20121122

Reseña de Gerardo Cárdenas


En Guadalajara fue: de la disección del cuerpo

Gerardo Cárdenas


En la medicina forense, la disección del cuerpo es la mejor manera de saber el cómo y cuándo de un crimen. Por qué queda en manos de la pericia de los detectives. Al leer En Guadalajara fue (La Zonámbula, Guadalajara, México, 2012) de Febronio Zatarain, uno asiste a una disección forense, a una autopsia del cuerpo y la existencia. El recorrido por el cuerpo del protagonista nos da las pistas de cuándo, cómo y dónde elige su destino. Del lector, depende encontrar el porqué.
Subrayo elige su destino. En Miguel, el protagonista de la novela, no opera una inevitabilidad, ni mucho menos el sentido de una condena. Lo que opera es el dejarse llevar por el propio cuerpo hacia un rencuentro consigo mismo, un largamente pospuesto rencuentro.
Con su primera novela, Zatarain (1958) nos propone un descenso guiado al pozo de los sentidos, desde un inicio donde el protagonista, Miguel, un profesor de preparatoria casado y padre de un hijo, en Guadalajara, vive una vida aparentemente anodina, sin más sobresalto que los propios de toda relación matrimonial, hasta un final trepidante donde todas las certezas son arrojadas por la ventana.
Ante el cierre de la novela, el lector se puede plantear: ¿concluye o inicia el viaje de Miguel? Cualquiera de las dos vertientes es válida. El Miguel que había venido siendo a lo largo de las páginas talladas con fuerza y buen ritmo por Zatarain ha dejado de ser; el Miguel que quizás debió haber sido siempre, inicia su viaje.
La brevedad de la novela de Zatarain, menos de 90 páginas, es engañosa. Es preciso leer con cuidado y volver sobre la marcha: la historia de Miguel tiene tres vertientes, y a cada una pertenece una voz narrativa. La narración en tercera persona describe el mundo de Miguel, los giros del tiempo y de los hechos, el mapa de sus relaciones personales. La narración en primera persona nos presenta a Miguel enfrentado a sus contradicciones y deseos, a sus responsabilidades y evasiones; es la narración en segunda persona, el tributo que quizás Zatarain rinde a Carlos Fuentes, la que constituye el hilo que nos conduce por el laberinto interior de Miguel, la que nos lleva a desenredar, a desmadejar esa posibilidad que, siendo impensada en las primeras páginas, va apareciéndosenos paulatinamente conforme la narración avanza. Dicho de otra manera: observación, introspección y desprendimiento como claves de la reconstrucción forense.
El fuerte tono erótico de la novela puede ser también una trampa narrativa. Si nos quedamos en el análisis de lo inmediato, entonces En Guadalajara fue es una novela perteneciente a ese género. Pero si exigimos más de su lectura, entonces encontramos que el erotismo es un conducto, no un fin; el cuerpo es el envase de algo que va reconstruyéndose, rehaciéndose, desarmándose al tiempo que se restaura y adquiere una nueva cara.
El título de la novela remite a una canción. En la narrativa, la poesía y los performances de Zatarain la música es un referente constante, un leitmotiv y un recurso. El autor narra una historia, pero hay un doble plano interior: el de la historia que los personajes tejen, y el de la historia paralela que las canciones referidas por el escritor van contando.
Así, en la novela, saltamos de las canciones de El Personal, a las de Agustín Lara, José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel, e inclusive los Rolling Stones, Joan Manuel Serrat, Paco Ibáñez, Tatiana o Alaska. En la propia selección de canciones hay pistas, por seguir con el tema de la disección forense, que van revelando las claves de la progresiva transformación del protagonista, o de su rencuentro con la versión oculta de sí mismo.
Hay un elemento más que el lector debe tomar en cuenta en torno a En Guadalajara fue. La ciudad de Guadalajara es un personaje más, una entidad vida. Ambientada en la Guadalajara de la década de 1980, la novela describe las tensiones de una ciudad cambiante, cimbrada entre su tradicionalismo y los reclamos de una izquierda viva y activa, que está presente en los salones de clase, en las calles, en las conversaciones; una Guadalajara en proceso de cambio donde lo que fue ya no es, sino que cambia, tal y como cambia Miguel, a cuyo lado vamos recorriendo el laberinto.
Afincado en Chicago desde 1989, Zatarain ha publicado Faltas a la moral (cuentos y guiones) Desesperada intención y otros escritos (poemas en prosa), Y nos vinimos de mojados, (crónicas y en sayos, escrito con Raúl Dorantes), Prosario (incluido en Desarraigos), y En los Andes (incluido en En la 18 a la 1).
Gerardo Cárdenas, periodista y escritor mexicano. Es director editorial de la revista contratiempo. En 2011 publicó el libro de relatos A veces llovía en Chicago (Libros Magenta/Ediciones Vocesueltas), y es autor del blog semanal En la Ciudad de los Vientos.



