20161021

Poemas de Melissa Cornejo

Limerencia



Y de repente, suspiro.
Porque puedo, porque vivo.
Y respiro los recuerdos,
y te siento, y te sigo.

Permanezco en tu vida,
y me alegro de que vivas.
Tú: sensación agridulce
de silencios prolongados.
Yo: sentimiento iluminado
y letras desveladas.

Y entras sin permiso para irte sin aviso.
Tú dueles, yo te abrazo a mí.
Pero dueles de una forma a la que ya me acostumbré;
dueles en el pecho y en el pelo,
en las uñas y en los dedos,
en la vida y en el ser.

Porque sentir sin tenerte no es nada,
y seguir sin vivirte no llena.
Ya no cuento los días,
ni las lunas.
Porque así, sin decirlo, siempre vuelves.
Y yo espero.
Tú vienes, yo muero.

Estás donde sea, pero no dondequiera.
Porque de querer, estarías aquí conmigo.
De querer sabemos tú y yo,
y sabe este lío.
De querer saben las flores,
las letras y este vacío que vive en mí.

Y te doy acogida una vez más.
Te espero un poquito más.
Y cada día te pienso.
Y pienso que no vuelves,
sin saber que nunca te vas.

Limerencia sin sentido,
y cada día, despacito,
volvemos a empezar.



Monogamia



Llámame anticuada, cerrada o ilusa.
Mi amor, llámame pendeja si quieres.
Pero estoy educada a la antigua.
Todavía creo en que las relaciones son de dos,
no por celos o egoísmo, sino porque no cabe nadie más.
Creo en la comunicación entre las dos partes,
no en tener que adivinar tus reproches mudos.
Creo en construir una vida junto a la otra persona,
si así lo desea, claro está.
Yo no vivo así, a lo pendejo,
me niego a entregarme con la incertidumbre,
con el no saber si mañana estarás, clavado en el pecho.
Porque, ah, he de aclarar que yo me entrego.
Nunca he aprendido a estar a medias,
no supe involucrar la carne sin el espíritu;
tú debes saber de eso: somos indisolubles.

No puedo seguirme engañando,
seguir permitiendo que vayas por ahí.
Amándome a ratos, y amando a otra, y a otra, y a otra.
Sintiendo que no sé llenarte,
que no valgo tanto,
que no te entretengo,
que no te cautivo.

Te quiero, y me dueles,
pero me duele más lo que me hago al estar a tu lado.
Me duele mentirme, apagarme, reducirme.
Requiero exclusividad, ¡maldita sea!
No hay nada más cautivador que saber tuya a la otra persona.
Me mueve hasta los huesos saber que mi pareja es leal,
que está conmigo venga lo que venga.
La estabilidad me seduce,
vaya que soy anticuada
pero ansío la cotidianeidad de un día lluvioso,
de un café
de un poema
de una historia relatada en silencio en un par de ojos marrones.
Muero por tener un par de manos que sean sólo mías.
Unos labios que me besen sólo a mí.
Una voz que no mienta.

No sé si algún día encuentre lo que busco,
pero me debo la simple oportunidad de seguirlo buscando.
Me debo la libertad,
la estabilidad.

Te quiero, pero me quiero más a mí.
Quiero más a mis ojos,
quiero más mi sonrisa,
valoro más mis horas de sueño, de impasibilidad.

Mi amor... no lo olvides.
No te echaré de menos.



Siempre



Estás como para quererte a mi lado.
Quererte un minuto, dos horas, tres vidas.
Quererte como nunca,
Como siempre lo hice y no lo sabía.
Quererte porque me nace.
Tenerte a mi lado por siempre,
Aunque ''siempre'' se reduzca a un instante.
Tocarte aunque sólo sea el alma, aunque sea la sonrisa.
Eres poesía para mi alma,
Eres cielo, eres vida.

Por siempre...
Lo que «siempre» decida durarnos.



La poesía



Apreciar la poesía en la simpleza
y la simpleza en la poesía.

Gente que no sabe hacia dónde va,
pero lucha por llegar más rápido.

El día que rompe con su parsimonia habitual
y su contraste con la prisa cotidiana.

La risa de un niño rompiendo el hechizo,
la mirada de su madre.
La sonrisa fugaz.

