20110130

Sueños imperfectos
Roberto Ascencio

Nació en Ayotlán, Jalisco, en 1971. Estudió contaduría pública en la Universidad de Guadalajara y fue miembro del taller literario de Luis Patiño Téllez. Cursó el Diplomado en Creación Literaria en la escuela de escritores de la Sogem de Guadalajara. Actualmente participa en el taller de narrativa que imparte Mario Heredia.

Pausa Poética- Catálogo- Yolanda Ramírez Míchel



JACINTA
Yolanda Ramírez Míchel
(Morelia, Michoacán, 1965) reside en Guadalajara desde 1968. Es apasionada promotora de la lectura, maestra de literatura y español en varias instituciones educativas. Imparte talleres y cursos tanto en preparatorias como en la SOGEM. Ha participado en programas de radio y televisión como invitada y conductora. Sus cuentos, poemas y artículos aparecen en varias revistas nacionales e internacionales. Cuenta con artículos sobre promoción lectora e imparte conferencias en la Universidad de Guadalajara, en la Feria Internacional del Libro, en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, así como en diversos foros educativos. Dedicó su primer trabajo formal a los jóvenes y niños con la obra El gran niño, electrones de un sueño(Editorial El Viaje [2005] y Editorial Progreso [2008]) Una muestra de sus poemas aparece en la antología Mariposario.
LA OPORTUNIDAD Y OTROS RELATOS
Marco Aurelio Larios López (Guadalajara, Jalisco, México, 1959) es doctor en filosofía por la Universidad de Viena, Austria. Profesor investigador de la Universidad de Guadalajara. Obtuvo el Premio Nacional para Primera Novela Juan Rulfo 1998, otorgado por el INBA y el gobierno de Tlaxcala con El cangrego de Beethoven (FCE, 2002). Es autor del libro de cuentos La música y otras razones para contar (EDUG, 1994, 1997, 2000 y 2003) y del diverimento verbal Erato. Ars amatoria en Guadalajara (Arlequín 1998, 2003). Y es Académico de lo Ficticio.





La Zonámbula es un proyecto editorial independiente que surge con la finalidad de publicar obra literaria (poesía, cuento, novela), tanto de escritores con trayectoria como de nuevos autores, principalmente del estado de Jalisco.





20110129

Zonambulantes

Rueda de casino
Por Carmina Nahuatlato Frías


Había inventado mi propio reloj, y movía sus manecillas conforme se me antojaban las horas. Era la matrona de mi tiempo y de mi decisión con quien bailar. Acostumbrada al silencio de mi recibidor, a mi cena ligera mientras veía el noticiero nocturno y apagar la luz cuando me despertaba el libro que caía de mis manos al quedarme dormida.
Por la mañana, el espejo escondido tras el vapor de mi ducha caliente, siempre al pendiente de un único reflejo, el mío, recibía una a una mis cremas y mis utensilios de maquillaje. Acepto que tal vez era mala para las matemáticas porque sólo contaba hasta el uno, no sabía dividir y mucho menos restar.
Tampoco cocinaba para dos y mi costumbre de dormir en diagonal en mi cama king size se ha enderezado porque llegó él.
He tenido que cambiar mis utensilios de cocina, contratar un servicio de cable que incluyera toda la gama de canales de deportes y aprender a sumar. Y todo por una canción de salsa.

La noche que lo conocí, mis pies se detuvieron frente al local atiborrado de palmeras y foquitos enredados en sus troncos. Desde ahí se escuchaba perfecto, el estridente sonido de las trompetas y los timbales invitando a todo mundo a bailar. Mis amigas por supuesto no resistieron y apenas nos asignaron mesa, se dirigieron a la pista sin esperar por . Entonces, él se acercó con esa sonrisa perfecta y me invitó a bailar.
Nuestros pasos torpes, poco a poco fueron delineando una perfecta sintonía en la pista de baile. Cinco canciones después, con una caballerosidad ahora en tiempos de extinción, me condujo a mi lugar y yo no pude resistir invitarlo a tomar algo. Para cuando el mojito había desaparecido en nuestros labios, la complicidad se había adueñado de nosotros y sin palabras nos paramos a bailar.
Cada viernes salía a bailar con mis amigas, ahora la costumbre, por razones que me niego a reconocer, era asistir sin falta al eterno Casino Tropical. Él y yo, ya no sólo bailábamos los viernes: las fiestas esporádicas de los sábados fueron buen pretexto para conocernos más, o al menos un beneficio para no llegar sola sin saber de qué o quién platicar. Luego de las fiestas, sobrevinieron las salidas al cine, el tomarnos de la mano, dormir en mi departamento o en el suyo.