20121119

Volver es una fuga. Funerales de Fresno de Mauricio Ramírez


Volver es una fuga. Funerales de Fresno
de Mauricio Ramírez

Jorge Orendáin

No sé si sea muy característico de los tapatíos que cuando conocemos a alguien le preguntemos en dónde vive. Ésta parecería una pregunta obvia en cualquier parte. Pero para mí, en este mundo tapatío la pregunta —o, mejor dicho, la respuesta— es muy significativa porque de alguna manera ya nos puede decir mucho de las personas. Desde luego, gran parte de estas interpretaciones que hace el tapatío que pregunta, está llena de prejuicios. Por ejemplo, si respondes que vives en colonias como Providencia, Chapalita, Ciudad del Sol, Lomas de Guevara, etc., más de alguno te puede juzgar de burgués, clasemediero, fresa, júnior, etc.; si respondes que vives en Valle Real, Puerta de Hierro, o Colinas de San Javier, podrán pensar de primera que eres empresario, narco, teco, legionario de Cristo, ratero de cuello blanco, nuevo rico, etc. Pero si respondes que vives en la colonia del Fresno, quizá se imaginarán que eres obrero, ferrocarrilero, menudero, árbitro de futbol llanero, narco de tiendita, bandolero, mariguano, grafitero, tornero, robacarros, travesti venido a menos, sepulturero, futbolista de medio pelo, albañil, chiva, bodeguero, bicicletero, trailero, chelero, toncho, darketo, pandillero... y un largo etcétera. Lo más seguro es que nadie te imagine como poeta, pintor, médico, actor, académico universitario, editor, ecologista, ingeniero, dentista, arquitecto, etcétera.
Así como se dice “dime con quién andas y te diré quién eres”, parece que el decir “dime dónde vives y te diré quién eres” tiene sus grados de verdad. Tengo la impresión de que vivir en la colonia del Fresno no da ningún prestigio; pero vivir en Santa Teresita o el Santuario, sí lo es. Desde luego, son múltiples las respuestas para explicarlo. Quizá con la ayuda de la historia tengamos una respuesta.
La del Fresno nació en la década de los treinta como una colonia industrial. Era la época del rompimiento, del inicio de la industrialización de México y del famoso desarrollo estabilizador. Por esos años se instalaron grandes fábricas a lo largo de la vía del tren y, posteriormente, se fue desarrollando como una colonia obrera y de pequeños talleres. Ahí vivían trabajadores, pero también torneros, carpinteros, plomeros y ebanistas. Algunos decires me comentan que se vivía bien en la del Fresno, a pesar de las fábricas y la vía del tren.
Hoy, como todos saben, la identidad de la colonia del Fresno es, entre otras, la delincuencia y el narcotráfico. Incluso sé que existe por ahí un narcocorrido y un grupo de rap que se hace llamar los hijos de la “Colombia del Fresno”. En una de sus letras dice: “Somos los dueños de Guanatos, Jalisco... listos para la border, tapatíos, orgullosamente de Guanatos, aztecas, casta de delincuentes...”
El problema de pandillas y drogas no es nuevo en esta colonia; hace como 20 años, la investigadora del ITESO, Rossana Reguillo, especialista en temas sobre violencia social, inició un estudio de campo sobre la “Banda Los Olivos” formada por 50 jóvenes. “Los Olivos mantenían una actividad no sólo de tomar cerveza y consumo de marihuana y tonsol, sino que también llegaba la gente a comprarles droga”. Para la investigadora, la diferencia en el Fresno es que hace dos décadas, entre las bandas había un pacto implícito en el que no se “tocaba” a los vecinos de la colonia. Pero eso ya no sucede.