Y en medio del ruido está este silencio entre nosotros.
La poesía.



Parasíntesis



¿Quién dijo que la poesía debe ser bella?
Si alguien lo dijo, es porque nunca ha amado.

Te escribo con rabia,
con temblores entorpeciendo mis dedos,
lágrimas nublando mis ojos.
Pero no, mi amor.
Esta vez no es así.
Esta vez no lloro de tristeza,
no lloro por saberte perdido una vez más.

Lloro por mí,
¿Es que acaso no tengo voluntad?

Te detesto.
Detesto que inspires letras corrientes.
¿Por qué no te comportas?
Deberías ser buena musa, como las demás.
Deberías inspirar belleza,
amor,
vida,
color.

Pero inspiras pura mierda,
como ésta.
Como cada coma que he escrito los últimos meses.

Odio que me pidas discreción,
pero al minuto siguiente reproches vivir en anonimato.
Odio que me des ese lugar,
uno que nunca te pedí, que nunca quise.
El lugar de la eterna engañada,
de la que no satisface,
de la que no llena.

Odio alimentar tu neurosis
y que ésa sea mi única función en tu vida.
Yo, alimentando el síntoma de un loco.
Mi loco.

Odio que esto termine así.
No era para tanto,
no éramos para tan poco.



Tal vez



A veces te extraño más de la cuenta
si es que «la cuenta» realmente existe.
Como si se realizara un análisis cuantitativo de lo que es extrañar a alguien.

En ese caso, el análisis del amor debería ser cualitativo.
No decir «te amo mucho», sino, te amo bien.

Si el extrañar se mide en cantidad y el amor en calidad,
tal vez lo romántico vuelva a tener sentido.
En este mundo de números, transacciones, negocios y remuneración.

Tal vez si ponemos el amor por escrito ante un notario,
tal vez si es avalado por alguna secretaría
y es colgado en una oficina como cualquier otro diploma...

Tal vez así nos dure.
Tal vez...



Algún día



Algún día llegará el día.
Llegará el momento preciso
de tenerte y no perderte
de quererte eternamente.



Ausencia



Jamás me atrevería a decir que tú me haces feliz.
Nunca delegaría tal responsabilidad a otra persona.

No quiero decir que eres «mi otra mitad»,
yo siempre he estado entera.
Existe la falta,
lo acepto. La vivo.
Pero no busco otro ser que me complete,
como si fuera un maldito rompecabezas de más de mil piezas
Con un letrero en la frente:
«apto sólo para mayores de 10 años».

No quiero caer en romanticismos absurdos,
accidentes gramaticales, ambigüedades.
Pero nunca te quitaría el mérito de empujarme a creer de nuevo.
De romper mis esquemas, reinventar mis paradigmas y colorearme el alma.



Arte



Arte tatuado en el brazo
e impregnado en cada célula.
Poesía en mis átomos.
Pedazos de mi alma en mi arte.



Ambivalencia



Ahí estamos tú y yo,
entre el odio y el amor.
Ahí, donde no sabes qué más.
Ahí, donde no hay marcha atrás.

Ahí, donde no me quieres tener,
donde no me quieres perder.
Atrapados en momentos efímeros, fugaces.

Y todo nos llega a manera de tormenta,
para dejarnos secos unos días más.

Ahí, donde el cariño es esporádico,
donde los besos no existen
y las miradas se agotan.

Ahí, donde soy yo la que odio,
porque soy yo la que amo.



Moral de lo feo y lo bello



He comenzado a pensar que quizá sea verdad lo que los junkies, yoggies y de más nos han querido vender.
Quizá la vida sea tan bella como la pintan.
Quizá lo horrible son nuestros anteojos.

¿Por qué ser tan narcisistas esperando que la vida se ajuste a nuestros caprichos y «necesidades»?
¿Quiénes nos hemos creído para intentar interrumpir el devenir y querer cambiarlo?

Comencemos por aceptar que la vida es como es, y no como creemos que debería de ser.
No es como te lo prometieron tus padres, como Disney lo cuenta desvirtuando los cuentos de los hermanos Grimm.