Una noche de lluvia, ya no se marchó de mi departamento. Desde entonces estamos juntos y la silla de al lado está siempre ocupada. Mi celular que antes recibía mensajes melosos, ahora recibe un insistente “en dónde estás”. Mi escondite personal ahora es de los dos: él recorre los pasillos con una soltura que parecieran suyos, me encuentra bajo las sábanas y cuando menos lo imagino ya me he dejado atrapar por sus caderas.
A veces siento que me molesta tanta sutileza en su manera de tratarme. Sabe que mi día más que en la ducha, comienza en el espejo y siempre se retira de él cuando llego con mi batallón de frascos. Por alguna razón que todavía no entiendo, en cualquier lugar público me retiene de la cintura y si insisto separarme, me toma de la mano. Tal es su insistencia de tenerme cerca, que ya nunca camino a la orilla de la banqueta.
Llegar a los salones de baile tampoco es lo mismo. Estoy tan acoplada a él, que bailar casi ha perdido su aventura, después de cada vuelta que al regresar me encontraré con el mismo rostro, su sonrisa perfecta y mi libertad atrapada en una pista de baile.

Fue la primera vez que vistamos “Al son de la rumba”, cuando sentí que ya no tenía ganas de seguir con el mismo son de dos. El lugar casi era del estilo de todos: palmeras, mojitos…lo único diferente era el show. Cerca de la media noche, el cantante de la orquesta pidió se desocupara la pista de baile.
Despampanantes, aparecieron tras las cortinas estampadas de notas musicales, cuatro parejas. Ellas, con su atuendo de top y minifalda. A ellos que vestían sólo pantalones blancos de manta, podía contarles cada uno de los rectángulos que se formaban en su torso. Entonces, entre los ocho comenzaron a bailar una especie de orgía salsera. Las mujeres bailaban con uno y de sutil manera cambiaban de pareja: era la llamada rueda de casino. Para cuando la canción había terminado, todas habían bailado con todos ¡y los ocho felices! Yo en cambio estaba angustiada en mi asiento. Él había sido mi única pareja en todos estos meses, ¡la única! ¿la última? ¿para siempre?
Menos mal, que existe la rueda de casino —pienso, mientras el cubano de exquisito trasero extiende su mano hacia y yo le correspondo.

20110125

Anécdota de un desempleado

Por Andres Amezcua
Aceptaría cualquier cosa si fuera por las tardes, por $800.00 pesos semanales, de 14:00-21:30 pa' poder alcanzar mi camión. Hoy sin embargo no parece un buen día para encontrar algo así, estos tiempos no están para ponerse los moños. A la Secretaría del Trabajo, llegan en parvadas los esperanzados y desesperados, esas calorías excedentes del Estado. Los hay de todo tipo: rufianes tatuados intentando redimir su haraganería aceptando las jornadas largas que ofrecen las maquiladoras por un mísero sueldo; también están (y son la mayoría) los que en neolengua se conocen como los malbienvestidos, son esos tipos con plastas de gel en sus negros cabellos, morenos y con su ropa de vestir barata, que entran a la oficina timoratos, volteando a todos lados, llenos con miles de preguntas, con sus documentos bajo el brazo, esperando que les digan que formulario llenar. Estos buscan un trabajo más o menos decente: ya sea como vendedores de piso, ejecutivos telefónicos, mensajeros, promotores financieros, recepcionistas, call centers, guardias de seguridad... Finalmente, aparecen esporádicamente los profesionistas, se les puede reconocer por su mejor sentido de la moda y su cara de desesperación que refleja la angustía de aquel que piensa en la inutilidad de haber dedicado los mejores años de su vida al estudio. Arriban esperanzados a encotrar un trabajo que sea relativo a la práctica de su profesión. Sin embargo, a pesar de existir estas pequeñas diferencias entre los que llegan a la Secretaría, al final ninguno se diferencia en nada. Todos ellos se amontonan en la oficina a la espera de un pedazo de carne o, al menos, carroñear lo que no quisieron los otros. Y es que por mucha esperanza que uno pueda tener, lo único que te puede ofrecer la Secretaría son sólo restos hechos anuncios, folletos, boletines, suplementos semanales de empleo:



¿Buscas Trbajo? SAM'S REVOLUCIÓN Tenemos un empleo
para ti
Control de Acceso
Chenson: -Hombres y mujeres EMPLEO PARA TI
Ejecutivo deVentas -Secundaria terminada
¡Contratación inmediata! Guardias
Supervisor de Cambaceo -Sueldo competente de
-Prestaciones mayores a las de ley Seguridad
MONTACARGUISTA - Disponibilidad de horario
Inmediata
Ayudantes Generales Pavón No. 156, López Cotilla, Tel. 33456052/53

¡Empleo para TI! ¡empleo para ti! ¡EMPLEO PARA TI! Contratación
Inmediata
Operadores telefónicos ¿Quieres trabajar? Empleo para
CONTRATACIÓN TI
INMEDIATA

GOBIERNO FEDERAL

Sí, ahora estaba seguro, no sería un buen día. Finalmente fue mi turno, después de estar dos horas sentado esperando la vocalización de mi nombre. Me atendió un empleado de unos 50 años, no levantó la vista para mirarme, tomó la hoja con mis datos y depués de una pausa me preguntó si sólo tenía cuatro meses de experiencia en el puesto que solicitaba; le dije que sí, pero que de todos modos había trabajado en otros lugares en el mismo puesto. Con aire de enfado me explicó que la experiencia valía por todos los trabajos que había tenido y que debí haber sumado todos los meses o años en total de experiencia en ese puesto. Pasarón algunos minutos hasta que finalmente rompio el silencio y me advirtió que no había ninguna plaza por la tarde, le dije que ningún empleo cumplía mis expectativas. Un tanto indiferente, me respondió que era eso o nada. Desanimado tome mi mochila, me levante y le dije gracias. Casi triste, salí de la oficina, un sol resplandeciente me besó la frente, caminaba lento, arrastrando los pies, atrás de mí se alejaba el Hospicio Cabañas bajo un orgulloso cielo azul. Tras cada paso me arrepentía de no haber aceptado ese trabajo de cajero de supermercado por las mañanas.

20110104

Praderas silenciosas





Autor: Álvaro Luquín

Me hundo en la tarde
entre pájaros heridos por el sol-

Observo cómo se extingue la incandescencia
y muere un niño en el regazo de su madre.

El sueño es tan lúcido
que me elevo entre su muerte.

El autor.

Nacido el 21 de Mayo de 1984. Estudió Artes Cinematográficas. Está incluido en las antologías Poesía Joven de Jalisco (Secretaría de Cultura) y 20 de 20: 20 poetas mayores  o con trayectoria escogen a 20 jóvenes (Conaculta Milenio). Praderas silenciosas es su primer libro.



-Autores en la Red-


"Expulsado de la humanidad": El Informador.
http://www.informador.com.mx/cultura/2013/441918/6/alvaro-luquin-expulsado-de-la-humanidad.htm"

20110101

Pausa Poética- Catálogo- Ricardo Yañez





Ricardo Yáñez nació en Guadalajara, Jalisco, en 1948, estudió Letras en la Universidad de Guadalajara y se ha dedicado principalmente al periodismo y la enseñanza. Ni lo que digo, Dejar de ser, Antes del habla, Divertimentos, Vado, Prosaísmos, Si la llama, Estrella oída y El alfabeto en la neblina son algunos de sus libros. Ha sido miembro del Sistema Nacional de Creadores. Actualmente trabaja en La Jornada Semanal.

20101223

La oportunidad y otros relatos

Por Andres Amezcua

En esta serie de relatos de Marco Aurelio Larios el eje central es la ciudad de Guadalajara. Ella es el testigo único que observa inmutable cada uno de los acontecimientos que suceden a los personajes. Ellos se mueven escurridizos por sus parques, sus plazas comerciales, sus mercados; sin darse nunca cuenta de su vigilancia. Creen engañar y se engañan al final ellos mismos. Son cuentos impregnados de un atisbo de sensualidad, sexo y traiciones. Y sin embargo, más allá de esto, lo que al lector más le atraerá es ese constante personaje llamado Guadalajara, la perla de occidente.