Han sido varios los intentos para tratar de solucionar este problema social. Jorge Aristóteles Sandoval, junto con su administración, decidió actuar para contrarrestar la problemática llevando a la colonia el Programa Intervención por Objetivos (PIO), el cual ya antes había sido implementado en la colonia Santa Cecilia. En una nota informativa señalan que preveían invertir 21 millones 500 mil pesos para realizar actividades. Entre las promesas estaban la creación de espacios de convivencia, pavimentación, parques, la rehabilitación del mercado, reordenamiento del comercio ambulante, entrega de créditos a jefas de familia, aumentar el número de árboles, más patrullajes dirigidos a puntos de alto riesgo, fomento del deporte, desarrollo de habilidades artísticas, atención psicológica a niños y niñas, dotación de despensas, asesoría jurídica, entrega de útiles escolares, lentes, módulos de transvales, y más y más y mas promesas. Por ahora no tengo datos precisos de los resultados. Pero espero que al menos se cumpla el 50 por ciento de los juramentos que el ayuntamiento le hizo a los cerca de 22 mil habitantes que conforman esta colonia.
Desde niño conozco la colonia, pues mi padre tenía un negocio de distribución de productos lácteos en la calle Olmo esquina con Mezquite, lugar donde aún habitan algunos de mis familiares. Es verdad, no es una colonia de la que uno ande presumiendo. Al contrario. Hace como 20 años, en más de alguna ocasión me preguntaban que dónde vivía; mi respuesta era: “muy cerca de la glorieta de Niños Héroes”. Esto para evitar ser catalogado con los adjetivos que mencioné líneas antes. Hoy, luego de haber vivido en diversas zonas, muy diferentes entre sí, veo que ha sido uno de los mejores lugares donde he estado, pese a tantas cosas. Aunque es una colonia “amurallada”, sobre todo del lado norte, su ubicación me gusta porque te puedes mover en transporte urbano con cierta facilidad a diversos puntos de la ciudad. Eso sí, para usar la bicicleta no es tan recomendable, sobre todo si quieres entrar por Washington o por Mariano Otero.
En Guadalajara es ya legendaria la frase “De la Calzada para allá”, la cual resalta las diferencias sociales entre el oriente y poniente; pero, aunque en otras dimensiones, me parece más la diferencia que marca la vía del tren y las avenidas Washington y Mariano Otero. Para terminar de aislarla, el Tren Ligero puso el otro muro. Como alguien dijo, es “una colonia ajena al espacio público, y dueña, como ninguna otra, del espacio de nadie”.
Funerales de Fresno de Mauricio Ramírez es un buen libro porque refleja mucho la esencia de lo que es y ha sido esta colonia y sus habitantes. Sus personajes y sus muertes van dialogando con nosotros en primera persona. Estos “fresneros” nos hablan de sus dolores, esperanzas, alegrías, traiciones, pecados y demás. Me parece que Mauricio consiguió darles voz propia, asunto que no es fácil para lograr la verosimilitud. Pero al mismo tiempo, siento que todas esas voces reunidas son una sola: una voz que dibuja atmósferas diversas con tintes de tristezas, abandonos, desesperanzas Además, de alguna manera también se rescatan algunos ritos y ceremonias propias del barrio.
Por otra parte, me pareció acertado el lenguaje que Mauricio utiliza, pues lo siento cercano a la forma de hablar de la gente de este barrio.
Vale decir que estos poemas de Mauricio no son propiamente una memoria, pero sí un buen camino para tomarle el pulso a lo que es y ha sido Guadalajara.
No son tantos los poetas de Guadalajara que han dedicado libros enteros de poemas para hablar de algún barrio o colonia en particular. Por ahora recuerdo a Alejandro Zapa con Analco, Blas Roldán y Dora Moro con Providencia, Raúl Bañuelos con Santa Teresita. Otros autores han tocado el tema pero más enfocado a Guadalajara, como es el caso de Ramiro Lomelí.
Termino con un poema Mario Benedetti que para mí refleja mucho de lo que significa la colonia del Fresno cada vez que regreso, y que me parece a Mauricio le sucede lo mismo.