Retomando el Budismo y Las Cuatro Nobles Verdades, la vida es sufrimiento,
pero si abandonamos nuestro pensamiento polarizado, infantil e irracional,
si miramos en retrospectiva, podremos darnos cuenta de que muchas veces el sufrimiento marca más que las victorias.
Nos deja más aprendizaje, más crecimiento, más evolución.

¿Qué pasaría si la vida nunca pusiera a prueba la capacidad de adaptación de las especies?
Simple. No habría evolución. No caminaríamos, jamás avanzaríamos ni conoceríamos más allá.

¿Por qué le tememos tanto al sufrimiento, al crecimiento, al cambio?
Tal vez la belleza de la vida reside en que hemos experimentado el sufrimiento, las desventuras y el horror.
Más Heráclito, menos Disney por favor.

20160717

Una mujer, un libro, de Rossana Camarena


Este objeto es un baúl o un ojo observador o un reloj detenido. Es un baúl, o es un secreto o un libro. Es un libro. Un libro cobijado por la Zonámbula, editorial que no tiene empacho en querer a sus autores, en cuidar sus ediciones como si fueran piedras preciosas y no libros, pero también. Con sus portadas llamativas, y sus páginas celestes porque son un pedacito de cielo. Jorge Orendáin, el capitán de este barco de páginas, es padrino doble. En este pedacito de cielo, en este huequito de letras, apostó a cada página del libro; a veces, agujero hacia adentro; otras, una ventana hacia un paisaje distinto. Y a veces es un pozo profundo –como un baúl sin fondo, mejor dicho- porque quien escribe nos lleva a escuchar su voz reflexiva que parece un espejo delgado para hundir solo los pies pero traga como un cenote cristalino. Pensemos en estos fenómenos al sur de México que comienzan de manera subterránea y luego se abren paso hacia fuera, a veces con un domo enorme, y más maduros, a cielo abierto.

Investigué un poco porque me llamó la atención que mi subconsciente relacionara esto con aquello, cenotes que se formaron durante las épocas de bajada del nivel del mar durante los pulsos glaciares del Pleistoceno, con las honduras del ojo de Rossana. Sí, relacionar los cenotes –que son ensanchamientos de complejas redes fluviales subterráneas- con las redes verbales de Rossana. En los cenotes puede coexistir el agua marina con agua más dulce que penetra por el fondo del sistema freático. De manera que hay cenotes en los que a partir de determinada profundidad el agua pasa de dulce a salada, incluso a muchos kilómetros de la costa. Esta superficie de contacto entre el agua dulce y marina recibe el nombre de haloclina, y provoca efectos visuales maravillosos. Estos efectos visuales podrían ser cada uno de los textos contenidos en este libro, y las redes fluviales el pensamiento de la autora, junto con los sabores salados o dulces según el paladar de quien los deguste.

Leemos historias o instantes en la vida ordinaria convirtiéndose en algo extraordinario.
Como estos ríos profundos que nadie ve y de pronto emergen, cuando la cúpula se cae, cuando maduran los cenotes y salen a la luz. Sus textos desfilan ante nosotros, como un catálogo de instantes cristalinos que devoran el infinito.

Esa es Rossana Camarena. Siempre. Cristalina, profunda, con insondables corrientes reflexivas que de pronto aparecen ante nosotros. Sin contar su sonrisa y su amor a lo cotidiano: las plantas, los muros de su casa, el ventanal, los hijos, el hombre, la mujer, la taza como un cenote, o como un ojo. Finalmente un cenote también nos mira, y la taza. Miramos y nos miran. La mirada.

Mirar es alejarse. Cuando podríamos pensar que mirar es conectarse con lo mirado, para ella es conectar los dos ojos que miran ángulos distintos. Observa el acto de observar y se asombra. Encuentra el no nombre. Se encuentra con el silencio, como un portero. Todo a la inversa porque todo cambia y "al derecho parece tan obvio", dice. Entonces somos matemáticas: porque el diámetro cabe 3.14 veces en la circunferencia del círculo. Su pensamiento siempre dando vueltas en el diámetro, en lo posible y lo imposible, en lo imaginable. Cada taza vista desde arriba, ¿es un círculo?