A lo largo de la lectura, es inevitable no imaginarse a cada uno de estos seres anónimos por el parque Revolución, por el Agua Azul, por plaza México, por el mercado Corona. Sólo por esto, sin dejar de considerar su prosa, los relatos de Marco Aurelio Larios resultan ya placenteros. La identificación es uno de los efectos que logra toda buena literatura y es ahí donde más acierta nuestro autor. No basta un buen uso formal y poético de las palabras, sino que es necesaria siempre una historia que haga que el lector se sienta plenamente identificado con ella. Y es en este sentido, donde nuestra Guadalajara se erige como la ciudad más bella del mundo en donde se pueda vivir. ¿Y por qué no creer esto? La fama y la belleza de las ciudades se basan también en que ellas han sido muchas veces el leit motiv de la literatura universal. Es tal la identificación que perderemos la conciencia de la ficción y llegaremos a un punto donde no sabemos si tales hechos son reales o meramente ocurrencias del autor. Él mismo juega con este efecto, y al final, por si alguna duda nos queda, nos deja unas direcciones de correos electrónicos para contactarnos con los protagonistas de cada una de las historias. ¿Realidad o ficción? Nosotros tendremos la última palabra.

Marco Aurelio Larios (Guadalajara México, 1959) es Doctor en Filosofía por la Universidad de Viena, Austria. Como académico actualmente es profesor investigador en el Departamento de Estudios Literarios e imparte cátedra en la carrera de Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara. Ha impartido cursos de literatura en la Universidad de Viena, Austria; en la Universidad de Rennes, Francia; y en la Universidad de Zagreb, Croacia. Como escritor obtuvo el Premio Nacional para Primera Novela Juan Rulfo 1998, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y el gobierno de Tlaxcala con El cangrejo de Beethoven (Fondo de Cultura Económica, 2002). Autor de los libros La música y otras razones para contar(Editorial de la Universidad de Guadalajara, 1994) Erato. Ars amatoria en Guadalajara (Arlequín, 1998) y La oportunidad y otros relatos (La Zonámbula, 2007). Y es Académico de lo Ficticio.

20101117

Una probadita del libro que se viene: Versos dicen

En un artículo publicado en el diario La Jornada titulado Isocronías, el poeta jalisciense Ricardo Yañez nos da una probadita de su próximo libro, el cual La Zonámbula se encargará de editar. Aquí la nota.


Isocronías

Adelanto algo atrasado

Ricardo Yáñez
E

l mes de muertos no ha concluido, pero su día ya pasó. He ahí el atraso. Incluyo aquí, con el intermedio de la voz poética de un muerto en vida –¿yo mismo?– o casi, la ofrenda en sendos sonetos a mis padres, fallecidos hace ya tanto tiempo. Los textos que a continuación presento forman parte deVersos dicen, libro que si los tiempos nos son propicios los editores de La Zonámbula sacarán a la luz a finales de este mes. He ahí el adelanto. El ancho de esta columna no conviene al formato tradicional de la composición estrófica; optamos entonces por la horizontalidad dividida mediante diagonales, heterodoxamente señalando con tres de ellas, a más del punto y aparte, el final de los dos primeros textos.

¿Cómo nombrarla sin decir su nombre,/ Elvira, Elvira López? En el canto/ que le oímos cantar, tan ni quebranto/ ni exultación, nomás… Nada que asombre// y sin embargo queda por renombre:/ Elvira era cantar. López Estrada/ Elvira era cantar enamorada/ un no construir, más bien como un descombre.// Un ir quitando cosas, no poniendo;/ un ir quitando estorbos, decidiendo/ que nada es lo mejor, mejor que todo,// que si todo se tiene ya no hay modo/ de dar con nada más. Mejor quitar./ Todo se quita, fácil, al cantar.///