EL BARRIO

Volver al barrio siempre es una huida
casi como enfrentarse a dos espejos
uno que ve de cerca / otro de lejos
en la torpe memoria repetida

la infancia / la que fue / sigue perdida
no eran así los patios / son reflejos /
esos niños que juegan ya son viejos
y van con más cautela por la vida

el barrio tiene encanto y lluvia mansa
rieles para un tranvía que descansa
y no irrumpe en la noche ni madruga

si uno busca trocitos de pasado
tal vez se halle a sí mismo ensimismado /
volver al barrio siempre es una fuga



Capilla Elías Nandino,
ex Convento del Carmen,
7 de noviembre, 2012

20121009

Por Miguel Ángel Santos

Dios es más barato que la compasión, la borrachera o el desvelo, no hace falta más que ponerle unos centavos de horas y dejar que, como caballo o animal de feria, eche a andar y nos abrace en su santa paz. Mierdero perfecto cuando se nos entrega al olvido cualquier esperanza, padre todopoderoso de amor incondicional que nos redime al reconocernos como sus hijos; Dios es más barato que el ensueño y las fantasías, es la evasión de la responsabilidad, del dolor y el peso de nuestra miseria: está en todo lugar, todo lo ve y nada nos dice, las señales que nos envía luchan como pulsos rugientes en nuestro corazón o en nuestra alma inexistente. Es onanismo espiritual el llanto roto que le dirigimos en medio de la plegaria egoísta pegada a los labios tercos de pecador, es el camino, la verdad y la vida abrazada en medio de la paupérrima voluntad, del abandono. Por eso, recurro a ti ahora, me postro como huérfano en medio de la tempestad, con todo el dolor y el patetismo que me es posible, me arrastro en mi derrota hasta ti, me reconozco débil y pequeño y saco de mi bolsillo, a pesar de todo mi orgullo, unos centavos de horas para re emprender el viaje hacia tu misterio.

20121005


Una lágrima rodó por mi mejilla



Por David Ernesto Ulloa Rodríguez




Cuando esta guerra fría y triste cae sobre mí
voy hacia atrás buscando entre mis recuerdos
donde sólo encuentro una soledad disfrazada de ti
y me pregunto si aún vivo de algún sentimiento.

Mi pasado me encuentra solo entre tanta gente,
triste y perdido pero jamás derrotado,
mi presente me encuentra y me abraza muy fuerte
me dice no llores… le digo, no puedo.

Anoche lloré por temor al silencio
pero mi temor fue también por no callarme
porque siento miedo de no escuchar un te quiero
cuando no hago otra cosa que no sea pensarle.

Al recordarle trato de olvidar mis sentimientos
y suelo decir que a nadie quiero volver a amar
pero es tan fuerte esto que estoy sintiendo
que olvido que soy el capricho de su cruel vanidad.

Hoy me di cuenta que puedo volverme a enamorar
porque al pensarle una lagrima rodó por mi mejilla,
porque tengo la esperanza de poderle alcanzar,
porque sin este sentimiento mi corazón no palpitaría.