La inversión de su juego, en sentido contrario, desde el espejo, desde detrás de la pantalla, como ella misma dice, nos coloca a nosotros a su vez de cabeza, arriba, con el izquierdo donde el derecho, mirando desde la nuca. "Esta ceguera lo ilumina todo", dice.

Entonces, tenemos una taza de café, o una copa, o un Palíndromo (porque siendo ella quien es, rodeada de quienes ella se rodea, no podía ser en otro lugar, como un cenote todavía en gruta, fresco y cálido), tenemos –decía- un café, una cerveza, una copa; tenemos un café, una pijama, un amanecer con reflexiones como "Acostumbra regalarte entera, con fecha de caducidad y así no guardarse para luego" o "No porque el corazón se acelere es indicio amoroso, el miedo produce el mismo efecto" e inmediatamente después la observación con lupa o microscopio o a profundidad: lavar un plato es lavar la culpa, por ejemplo.

Muchas páginas acontecen en la cocina: “Remolino en mi cama. Horas sin dormir. Enciendo la luz. Camino hacia la cocina. Tomo una pluma y contemplo las hojas. Escucho la respiración del farol en la esquina, el corazón llamando. El grifo llora. Esta noche su llanto se derrama dentro del tímpano {…}”. Pero no le suceden a la ama de casa, a la esposa o madre, le suceden a la mujer que busca un refugio para la escritura, para la lectura del mundo. Entonces encuentra ese espacio en el que suceden los encuentros, con los amigos, con la familia, con la comida y el placer, con ella misma. La cocina es el lugar donde tomamos el alimento, y ella toma ahí el impulso de la escritura.

Es un baúl o un ojo observador o un reloj detenido, había dicho antes. O un cenote. Pero no tenemos que irnos hasta el sur. También puede ser abrir las puertas de los estantes de la cocina y encontrar lo mismo una lata de duraznos en conserva que un recipiente de frutas secas, o algún clip olvidado o las llaves que no sabemos están en aquél cajón de abajo. O su ojo viendo todo eso, profundísimo, mientras piensa en las palabras. ¿Las páginas piensan en las palabras? ¿Se encuentran ellas mismas y se escuchan cuando nosotras las hacemos vibran cuando las leemos? Si es así, podríamos pensar que Rossana es palabras que resuenan cuando la leemos. Es un libro. Una mujer un libro.

Pero una casa, con sus traspatios. Aunque en la primera parte hay un discurso que toca los temas cotidianos, mundanos, de cada día, con reflexiones sobre la vida y la escritura, sin embargo, en el segundo apartado refuerza este diálogo ahora con el otro. Como una mujer, un libro. Una mujer, una casa; una mujer, un libro. Encontramos los dos hilos que la zurcen a la vida: la casa, con sus placeres y sus dolores, sus profundidades (hacia el pozo o hacia el cielo); la mujer, con su libro, con el lenguaje, con el silencio, con el infinito. Dos hilos delgadísimos, casi sin fronteras, que la hacen, la conforman: El adentro, con la escritura, y el afuera, con el otro. Hay que leerla, en los dos sentidos. Y celebrarla. Rossana Camarena, un libro.


