20101115

La Santa

LUCIO MASTRONARDI
Traducción al español: Andres Amezcua

Tenía molestias en un ojo. Me habían recomendado que fuera a que me lo revisara una mujer, que según decían, hacía milagros. La santa de Vigevano. Fui una tarde. La santa vivía en un edificio viejo en el valle de San Martino, uno de los barrios más viejos de la ciudad. Una mujer en la entrada me indicó, sin que le preguntara nada, el piso en el que habitaba la santa. Subí. A la escalera le faltaban algunos peldaños de madera, los cuales, para mi mala fortuna, ya estaban de por sí muy separados. Arribé a una galería adornada con un pasamano también hecho de madera que despedía un olor a marchito y entré en la única puerta que había. Ya en el interior, me encontré en una vieja y grande habitación llena de señoras. Cuadros de Cristo en todas las posiciones posibles colgaban en las paredes: cuando oraba, con el corazón en la mano, predicando, cuando hacía milagros, cuando salía el Calvario, muriendo, cuando resucitaba… Todas las paredes estaban llenas de aquellos cuadros que no dejaban ver siquiera los colores de los muros. La gente se sentaba en la sala esperando con paciencia su turno. Sobre la mesa había una caja de zapatos con un agujero en la tapa. La santa estaba sentada en el bordo de una cama plegable con el crucifijo en una mano y el rosario en la otra. Vestía una túnica de fraile, tenía una cara cachetona con ojos negros y vivos. Su cabello era corto y manchado, el cual se dividía en mitad al centro de la cabeza. Su voz era comunicativa y de habla dialectal.

Sentada frente a ella, una señora le contaba sus penurias. Su hijo estaba por meterse en un grave problema. Se había enamorado de una… mujerzuela. —Yo le he dicho: si te casas con ésa, te niego como hijo. Pero no entra en razón—. Decía la mujer, a quien comenzaban a llenársele los ojos de lágrimas. —¡Nosotros somos gente honrada, no quiero emparentarme con una mujer así!

La santa se levantó. Se tomó la cabeza con las manos. Una pariente suya pidió silencio —Intenta hablar con Jesús, repitió:

—¡Aquella mujer ha embrujado a tu hijo!

—¡No! —gritó la mujer.

La santa echó una mirada a los cuadros de su santo padre, como le llamaba ella.

—Pasaré toda la noche orando por ti y por tu hijo. Verás que mi santo padre me escuchará y deshará el embrujo.

—Espero que me haga este favor —dijo la mujer.

La santa le dio la imagen de un santo con una oración al reverso para que la dijera cuando su hijo estuviera en casa. La mujer sacó un portafolio y metió con cuidado la imagen en una de las bolsas. Antes de irse, introdujo en la caja de zapatos un billete de mil. Ya en la salida, le dijo a la santa:

—Si me hace el favor, yo la sabré recompensar.

—Mi santo padre no necesita nada —le contestó la santa, fiera, alzando la cruz.

Tocó el turno a otra señora. Cuando se sentó frente a la santa explotó en llanto. Entre lágrimas decía que su marido tenía una fábrica de zapatos junto con otro socio que se encargaba de venderlos.

—Sólo nosotros sabemos a dónde nos lleva aquel socio, los daños que nos ocasiona, el trabajo que perdemos a diario… Mi marido quiere separarse y él no está de acuerdo. Por esta situación mi esposo enloquece, pasa las noches enteras en vela, siempre con aquella preocupación fija en su mente.

—¿Qué quiere el socio para separarse? —preguntó la santa.

—Quiere la fábrica entera y el dinero. Quiere que le demos todo nuestro trabajo…

La santa se levantó, se movió a la otra parte de la cama y sacó del tocador un amuleto; repentinamente se desvaneció en el suelo.

—Silencio, está en crisis —murmuró la pariente que le ayudaba.