20120928

Recuerdo, Génesis Jezabel

Recuerdo


Génesis Jezabel



Escuchar la canción a la que le pusimos copyright sin derecho ni papeleo alguno; hojear las páginas del libro que cuenta la historia de un Bastián trepado en un Fújur; comer otra vez arroz con leche en esa tacita floreada de bordes maltratados por el descuido. Aferrarse al pasado, dicen, es dañino para la salud emocional. ¿Sí? Cazar nostalgias definitivamente puede resultar tan mortal como cazar cocodrilos, pero ¿es posible no recurrir diez mil veces al archivero y buscar inconscientemente en los días pasados, en los eventos que nos han hecho tomar forma de persona? Las memorias son las cuerdas que atan nuestra cabeza a la espiral del calendario. No hay modo de escapar de esos lazos, del recuerdo que salta ora para advertir peligro, ora para enchinarte la piel y ponerte ansioso.
Lo que ya pasó se vuelve un mecanismo de defensa que se relaciona mucho con el instinto más animal y más necesario de un hombre. “Una imprecisa inquietud despertaba en mi interior, como lo hace un pequeño dolor de muelas del que aún no sabe uno si procede de la parte izquierda o de la derecha, de la mandíbula inferior o de la superior.” Así describe Zweig a la sensación que nace del recuerdo olvidado, de las migajas que dejaste en tu cerebro después de haber intentado desaparecer la experiencia vivida. Puedes pretender tirar el pasado como si fuera posible, pero resulta una pérdida de tiempo porque siempre viene el mismo final: “Lo olvidado, como el pez en el anzuelo, resurge de un brinco de la fluida y oscura superficie, vivo y coleando.” Y muchas veces no es que nos dé miedo rencontrarnos con ese pez herido, es sólo que los viajes en el tiempo salen muy caros y las turbulencias son seguras.
A final de cuentas, lo que uno recuerda del recuerdo son los sentimientos. No importa tanto la acción, la compañía, el hecho mismo; lo que cala o reconforta es volverte a sentir como ahí, como “aquella vez”. Vendamos cada centímetro de la memoria con el afán de engañarla, de taparle los ojos y la boca con tal de que no nos cuente un chiste viejo y conocido. Y luego, cuando llega un día en el que un objeto o un aroma nos provocan ese dolor de muelas que menciona Zweig, queremos arrancar el vendaje cuanto antes. “Él no disponía más que de la magia del recuerdo, de aquella memoria incomparable que, en realidad, sólo había podido ejercitarse y formarse de aquella manera diabólicamente infalible por medio del eterno secreto de cualquier perfección: la concentración.” Nos enfocamos entonces en eso, en ser buenos enfermeros y en aprender a tener el control de nuestras gasas. Ponerlas y retirarlas a gusto, como si se tratara de una actitud voluntaria.
Pero vamos, si ni siquiera a nuestra curiosidad masoquista, que sabemos acabará convirtiéndose en una expedición por algún agujero negro y largo, controlamos. Nos hormiguea hasta el intestino con tal de cubrir nuestra necesidad básica de recordar. Y el remate ya todos lo conocemos: aun con las memorias más lindas, con la visita del tranquilo pasado; uno cae sin paracaídas y siente el débil aliento de lo que será una náusea aguda. Pero, ¿quién verdaderamente puede calificar esa sangre que baja veloz a los pies o esa tiritona de los huesos como algo bueno o malo? “Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.” (Cortázar) Como una bofetada repentina seguida de una paz adormecedora. ¿Será precisamente ese contraste lo que nos hace sentir hipnotizados por la nostalgia del recuerdo. 
Sufrir sentimientos contrarios despierta el interés en la persona porque significa violar completamente la afirmación Aristotélica, que aún sin saber sus orígenes y fundamentos, por “mero sentido común” defendemos. Básicamente se trata de que NADA puede ser una cosa y al mismo tiempo, en el mismo espacio y sentido ser algo diferente. O Ari olvidó a las memorias, o son éstas la excepción que valida su principio. Al narrar el momento pasado, nuestro presente se ve tocado por emociones que pueden ser opuestas y que no tienen que ver con la actual realidad. El famoso flashback burlón que te pone muy sonriente en un funeral o muy triste en el amor.
El caos de la mente, de un modo irónico, representa una estructura ordenada que hace permanecer al entendimiento vivo en la persona. Un laberinto que encierra en su interior al raciocinio y a la imaginación; reúne al bien y al mal en un solo lugar y encajona las emociones que se pelean por salir todas al mismo tiempo y sin filas indias. La mente es la contradicción más grande que hay y está siempre acompañándonos a todas partes, cargando sus maletas llenas de recuerdos llenos de información llena de sensibilidad.
En dos mentes no habrá nunca memorias iguales. El desorden que escondemos por miedo a que nos crean locos, todos lo tenemos. Un desorden que si bien la totalidad de la gente lo acomoda patas arriba, esas patas son completamente singulares y ni el que tienes al lado, adelante o debajo lo va a percibir como tú. Entonces, lo fascinante de los recuerdos no está solamente en el absurdo de los contrarios, sino que también se halla en lo inimitables que son. “Todo lo que es único resulta día a día más valioso en un mundo como el nuestro, que de manera irremediable se va volviendo cada vez más uniforme.”
Vivir el presente es cosa de recordar el pasado. Tenerle miedo, enojo, agradecimiento, amor o inquina a los días arrancados no está mal; es natural recurrir a ellos ya que justo ahí se gesta nuestra humanidad. La nostalgia va a exteriorizarse siempre, pidiendo a suspiros la añoranza de lo que está flotando en el agua. Aunque la mitad se halle debajo, siempre vas a poder sentir la otra fracción que se asoma en la superficie; y verla, ésa sí por completo. “Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.” (Cortázar).

20120924

Presentación de Martín Mérida acerca de Alfabeto del aire de Berumen


EL MOVIMIENTO REBELDE EN “ALFABETO DEL AIRE” DEL POETA JONATHAN BERUMEN.
                                                                       
Por Martín Mérida*


“¿Es nube todo, todo es hoja, viento?”

