, pero tengo miedo de encontrar
un regaño de mi padre
y un caricia perdida de mi madre.


Jorge Orendáin
Enero, 2016
http://www.informador.com.mx/cultura/2016/638694/6/el-poeta-pasa-pero-su-voz-queda.htm

20160114

Antonio López Mijares. Poemas

-->
¿De dónde, sí, tanta evidencia a través de tanto

enigma….

Yves Bonnefoy



ay, ciegos de su lustre,

ay, ciegos de su ojo

José Gorostiza



Bello el embuste y el ardid piadoso.

Paul Valéry







Naturaleza muerta



El deseo redondea al fruto,

ojo voraz de Cézanne,



molicie de la forma que en sí reposa,  

en el cáñamo pintado con la mesa

firme y sobre ella, intacto en la luz extraña    

el frutero, tan real,

donaire de la transparencia que toma cuerpo, rubor  

de sangre —ápice del arte— y conmueve el pulido lienzo:

redondas redundancias,  

belleza que en nada se sostiene, vive de aire,

peras o naranjas,

cándidas manzanas…



Desnuda veracidad,

el fruto cavila en sombra

nada, pura mirada

el deseo que lo saborea.

Espera

la mano o el beso

o el hambre.



El deseo ojo voraz redondea al fruto.



Ciega tu redondez,

peso de padecerte tan a solas contorno

que posa entre luces vagas,

                                    y enardece en fruto la mirada.

Belleza, rara palabra,

nombre del hambre.

Desea el fruto intacto

nada, pura mirada—,

la piel sabe a deseo,

y el deseo, ¿a qué?



Aguardas el hambre,

urdimbre de brisa,

antojado esperas

la caricia

del ojo.



Contorno obstinado

el cuerpo el fruto

aroma o paráfrasis

de un hueco que llamaste eva



o deseo, voracidad

del ojo que, ciego, mirándote

se mira, cáñamo pintado,   

ápice del arte.



Belleza que en nada se sostiene, vive de aire…



****


-->
Esta piedra abierta, ¿eres tú?, esta casa devastada,

¿cómo se puede morir?

Yves Bonnefoy

(trad. Manuel Alvarez Ortega)



Y cada afecto

Un humo,

Pero vibrante, claro, como un

Bronce que suena.

Yves Bonnefoy

(trad. Arturo Carrera)







Rumor de tu casa vacía

(Diagonal…)



el hilo que el sueño sordamente  



el hilo que el ciego sueño sordamente desovilla sigue moroso la ruta de la ceniza  un perfume desalmado flota entre caobas y oro remiso

                       escancia la tiniebla intrincadas molduras de agua muerta 



(resuello de soliloquios rezuma la pátina en los muros ácidos) 



venero de la sed el fruto      

el fruto es el hijo

la sed es la madre que digo o farfullo

hilo de nada el poema  fulgor de pobre cobre                                

                                                                                                  

sigues el fulgor del hilo hacia la ribera que empapa un vómito de alfabetos rotos



sordamente el hilo teje la noche

en el tálamo turbio la trémula novia fermenta el abandono  

éxtasis oxidándose de azolvado durar                                                                                        


(ronda)

aviva la brisa atiza la brasa abrasa tu casa voz voraz  trenza el treno escande el trino convoca el trueno  a bailar la madre a nadar la amarga mar amarla es beber la sal roer la cal en ese hueco eco donde nadie nada



(letanía)

madre ciega  novia ebria que hilas la fiebre

venero de la leche cauda lenta  

enhebra el blanco reverbero y susurra

“muere de mí  niño

brotas de ella  estrella

respiras en su aliento

te anegas en el odio de la cal que ciega reverbera”

madre ciega  novia ebria

blanco reverbero  me anega tu locura



estoy en lo desconocido   estás en el albor

nieve de la canícula  ara de la ceniza!



casa roída  lámpara viva

llama votiva  musita la fiebre

tu nombre ninguno  de nadie



sigo el hilo fulgurante que el sueño desovilla



***
 
-->
Las más claras distancias

Sueñan lo verdadero.