Por algunos minutos sólo se escuchó el ataque de hipo de la mujer que esperaba el diagnóstico.

La santa se recompuso y dijo:

—Denle todo aquello que pide. Desháganse de todo lo que tienen y comiencen desde cero tú y tu marido. La fábrica está maldita. Yo pediré a mi santo padre para que las cosas salgan bien.

La mujer se fue con un semblante dubitativo —qué mensa— se quejaba —ahora todas nuestras pertenencias quedarán tiradas a la suerte. Ni en sueños…

Fue el turno de una joven mujer. Se sentó ruborizada frente a la santa, miraba nerviosa a todos lados de la habitación, se notaba que se le caía la cara de vergüenza por tener que decir su problema delante de todos.

—Yo sé porqué has venido —dijo la santa mirándola fijamente —No logras salir embarazada, ¿verdad?

La joven mujer asintió.

—Hace ya tres años que mi esposo me lleva con uno y otro especialista — murmuró con voz cansada.

—¿Y aún es afectuoso contigo?

—Ya nunca me dice nada. Tiene una fábrica junto con su hermana, y cada que ella viene a visitarnos él se entusiasma como nunca por el simple hecho de ver a su sobrino. Siempre que quiero su atención me dice que ahora no, que tiene muchas cosas que hacer. Tanto esfuerzo para que al final le deje toda la fábrica al sobrino. Aún así, cuando salimos siempre hay alguien que dice: “qué bonita pareja”; si supieran que cuando regresamos a casa no tenemos ganas de vernos ni en pintura.

La mujer le hablaba en la oreja a la santa, pero la voz se escuchaba de todos modos fuerte. La santa le hizo que se recostara sobre la cama. Con las manos le oprimía el vientre, le hacía una cruz y al mismo tiempo murmuraba una oración.

—Espera el periodo de la luna llena —dijo—. Si no quedas embarazada después de esto, dile a tu marido que vaya a examinarse.

—¿En verdad? —preguntó exaltada la esposa.

La santa entrecerró los ojos y sonrió perspicazmente. En ese momento apareció, sostenida por dos señoras, una muchacha con las piernas paralizadas. La santa corrió a encontrarla y la abrazó. Dijo que había sido curada por ella y que por tal, le era muy apreciada aquella pobre alma. La cara de la muchacha se iluminó mientras las manos de la santa la sostenían.

—¿Hiciste lo que te dije? —preguntó la santa.

La mujer indicó que sí. —He hecho sólo una vuelta alrededor de la mesa. —Dijo.

La santa se sorprendió y después de un momento de silencio, gritó:

—Da rápido dos vueltas. ¡No la ayuden! ¡Adelante!

La pobrecilla se alzó y a duras penas logró agarrarse de la mesa. —¡No!—, le gritó la santa. La joven caminó con esfuerzo alrededor de la habitación, deteniéndose a cada paso y retomando de nuevo el camino. Después de una vuelta se desvaneció sobre una silla.

—Da otra vuelta —le reprendió la santa. La joven se alzó y retomó el camino, la santa estaba atrás de ella cercana, y le decía:

—Estoy aquí, ten fe. No toques la mesa, estoy aquí, estoy aquí, avanza, sin miedo; ves que tu puedes, vamos...

La joven dió tres vueltas y finalmente se sentó sobre el borde de la cama y exclamó:

—¡No me he cansado!

Una de las mujeres que la acompañaba dijo: —Aquí lo logra, pero en la casa no. Aquí están ustedes.

—¡No es cierto! —irrumpió la santa—. Yo no hice nada, es mi santo padre que está en todos lados y también en su casa.

Besó a la joven y le ordenó a las dos mujeres que la acompañaban que le diera tres vueltas alrededor de la mesa; y que después de tres días regresaran. Las mujeres se lo prometieron.

—¡Ahora vete! —gritó a la joven, que esforzándose por no apoyarse en la silla y en la mesa llegó a la salida.