                                                                                                                                               O. Paz

Porque el viento es aire en movimiento rebelde-desbaratador de estatuarias, sólo el amor se le parece. ¿Acaso habría vida sin aire?.. Y, ¿sin amor que queda?.. No apresuremos las respuestas, mejor por el momento toquemos las puertas del aire y cuando lo experimentemos  sintámonos en  el amor.  Ahora, contemplemos como el aire  lo cambia todo a pesar de no tener color ni forma. Si, en efecto, en estos instantes de lo sin instantes del tiempo impuesto, podemos mirar nuestra nada y estructura de existencia es sostenida por el aire al menos mientras  nos experimentamos siendo árboles en un tiempo y espacio que no tendría por qué ser delimitado. Árboles en cuyas creaciones fue fundamental la intervención del viento. Pero, mejor, al menos ahora, dejémonos de preocupar por quienes no saben volar y, cuando nos cale el dolor o alegría o ambos sentimientos al mismo tiempo, como los niños, abramos las puertas del aire (que es uno de los árboles hospitalarios más gigantes vistos en y sobre la tierra) como bien lo sabe hacer el poeta Jonathan Berumen en su poemario “Alfabeto del aire.” Poemario cuya presentación, en este “Ágora del Ex Convento del Carmen” hoy nos reúne para ver las consecuencias de una relación amorosa y por amorosa, rebelde. ¡Qué Ágora éste tan en complot con el aire, pues en lugar de tratar asuntos mercantiles, nos vuelve asamblea para volar en poesía!

Siendo, pues, asamblea alada: en esta noche del  20 de septiembre de 2012, sintiendo nueva energía y movimiento, gracias al Alfabeto del aire, escuchemos como entra el ayer del poeta Jonathan Berumen junto a hojas donde se puede mirar esa realidad humana a quien el poeta no puede dejar de amar a pesar de su terca ausencia. Es doloroso ver como esa realidad le ha sacudió las ramas y ha desprendido la corteza del poeta y todas-todas las ramificaciones de ese otro árbol que fue. Con este aire haciéndonos el favor, podemos también darnos cuenta de hojas diferentes a ese tiempo de angustia, pues en estas otras maravillas en blanco miramos como el poeta ha encontrado la fórmula para que más allá de “lo tangente”  la realidad humana amada nunca más le abandone. Más allá de “lo tangente” y de las formas de normalización impuestas por el mundo; claro (porque la “normalización es “symbolic monstrosity” como bien dice Julia Kristeva en su Sense and Non-Sense  y para referirse a la estúpida normalización que nos impone el capitalismo). Sólo así, al filo de esas hojas el poeta abre las puertas del aire (donde  nos ha invitado a entrar y estamos acompañándolo). Miren, entonces, como vuelto ráfaga, el poeta entra junto a nosotros a un tiempo y espacio conformando el único alfabeto con el cual se puede escribir el nombre que revive el rostro más amado. Y, entonces, tanto poeta como la amada realidad humana se convierten en otra suerte de historia ya no efímera; pues, pese a todo, con su mano izquierda Jonathan sostiene el encuentro amoroso ahora no sólo recuerdo sino presencia (aunque les duela a los positivistas lógicos de seguir paseándose en la terquedad de que hay una sola realidad; postura pendeja con la que creen sostenerse en una malísima tontería) después de experimentar los laberintos de la nada.

“Del alfabeto la B
Así puedo nombrarnos
Mi apellido y tu nombre
en la brisa
en el saludo inicial
que marca la rotación del viento.”

Ahora, en esa rotación del viento el yo poético viaja junto a la realidad humana amada asumiendo las consecuencias de este acto transgresor. Acto de amor porque el amor es rebelde como el aire y el aire es amor; lo hemos por demás expresado. Acto-viaje contra la banalidad del mundo. Viaje donde también reaparecemos todos. Se trata de hojas en blanco para lo nuevo.

“Será el viento
nadie más
quien al final me cierre los ojos
me borre las lágrimas
y entregue mi cuerpo
a lo invisible.”