Jorge Guillén











apunte

(02.03.14)





a la vista el mar de enramadas  



te embebe una diáfana respiración de distancias



entras a la mañana en un arrebato de sed absurda



(quieres olvido y quieres encarnar)



   en la luz que desatada ríe

                               restalla

ola violenta     ánima cimbreante

 latido te vuelves   

                         

(quieres olvido y quieres encarnar)





 allá en la claridad el pájaro sin más




20150715

Caudales, reseña de Alejandra Díaz

Entre Caudales

 Abrir la tempestad y la calma

Alejandra Díaz

Si nos adentramos por curiosidad en Caudales de Francisco Pamplona, una corriente de marea nos atrapa y nos lleva hasta sus profundidades. Abrir Caudales hace innecesario dividir el mar para atravesarlo en seco como lo hicieron los israelitas guiados por Moisés, además, en este caso no caben ni la angustia ni la prisa por darse a la huida. Se trata más bien de sumergirse en su intensidad lírica y en la atemporalidad de sus ensoñaciones. Nos vienen ecos de palabras y paisajes perdidos, un mundo que mira el poeta desde aquellos sitios suyos, lugares del entendimiento “en los que no existe tregua en la fatiga” (Pamplona, p. 24). Así como Claude Debussy pintó el diálogo entre el viento y el mar con música en La mer, Pamplona dibuja un océano de mundos perdidos, los de sus vivencias y sus lecturas. La composición del libro es un contrapunto entre la calma y la tempestad, desde lo más hondo hasta las tormentas más espectaculares en la superficie de su ser.
En la poesía lírica griega, el poeta es sensible a la música de la naturaleza, a la danza de las ninfas y con mayor consideración a la voz de la Musa, es oyente antes de dar alumbramiento a sus palabras, inspiradas tantas veces en la presencia del océano, fundamental para el hombre de la Grecia y la Roma antiguas. La cosmogonía y la lírica clásicas quedan manifiestas por Pamplona entre las páginas del libro. Del caos al cosmos, del mito al logos, y de vuelta... tales alusiones son latentes, sólo en un momento se explicita:

Junto a mí   escucho la voz que me sigue desde ese mundo perdido: “cerca de lo lejos” dice el poeta y una voz atronadora corrige: “distante de lo próximo” 
[…]
Junto a mí   el que habla me conmina, exige una respuesta   “El logos se derrumba” dice el filósofo y una voz sosegada corrige: “apenas viene a ser” (Pamplona, p. 29)

Los influjos de la literatura griega lucen entre líneas, una de las imágenes que dan título a la segunda parte del libro: "la cresta de la ola" la hallamos en el lírico de Teos, Anacreonte (siglo VI a. C.): “en la ola cana me sumerjo, ebrio de amor” (p. 93). En tiempos antiguos, el poeta obtenía el entusiasmo por medio de un trago de agua de la fuente de las Musas (Otto, p. 31), Pamplona, como Anacreonte, ebrio de amor muestra su ars bibendi en el epílogo de Caudales, “En la cantina”, donde se lee: “El segundo sorbo viene con una sonrisa, no puede ser otra cosa más que el recuerdo tuyo desbordado a mis labios.” (p. 101). Y así vienen y van las olas, que llegan hasta las estrellas con la furia del viento, como en el Libro primero de la Eneida de Virgilio: Mientras así se lamenta la tempestad [...] unos quedan suspendidos sobre la cresta de una ola, a otros el mar, abriéndose, les deja ver el fondo entre el oleaje; la arena y el mar se mezclan enfurecidos” (p. 43).
En tiempos más recientes, la simplificación y fragmentación del lenguaje en el texting parecen haber callado a la Musa, no sólo para los amantes del ruido sino para las nuevas generaciones de “poetas”. Si pensamos en el origen del habla, en el ir de la vocalización animal al lenguaje humano, podemos imaginar al homo pictor, productor no exclusivo de pinturas rupestres sobre la caza, sino también aquellas representaciones de todo lo que le rebasa: las amenazas a su supervivencia, la incertidumbre, lo que hay más allá de su horizonte y su experiencia. Se trata de una proyección de escenarios peligrosos que se construyen a través de su imaginación, la metáfora como guía de la curiosidad teórica en su estado primigenio (Vid. Blumenberg, pp. 11-41). Son la angustia y el miedo sensaciones capaces de paralizar al hombre y de hacerle surgir un ritmo interior que se esfuerza por ser resuelto en palabras. Tal y como lo expresó Paul Valéry a propósito de Cementerio marino: “esta intención, que me obsesionó durante cierto tiempo, inicialmente no fue más que una figura rítmica vacía, o llena de sílabas vanas” (Paul Valéry, Varieté, 3, p. 63. Apud. Walter F. Otto, p. 84).