Karla Sandomingo
Palíndromo, julio, 2016

20160621

El monstruo en el hueco

Por Fabio López de la Roche
Bogotá, 5 de marzo de 2016




Este libro de intercambios epistolares entre Ángel Blas Rodríguez y Alfonso Rubio es el de dos viajeros españoles contemporáneos transterrados a América Latina, a Ciudad de México y Medellín, que unidos por una común infancia vivida en  el pueblo español de Arnedo, en La Rioja, comparten a través de sus cartas,  desde una mirada curiosa y con frecuencia impactada por las realidades observadas y vividas, la experiencia de su contacto e inserción en sus nuevas ciudades y regiones de adopción y en unas -para ellos diferentes- sociedades y culturas nacionales.
Este libro tiene que ver entonces con la historia de dos españoles tejiendo narrativamente América Latina, construyéndola también desde la experiencia diaria, como cuando Ángel Blas le dice a Alfonso: “en este momento parece que viviéramos en distintos barrios de una misma e imaginaria ciudad latinoamericana”.
Esta comunicación epistolar es también un registro de las exclusiones y violencias urbanas compartidas por las dos sociedades latinoamericanas, y de la presencia avasallante de un monstruo que todo lo invade con su huella ineludible y continua: el miedo. Además de los miedos asociados a la inseguridad urbana, narrados por Ángel Blas, en alguna de las cartas de Alfonso aparece la sorpresa inquietante e intimidante que producen los retenes militares y la militarización de la vida en Colombia, todo eso a lo que los colombianos nos hemos acostumbrado, como un resultado comprensible de medio siglo de convivencia con el conflicto armado interno.
Los tamaños de los países, sus diferentes escalas, la presencia frecuente de descomunales banderas mexicanas, como la que ondea en el Zócalo, la amplitud de los espacios públicos precolombinos y contemporáneos en el país del norte, las dimensiones de lo mexicano frente a la medianía colombiana, se pueden deducir o entrever en la observación de Ángel Blas Rodríguez sobre el D.F.: “Distrito Federal siempre está postrada a los pies de su bandera. En el centro de la ciudad y en sus puntos cardinales existen altos mástiles de los que penden desorbitantes enseñas. Nunca antes vi mástiles ni divisas de esas dimensiones. Tan alto es el mástil que supera cualquier edificio; tan grande es la tela patria que, extendida, cubriría a muchas de las plazas públicas de Europa. Allá en lo alto nadie puede perderla de vista y su sombra a todos cobija. Cual pirámide estilizada, el mástil ofrece a los ciudadanos el símbolo de un sacrificio perenne: sangre y corazón mexicanos tejidos con hilos de historia”.
La presencia fuerte del nacionalismo durante septiembre, “el mes patrio”, en la experiencia cultural y política mexicana, como un resultado derivado, entre otros factores, de su revolución de 1910-17, de las gestas y mitos de Pancho Villa y Emiliano Zapata, pero también del muralismo de José Clemente Orozco y Diego Rivera, de la “raza cósmica” de Vasconcelos, del Cardenismo y de décadas de nacionalismo oficialista del PRI, queda plasmada también en las cartas de Ángel Blas. Su narración explora, aludiendo a “Los altares de muertos” con que se festeja el Día de los Muertos el 1º. de noviembre, otras fuentes del sentimiento nacional mexicano, más ancladas en las tradiciones religiosas precolombinas y mestizas: “Puerta entre la vida y la muerte, la tradición mexicana ha recurrido a su mejor saber hacer de sincretismo religioso: sabidurías prehispánicas y haceres cristianos”.
El relato sobre los “tianguis”, las tiendas y mercados populares en el D.F. aparece como una evidencia de la fortaleza de las tradiciones y culturas populares, como uno de los componentes más vitales de las culturas latinoamericanas, en la medida en que generan una valiosa experiencia de alteridad y de encuentro de diferentes temporalidades sociales y culturales: “Y es que estas zonas de abastos volátiles llamadas “tianguis” cumplen dos cometidos: uno funcional y otro comunitario. Cuando te trasladas por la Ciudad de México te das cuenta de que, inevitablemente, un mercado callejero te engulle y te vomita al circuito de nuevo con la oportunidad de haber satisfecho una necesidad, pero también de sentirse en un pedazo de comunidad. Se convierten, al fin, en espacios de descanso físico y psicológico en el tránsito cotidiano”.
En las comunicaciones de Alfonso a Ángel Blas, tal vez por la inexistencia en Colombia de una cultura nacional tan exuberante como la mexicana, en un país marcadamente católico-conservador, con sus tradiciones y poblaciones indígenas históricamente aplastadas y asimiladas y sin la monumentalidad precolombina de aztecas y mayas,  aparecen otro tipo de fenómenos y observaciones.