La santa se sentía cansada. Pidió un vaso de agua, pero antes de beberla hizo el signo de la cruz como si fuera un conjuro.

Tocó el turno a otra mujer que tenía una pequeña fábrica. Ella se había peleado con una de las trabajadoras, y en el altercado la amenazó diciéndole que moriría cuando ella escuchara sonar una campana.

—Cuando suena una campana, basta una solamente, para que un miedo inexplicable se apodere de mí, es peor que un tormento —dijo la mujer —y las campanas nunca dejan de sonar...

—¿Despediste a la trabajadora?

—Sí, pero aquellas campanas, santa señora, aquellas campanas...

—Cuando escuches las campanas —dijo— esfuérzate en no pensar que suenan por aquélla.

La mujer movió bruscamente la cabeza. —Ya lo he probado —dijo—. Al inicio, nunca les hacía caso, ahora es un suplicio que inicia desde la mañana y continúa hasta la noche...

— Entonces, persígnate tres veces a cada campanazo —dijo la santa— con tres réquiems juntos.

Fue el turno de una anciana. Su hijo, según la anciana, era un diseñador y quería irse a trabajar al sur de África. Un señor rico de Vigevano había puesto una empresa allá, y el muy tonto quería ir a mostrar su oficio a los zulú. Quería firmar un contrato por diez años, ya que así haría mucho dinero allá y podría regresar a Vigevano a emprender algo grande, un bello negocio de zapatos. —¡Ayúdeme a convencerlo que no se vaya! —dijo la anciana triste y desesperada.

—Mándamelo aquí, le diré sólo cuatro palabras y le haré que se le vayan las ganas de irse —comentó segura la santa—. Lo espero mañana —finalizó.

Finalmente fue mi turno. Me senté delante de la santa.

—Tengo un ojo que me lagrimea —dije, indicando el ojo.

—¿Te chilla el ojo? — me pregunto la santa. Me tomó de la cabeza, me sopló el parpado y se persignó. De una caja sacó una fotografía de Jesús tamaño infantil y me la dio.

—Vela fijamente —indicó—. La miré.

—¿Ves una cruz en su frente?

—No.

—Yo sí. Sigue mirándola...

Las mujeres que estaban en la habitación comenzaron a rodearme, y en un abrir y cerrar de ojos, todas miraban la foto fijamente. Algunas dijeron que sentían un ligero olor a perfume que emanaba de la foto.

—¿Ves la cruz? —me volvió a preguntar la santa.

—Sí, ahora la veo. La santa me miró contenta.

—Yo soy una pobre mujer, sin estudios, sin nada; pero mi Señor me ilumina. Se los puedo mostrar a todos. Cuando una cosa no les vaya bien, o les afecte, hagan como han hecho ahora. Tomen una foto de Jesús y mírenla fijamente hasta que vean una cruz como la que han visto hoy.

La caja del dinero estaba llena, tanto que el mío no entraba. La pariente de la santa la sustituyó por otra. Mientras salía, ingresaba más gente. Y muchas más personas me encontré en las escaleras, en el pasillo y en la entrada del edificio. Mientras regresaba a casa, el ojo aún me chillaba, pero a cada rato era menos, hasta que finalmente no me chilló más.


Biografía del autor:

Lucio Mastronardi fue un autor italiano del boom económico, que nació el 28 de junio de 1930 en la provincia de Vigevano. Su obra más conocida es su trilogía vigentina: Il Calzolaio di Vigevano (1956), Il Maestro di Vigevano (Einaudi 1962), Il Meridionale di Vigevano (Einaudi 1964). El verismo, corriente italiana por antonamasia, y su visión crítica hacia el éxito económico italiano, que impregnan su obra, hizo que la crítica llegara a compararlo con Giovanni Verga. Se suidido un día de abril de 1979, su cuerpo fue encontrado por un pescador en las aguas del Ticino.

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