Al soplo de tus narices retroceden las aguas,
las olas se paran como murallas;
los torbellinos cuajan en medio del mar.
(Éxodo, 15:8)

Del homo faber al pretendido homo sapiens se han desarrollado formas cada vez más complejas de superar a la amenazante naturaleza, se han construido barreras contra ella; el caso más espectacular, hasta ahora, es el del proyecto de un gran muro en Japón para detener tsunamis; no hay garantía absoluta de su eficacia, pero lo que sí hay es una gran fe en la tecnología. Se hiere al paisaje, se interviene el horizonte sensible para no tenerlo enfrente nunca más. Pero en este mundo de sociedad informacional y hombres que piensan en detener al océano con una muralla, quedan unos cuantos poetas como Francisco Pamplona que se refugian en imágenes pasadas, que se escapan a mundos perdidos y que se aventuran a escucharlos. El erudito del mundo griego Walter F. Otto ha sentenciado que “sólo cuando hayamos comprendido la lengua como música podremos aproximarnos a la pregunta acerca de qué ha significado esta clase especial de música.” (Otto, p. 70).

Tú descubres al mar como una ñiña
y piensas en la eternidad
 (Pamplona, p.13)

En lo que respecta a la atemporalidad de las ensoñaciones en Caudales, no podríamos dejar de referirnos a Octavio Paz, el ineludible (si no por su originalidad, por haber dicho todo con la agudeza y la claridad que le fueron propias): “la poesía parece escapar a la ley de gravedad de la historia porque su palabra nunca es enteramente histórica” (Paz, p. 193). Las palabras del poeta son históricas porque pertenecen a un momento del habla, que es su contexto, pero a la vez su poesía es un comienzo absoluto, una creación. El poeta puede pasearse por el tiempo, “transmutarlo sin abstraerlo” (Paz, p. 191), puede hacer proyecciones y memorias sin leyes físicas, está plantado frente a un horizonte sensible, pero no necesariamente real, creado por sí mismo; el “Horizonte”, según Gadamer, evoca la experiencia viva que todos conocemos. La mirada está dirigida hacia el infinito de la lejanía, y este infinito retrocede ante nosotros con cada esfuerzo, por grande que sea, y con cada paso, por grande que sea, se abren siempre otros nuevos horizontes. El mundo es en este sentido para nosotros un espacio sin límites en medio del cual estamos y buscamos nuestra propia orientación. (Gadamer, p. 118). Para el poeta, los límites del horizonte son alimentados y delimitados por sus propios temores:

            En la playa veo una mujer que camina sola
            Hacia un pequeño acantilado
                                                  La imagino hermosa
            No lo sabré pues tengo que alejarme
            (no sé por qué pero tengo que alejarme)
            Lo hago indiferente y pienso y pienso
            En descansar y en alejarme