Las cartas de Alfonso Rubio, escritas en los años de gobierno de Álvaro Uribe Vélez, con su política contrainsurgente de la “seguridad democrática”, testimonian los procesos de construcción del “enemigo” y de definición discursiva de los supuestos o reales culpables de la crisis humanitaria colombiana, desde la retórica presidencial: “No sé, tal vez el Presidente Uribe, cuya popularidad ciertamente va en aumento, ha cumplido con su promesa de mejorar la seguridad del país, pero su habilidad y capacidad política han convencido a los colombianos de que el único enemigo son las Farc y que él puede exterminarlos. Con las Farc  […] se justifican desaciertos en todo lo demás: el tratamiento a desplazados, a las víctimas, a la concentración de tierras, al enriquecimiento fácil e inescrupuloso, lícito e ilícito, y al manejo de la infraestructura y los recursos públicos. Para ocultar todo eso ahí están las Farc”.
En ausencia en Colombia de un rico nacionalismo producto de la historia y de dinámicos movimientos culturales (sin olvidar los riesgos autoritarios y de manipulación de todos los nacionalismos, incluido el del PRI mexicano), se impuso en los años de Uribe Vélez (2002-2010) un nacionalismo de la “seguridad democrática”, de popularización del uso de manillas con los colores de la bandera, de campañas propagandísticas de protección de los viajeros con convoys militares en las carreteras bajo el lema “Vive Colombia, viaja por ella”, todo ello articulado a un curioso “nacionalismo antifariano” y a una pedagogía del odio contra las FARC, que dejó un legado afectivo muy problemático que funciona hoy, en 2016, como uno de los obstáculos subjetivos más fuertes para el éxito del proceso de paz con las FARC y la reconciliación entre los colombianos. Ese nacionalismo políticamente fabricado, muy peligroso por la carga de odio y de propaganda y manipulación informativa de la opinión, es abordado críticamente por Alfonso en las líneas arriba citadas.
En un país donde la celebración de la Independencia  no funciona en su capacidad de generar un fuerte sentimiento de orgullo nacional y de la colombianidad y mucho menos una eclosión del fervor popular patrio, y donde los sentidos de pertenencia a las regiones a veces son más fuertes que el sentimiento de identidad nacional, algunas de las cartas de Alfonso Rubio se refieren a esas identidades regionales, muchas veces en pugna con otras regiones o con la identidad centralista capitalina de Bogotá. Sobre los antioqueños o “los paisas”, nos dice que “han tejido unas solidarias redes laborales donde es difícil dar cabida a quien no es de la tierruca […]  Aburraes o paisas, ciertamente, las gentes de Medellín son una tribu muy cerrada, un pueblito, eso sí, un pueblito orgulloso”.
Junto a la intención crítica de develamiento de la violencia y el miedo, las injusticias económicas y las perversiones políticas, y junto al reconocimiento del valor de las culturas populares y de las expresiones comunitarias, las cartas de Ángel Blas Rodríguez y Alfonso Rubio exploran también desde la esperanza posibles alternativas, como cuando Ángel Blas le dice a Alfonso: “Es evidente que la violencia social y la política es una enfermedad sobradamente diagnosticada, y la clase dirigente de estos países actúa como el virus más virulento. ¿Es que no hay terapia que lo cure? Yo me apunto a la que dice un buen amigo mexicano, Emilio: la solución pasa por un ‘libro de estilo’ de obligado cumplimiento para todos los políticos, a lo que acto seguido añade: ‘o mandarlos a todos a la chingada’. Un manual que ponga rumbo a las expectativas de bienestar, justicia e igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Un libro de estilo inspirado en las  voces personales y anónimas surgidas de la sociedad civil, escrito con palabras de concordia pero también de fuego y llanto como las de tu Ovilpia Gutiérrez y encuadernado con un espíritu ciudadano más reivindicativo y crítico. Un manual confeccionado con los testimonios del pasado y las esperanzas del porvenir”.
[…]
“La corrupción y la desigualdad social […]  Las dos grandes lacras de América Latina. Dos venenos que gangrenan la convivencia social, dos excavadoras sucias y altamente contaminantes que han abierto grandes zanjas que inmovilizan el desarrollo económico del país y sus familias, la educación, la justicia, la igualdad de oportunidades… No pierdo la esperanza de que algún día sabrán acabar con ellas”.
Disfruten pues, amigos lectores, estas cartas exploratorias  de la historia, la cultura y la política en dos sociedades de nuestra compleja, convulsa  y al mismo tiempo fascinante América Latina.