De cierto soy un muerto, y desearía/ ciertamente vivir, vivir espero,/ y ha de venir la hora, Dios primero,/ en que a vivir me lance la alegría// con que crece el frijol y la sandía/ rastrera agradecida pone esmero/ en desde el dulce suelo sol beber,/ y vendrá como quiero, sin querer.// Muertes hace que espero esperanzado,/ siento que ha de venir de un de repente/ a sonreír lo mucho caminado// desde hace tanto tiempo… Fatigado,/ muerto de no vivir, mi voz ausente,/ ¿miro abrirse el murmurio de esa fuente?///

Si yo supiera lo que fue diría/ lo que fue, pero ignoro lo que fuera./ Era mi padre, sí, ¿pero quién era?/ Era, estando tan cerca, lejanía.// Sé cómo se llamaba. Respondía/ al nombre de Manuel Yáñez Escoto/ y era bien parecido. Alguna foto/ ya perdida me dijo esa alegría.// Corría en bicicleta y de albañil/ anduvo, y mucho más de tracalero/ honestamente supo hacer dinero// y, cierto, de la calle era candil/ y oscuridad en casa, o eso pienso…/ Llama y vacío fue, que en mí condenso.


20101115

La Santa

LUCIO MASTRONARDI
Traducción al español: Andres Amezcua

Tenía molestias en un ojo. Me habían recomendado que fuera a que me lo revisara una mujer, que según decían, hacía milagros. La santa de Vigevano. Fui una tarde. La santa vivía en un edificio viejo en el valle de San Martino, uno de los barrios más viejos de la ciudad. Una mujer en la entrada me indicó, sin que le preguntara nada, el piso en el que habitaba la santa. Subí. A la escalera le faltaban algunos peldaños de madera, los cuales, para mi mala fortuna, ya estaban de por sí muy separados. Arribé a una galería adornada con un pasamano también hecho de madera que despedía un olor a marchito y entré en la única puerta que había. Ya en el interior, me encontré en una vieja y grande habitación llena de señoras. Cuadros de Cristo en todas las posiciones posibles colgaban en las paredes: cuando oraba, con el corazón en la mano, predicando, cuando hacía milagros, cuando salía el Calvario, muriendo, cuando resucitaba… Todas las paredes estaban llenas de aquellos cuadros que no dejaban ver siquiera los colores de los muros. La gente se sentaba en la sala esperando con paciencia su turno. Sobre la mesa había una caja de zapatos con un agujero en la tapa. La santa estaba sentada en el bordo de una cama plegable con el crucifijo en una mano y el rosario en la otra. Vestía una túnica de fraile, tenía una cara cachetona con ojos negros y vivos. Su cabello era corto y manchado, el cual se dividía en mitad al centro de la cabeza. Su voz era comunicativa y de habla dialectal.

Sentada frente a ella, una señora le contaba sus penurias. Su hijo estaba por meterse en un grave problema. Se había enamorado de una… mujerzuela. —Yo le he dicho: si te casas con ésa, te niego como hijo. Pero no entra en razón—. Decía la mujer, a quien comenzaban a llenársele los ojos de lágrimas. —¡Nosotros somos gente honrada, no quiero emparentarme con una mujer así!

La santa se levantó. Se tomó la cabeza con las manos. Una pariente suya pidió silencio —Intenta hablar con Jesús, repitió:

—¡Aquella mujer ha embrujado a tu hijo!

—¡No! —gritó la mujer.

La santa echó una mirada a los cuadros de su santo padre, como le llamaba ella.

—Pasaré toda la noche orando por ti y por tu hijo. Verás que mi santo padre me escuchará y deshará el embrujo.

—Espero que me haga este favor —dijo la mujer.

La santa le dio la imagen de un santo con una oración al reverso para que la dijera cuando su hijo estuviera en casa. La mujer sacó un portafolio y metió con cuidado la imagen en una de las bolsas. Antes de irse, introdujo en la caja de zapatos un billete de mil. Ya en la salida, le dijo a la santa:

—Si me hace el favor, yo la sabré recompensar.

—Mi santo padre no necesita nada —le contestó la santa, fiera, alzando la cruz.

Tocó el turno a otra señora. Cuando se sentó frente a la santa explotó en llanto. Entre lágrimas decía que su marido tenía una fábrica de zapatos junto con otro socio que se encargaba de venderlos.