            Una arritmia súbita quiere acabar con mi corazón
            Y (pienso tropezando) con mi vida
            Respiro agitado     Respiro queriendo absorber
la vida que me queda (eso pienso tropezando)
(Pamplona, p. 45)

Francisco Pamplona escribe “contra toda la fuerza de las olas”, el poeta es sensible al dolor humano y al de la misma naturaleza, ¿quién puede sentir vértigo por el amor y la muerte sino él?:

Vuelvo la mirada y el horizonte desprende bruma gris
delante de los resplandores del ocaso
Regreso a pie por dentro de mí mirando afuera
Me distraigo en detalles fútiles:
                                                Mujeres que no tendré
                        Manzanas y vinos que me amargan
Calles que no andaré:
            Filosofía  ciencia    revolución
                                                Todo importa y nada importa
[…]
            Que todo cambie       que surja sin cesar la vida
saldar cuentas    viajar   arrojar todo por la borda
Sentir el mar   el vaho cálido del mar en mí desnudo

Sentir las aguas del río que limpian todo dos veces
                                                            morir ahora
Es preciso desembocar en los deseos        es preciso

                                                quiero morir ahora
(Pamplona, p. 57-58)

Y si es el poeta sensible a la compasión, ¿cómo ha de aliviarse de los horrores del mundo? ¿Escribiéndolos? En Un amigo reflexiona sobre la compasión (escrito después de leer La tumba de las luciérnagas de Akiyuki Nosaka), se lee la voz de quien ha detenido su sensibilidad frente a un mundo apocalíptico:

            No pienso en los inocentes que no deben morir
            porque son inocentes:
            Que sufran y encuentren
            que la vida es implacable
            (Pamplona, p. 28)

 Porque todos los cantos vienen del dolor de ser terrenal, de la experiencia del dolor que es vivir, dolor que se disimula hasta en la más pura alegría, ¿habría que seguir rechazando sistemáticamente lo real por absurdo?, filosofía, ciencia, revolución, desencanto...

Sólo un ángel desencantado
podría hablar de lo que ocurre en mi pecho
[…]
El ángel podría mentir y aún
hablar de la verdad
que observa en mí cuando camino
cuando a solas pienso en los veranos
que me arrasan
que asesinan mi sustancia:
desmesurada herida que me escinde
(Pamplona, p. 24)

Ráfagas de bombas como un aguacero de verano (Vid. Nosaka, passim), el Cuarteto para el fin de los tiempos de Messiaen, la angustia primitiva del hombre, la sensación de amenaza que lo ha llevado a poner nombre a las cosas para aliviarse de su extrañamiento y finalmente dar forma a historias para entender el mundo y explicarlo. Una música, emanada desde el abismo, llega a la superficie en el estallido de un géiser, que se abre hasta dar paso a una gran ola, que destruye el muro hecho por los humanos: es la Palabra que consigue al fin su alumbramiento al ser escrita por el poeta, aún sensible a la resonancia de la natura, es el poeta frente al infatigable mar.


Bibliografía

     Anacreonte. Poemas y fragmentos (Introducción y notas de Mauricio López Noriega). México: Textofilia Editores, 2009.

     Blumenberg, Hans. Trabajo sobre el mito. Barcelona: Paidós, 2003.
Gadamer, Hans-Georg. "La diversidad de las lenguas y la comprensión del mundo" en       Koselleck, Reinhardt; Hans Georg Gadamer. Historia y hermenéutica. Barcelona: Paidós, 1997.
     Otto, Walter F. Las Musas. Madrid: Ediciones Siruela, 2005.
     Nosaka, Akiyuki. La tumba de las luciérnagas y Las algas americanas. Barcelona: El acantilado, 1999.
     Paz, Octavio. El arco y la lira, en el tomo "La casa de la presencia" de las obras completras. México: FCE, pp. 15-297.
     Pamplona, Francisco. Caudales. Guadalajara: La Zonámbula Editorial, 2015.
     Virgilio. La Eneida. Barcelona: Editorial Bruguera, 1968.

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