Autores: Ángel Blas Rodríguez y Alfonso Rubio

Editorial: La Zonámbula, 2016

20160511

Poemas de Diego Camacho



Tus ojos


¡Cierra ya esos ojos de misterio!

Que han de encerrar un alma rebelde.


Y aleja esa mirada seductora

Que profunda; me hipnotiza a sumergirme en tus pupilas,

Y descarada; me ha robado el sueño de esta noche.


¿Serán faros en las noches de mi alma?

¿O solo anzuelos a corazones perdidos?

Que en la ingenuidad… han de buscar tu belleza.


Cierra ya esos ojos, me he perdido de solo verlos.

Cierra ya esos ojos, ¡te advierto! No encontrare la salida.

Ciérralos ya, o te amare toda mi vida.





Para amarte de algún modo

Siempre te quise a mi lado

Y siempre lo hare aun si no debo tenerte

Siempre quise besar tus labios

Sentir tu mirada, abrazarte fuerte.


Pero una cosa es lo que quiero

Y otra diferente es lo que amo

Porque aun cuando anhelo tenerte

Es tu felicidad la que me ha enamorado.


Así que mientras seas feliz

Permaneceré como un recuerdo.


Prometo apartarme sin irme

Alejarme de ti, sin olvidar que existes.


Esperando en el silencio

Ofreciéndotelo todo

Esperando en el silencio

Para amarte de algún modo.


Regresando solo en tu dolor

Para apartar los males.


Por qué el amor nunca fue sobre posesión

Ni siquiera es la simple compañía

Sino procurar tu felicidad

Aun a costa de la mía.




De soltarte

He de soltar tus amarras

Dejarte a la merced del viento

No poseer como he poseído

Y amarte por un momento.


Admirar cada tarde el ocaso

En el horizonte de un mar incierto

Extrañar en la orilla tu abrazo

Y confiar en que aun sigues al viento.


Navegaras en la turbulencia

O sentirás la brisa rosando tu piel

Conocerás el poder en tu fuerza

Y también la fragilidad en tu ser.


He de hacer de mis letras un faro

He de hacer de mis brazos un puerto

Esperar que regrese tu barco

Añorando con ansias tú encuentro.

20160207

Poema de Antonio López Mijares

cómo pretende el idiota que lo llama “yo”
comprender a sus innumerables quiénes?
E.E. Cummings
(trad. Isabel Fraire)


quién

quiénes   quién    
bosque de voces  centelleo de disonancias 

memoria  imprecisa  imperiosa
rota y recompuesta  alzada en intrincados meandros de agua quebradiza

familiaridad oblicua con un lenguaje  un rostro  
al espejo nace
quieta  incierta  arrebatada
labra deshace cuencas  boca  rictus 
memoria: batahola en la caja craneal

tedio delirio desolación deseo
                    eres la novela inacabable


(…)
peso no de morir,
de no decir…
y empeñarse
en esto: desear decir  
quién
quiénes
soy   tinta  —byte espejeo

y compra la misericordia
no de acabar
de no saber
quién  quiénes   


decirlo destella insumiso en la música de acordarse

20160117

Envida

“La vida está rodando por la pendiente del bosque”
Hugo Gutiérrez Vega


La vida se detiene en un claro del bosque.
Todo el verde se hace silencio
para mirarla con la quietud que se merece.
No hay cielo
ni una mirada mínima de Dios.
El bosque es un ojo que mira,
que calla luz,
que engulle noches,
que se embosca en su sí.

La vida está rodando en el bosque
y no la vemos.
Nuestra vida está rodando en la vida
y no la vemos.

Jorge Orendáin
Enero, 2016


*


Cajón de horas


Un cajón para que Dios guarde la hora.
Alicia Robles


En un cajón de mi armario
guardo todas las palabras que de la infancia dije.
En ese cajón
habita aún una esperanza que destrozada vive
cada vez que la recuerdo.

Desde hace varios años
ese cajón permanece cerrado por miedo a descubrir
todas las horas reunidas que perdí
mientras me distraía descifrando la mirada de Dios.

Hoy quiero abrirlo, pero tengo miedo de encontrar
un regaño de mi padre
y un caricia perdida de mi madre.


Jorge Orendáin
Enero, 2016
http://www.informador.com.mx/cultura/2016/638694/6/el-poeta-pasa-pero-su-voz-queda.htm

http://todoennoticia.com.mx/occidente-municipios-jalisco/cerda-martha-mientras-agonizas-la-zonambula-2020/