—Sólo nosotros sabemos a dónde nos lleva aquel socio, los daños que nos ocasiona, el trabajo que perdemos a diario… Mi marido quiere separarse y él no está de acuerdo. Por esta situación mi esposo enloquece, pasa las noches enteras en vela, siempre con aquella preocupación fija en su mente.

—¿Qué quiere el socio para separarse? —preguntó la santa.

—Quiere la fábrica entera y el dinero. Quiere que le demos todo nuestro trabajo…

La santa se levantó, se movió a la otra parte de la cama y sacó del tocador un amuleto; repentinamente se desvaneció en el suelo.

—Silencio, está en crisis —murmuró la pariente que le ayudaba.

Por algunos minutos sólo se escuchó el ataque de hipo de la mujer que esperaba el diagnóstico.

La santa se recompuso y dijo:

—Denle todo aquello que pide. Desháganse de todo lo que tienen y comiencen desde cero tú y tu marido. La fábrica está maldita. Yo pediré a mi santo padre para que las cosas salgan bien.

La mujer se fue con un semblante dubitativo —qué mensa— se quejaba —ahora todas nuestras pertenencias quedarán tiradas a la suerte. Ni en sueños…

Fue el turno de una joven mujer. Se sentó ruborizada frente a la santa, miraba nerviosa a todos lados de la habitación, se notaba que se le caía la cara de vergüenza por tener que decir su problema delante de todos.

—Yo sé porqué has venido —dijo la santa mirándola fijamente —No logras salir embarazada, ¿verdad?

La joven mujer asintió.

—Hace ya tres años que mi esposo me lleva con uno y otro especialista — murmuró con voz cansada.

—¿Y aún es afectuoso contigo?

—Ya nunca me dice nada. Tiene una fábrica junto con su hermana, y cada que ella viene a visitarnos él se entusiasma como nunca por el simple hecho de ver a su sobrino. Siempre que quiero su atención me dice que ahora no, que tiene muchas cosas que hacer. Tanto esfuerzo para que al final le deje toda la fábrica al sobrino. Aún así, cuando salimos siempre hay alguien que dice: “qué bonita pareja”; si supieran que cuando regresamos a casa no tenemos ganas de vernos ni en pintura.

La mujer le hablaba en la oreja a la santa, pero la voz se escuchaba de todos modos fuerte. La santa le hizo que se recostara sobre la cama. Con las manos le oprimía el vientre, le hacía una cruz y al mismo tiempo murmuraba una oración.

—Espera el periodo de la luna llena —dijo—. Si no quedas embarazada después de esto, dile a tu marido que vaya a examinarse.

—¿En verdad? —preguntó exaltada la esposa.

La santa entrecerró los ojos y sonrió perspicazmente. En ese momento apareció, sostenida por dos señoras, una muchacha con las piernas paralizadas. La santa corrió a encontrarla y la abrazó. Dijo que había sido curada por ella y que por tal, le era muy apreciada aquella pobre alma. La cara de la muchacha se iluminó mientras las manos de la santa la sostenían.

—¿Hiciste lo que te dije? —preguntó la santa.

La mujer indicó que sí. —He hecho sólo una vuelta alrededor de la mesa. —Dijo.

La santa se sorprendió y después de un momento de silencio, gritó:

—Da rápido dos vueltas. ¡No la ayuden! ¡Adelante!

La pobrecilla se alzó y a duras penas logró agarrarse de la mesa. —¡No!—, le gritó la santa. La joven caminó con esfuerzo alrededor de la habitación, deteniéndose a cada paso y retomando de nuevo el camino. Después de una vuelta se desvaneció sobre una silla.

—Da otra vuelta —le reprendió la santa. La joven se alzó y retomó el camino, la santa estaba atrás de ella cercana, y le decía:

—Estoy aquí, ten fe. No toques la mesa, estoy aquí, estoy aquí, avanza, sin miedo; ves que tu puedes, vamos...

La joven dió tres vueltas y finalmente se sentó sobre el borde de la cama y exclamó:

—¡No me he cansado!

Una de las mujeres que la acompañaba dijo: —Aquí lo logra, pero en la casa no. Aquí están ustedes.

—¡No es cierto! —irrumpió la santa—. Yo no hice nada, es mi santo padre que está en todos lados y también en su casa.

Besó a la joven y le ordenó a las dos mujeres que la acompañaban que le diera tres vueltas alrededor de la mesa; y que después de tres días regresaran. Las mujeres se lo prometieron.

—¡Ahora vete! —gritó a la joven, que esforzándose por no apoyarse en la silla y en la mesa llegó a la salida.

La santa se sentía cansada. Pidió un vaso de agua, pero antes de beberla hizo el signo de la cruz como si fuera un conjuro.

Tocó el turno a otra mujer que tenía una pequeña fábrica. Ella se había peleado con una de las trabajadoras, y en el altercado la amenazó diciéndole que moriría cuando ella escuchara sonar una campana.

—Cuando suena una campana, basta una solamente, para que un miedo inexplicable se apodere de mí, es peor que un tormento —dijo la mujer —y las campanas nunca dejan de sonar...

—¿Despediste a la trabajadora?

—Sí, pero aquellas campanas, santa señora, aquellas campanas...

—Cuando escuches las campanas —dijo— esfuérzate en no pensar que suenan por aquélla.

La mujer movió bruscamente la cabeza. —Ya lo he probado —dijo—. Al inicio, nunca les hacía caso, ahora es un suplicio que inicia desde la mañana y continúa hasta la noche...

— Entonces, persígnate tres veces a cada campanazo —dijo la santa— con tres réquiems juntos.

Fue el turno de una anciana. Su hijo, según la anciana, era un diseñador y quería irse a trabajar al sur de África. Un señor rico de Vigevano había puesto una empresa allá, y el muy tonto quería ir a mostrar su oficio a los zulú. Quería firmar un contrato por diez años, ya que así haría mucho dinero allá y podría regresar a Vigevano a emprender algo grande, un bello negocio de zapatos. —¡Ayúdeme a convencerlo que no se vaya! —dijo la anciana triste y desesperada.

—Mándamelo aquí, le diré sólo cuatro palabras y le haré que se le vayan las ganas de irse —comentó segura la santa—. Lo espero mañana —finalizó.

Finalmente fue mi turno. Me senté delante de la santa.

—Tengo un ojo que me lagrimea —dije, indicando el ojo.

—¿Te chilla el ojo? — me pregunto la santa. Me tomó de la cabeza, me sopló el parpado y se persignó. De una caja sacó una fotografía de Jesús tamaño infantil y me la dio.

—Vela fijamente —indicó—. La miré.

—¿Ves una cruz en su frente?

—No.

—Yo sí. Sigue mirándola...

Las mujeres que estaban en la habitación comenzaron a rodearme, y en un abrir y cerrar de ojos, todas miraban la foto fijamente. Algunas dijeron que sentían un ligero olor a perfume que emanaba de la foto.

—¿Ves la cruz? —me volvió a preguntar la santa.

—Sí, ahora la veo. La santa me miró contenta.

—Yo soy una pobre mujer, sin estudios, sin nada; pero mi Señor me ilumina. Se los puedo mostrar a todos. Cuando una cosa no les vaya bien, o les afecte, hagan como han hecho ahora. Tomen una foto de Jesús y mírenla fijamente hasta que vean una cruz como la que han visto hoy.

La caja del dinero estaba llena, tanto que el mío no entraba. La pariente de la santa la sustituyó por otra. Mientras salía, ingresaba más gente. Y muchas más personas me encontré en las escaleras, en el pasillo y en la entrada del edificio. Mientras regresaba a casa, el ojo aún me chillaba, pero a cada rato era menos, hasta que finalmente no me chilló más.


Biografía del autor:

Lucio Mastronardi fue un autor italiano del boom económico, que nació el 28 de junio de 1930 en la provincia de Vigevano. Su obra más conocida es su trilogía vigentina: Il Calzolaio di Vigevano (1956), Il Maestro di Vigevano (Einaudi 1962), Il Meridionale di Vigevano (Einaudi 1964). El verismo, corriente italiana por antonamasia, y su visión crítica hacia el éxito económico italiano, que impregnan su obra, hizo que la crítica llegara a compararlo con Giovanni Verga. Se suidido un día de abril de 1979, su cuerpo fue encontrado por un pescador en las aguas del Ticino.

http://todoennoticia.com.mx/occidente-municipios-jalisco/cerda-martha-mientras-agonizas-la-zonambula-2020/