Gracias a la magia de la poesía, la persona amada por nuestro poeta, está brotando de este poemario sin importarnos  tanto su “tangencial” presencia  desgastándose en la cotidianidad mundanal (al menos así podemos testificar en lo expresado de contundente manera en este Alfabeto del aire de Jonathan), y es en estos rumbos donde la poesía ha recreado al hombre-poeta para volverle fiel acompañante, pues no podemos negar la amistad de la poesía debido a que, poco a poco hasta la realidad en apariencia dividida, no será más una carga que tanto había penetrado en la soledad del poeta.

“No sabes de tus ojos
el verde que pobló el invierno
de innumerables bosques
ni de aquel faro
que reveló el mar:
espejo entre nosotros.

No sabes de mis ojos
el color de las ramas
que se rompen
con tu recuerdo.”

Es cierto, en la división no cuántica de los espacios, tuvo cabida  la vacilación, el enojo,  el reproche y tantas otras programaciones impuestas por el logos. Pero, menos mal: cuando “el amor no es amado” (expresión, entrecomillada, y  tantas veces pronunciada por el poeta Francesco de Assisi) queda  la opción de abrir las puertas del aire para asumir la libertad del otro junto a la propia.

“Ahora que quieres hablar
me buscas
pero esa sabiduría que tuve de escuchar
hoy está repartida
en todos los sonidos del mundo.”


A estas alturas, por demás asombrosa, la realidad humana que es también el poeta Jonathan Berumen (como lo somos, por el viento, todos los asambleístas que estamos aquí volando) ya sin reproches, pronto nos muestra un tesoro que guarda bajo la almohada (un tesoro y no ratas como suelen encontrar los enemigos de quienes creen defender la vida). Se trata de dones sagrados surgidos de la relación con quien tanto ama. Dones a no derrumbarse mientras brille un sol más alto que el irremediablemente roto. ¿Cuál es ese tesoro?, pues el poeta en su “Alfabeto del aire” hace alusión a referentes de constatar grandiosa a la amada realidad humana: su nombre que sigue vivo en sus labios, el viento bufanda de sus brazos, el perfume carísimo que distingue su piel, su rostro que tiene la forma del aire, sus ojos donde ambos permanecen intactos; etcétera.  
Al final del poemario Alfabeto del aire, nos sabemos conscientes del noble triunfo del poeta quien, viéndolo desde la perspectiva poética (por supuesto) puso más en su amorosa relación. Y es en este final (el final siempre es principio de algo nuevo; al menos desde una existencial perspectiva filosófica) donde podemos encontrar resonancia con el poema “Epigrama” del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, como cuando dice: Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido: / yo porque tú eras lo que yo más amaba/ y tú porque yo era el que te amaba más.

______________________________
*Martín Mérida es poeta nacido en Motozintla de Mendoza, Chiapas. Y es filogenética y ontogenéticamente –y todo lo demás-- renacido en Guadalajara, Jalisco, como en el cosmos que todos consciente o inconscientemente compartimos. ¿Para qué decir más? 

20120703

Orquesta de visibilidad: la poesía de Laura Solórzano. Texto de Ángel Ortuño


Orquesta de visibilidad: la poesía de Laura Solórzano

Por Ángel Ortuño


Según lo refiere Francois Cheng en su libro sobre la escritura poética china, fueron los poetas de la época Tang quienes introdujeron en la poesía una noción procedente del taoísmo: la concepción de lo vacío y lo lleno. Las palabras llenas eran los verbos y los sustantivos; las palabras vacías, los pronombres, proposiciones, comparativos y partículas.
Para García Calvo, esta distinción corresponde a la que se establece entre “mundo en que se habla” y el “mundo de que se habla”. Ya Eduardo Milán ha señalado como rasgo sobresaliente de la poesía de Laura Solórzano “su buscada atematicidad”, lo cual ubicaría su escritura en el terreno del “mundo en que se habla”, con marcada preferencia por las palabras vacías y su condición de ser asemánticas, es decir, de no contribuir a la densidad del significado de los enunciados. Lo que acercaría su escritura, formal y estilísticamente, a los más arriesgados ejercicios de estilo de escritoras como Gertrude Stein. Esto tal vez merezca una digresión.
En el parágrafo 500 de su Tractatus Logico-Philosophicus, Ludwig Wittgenstein anota:

Cuando se dice que una oración no tiene sentido, no es que su sentido carezca de sentido sino que una combinación de palabras está siendo excluida del lenguaje, retirada de circulación.

A partir de esta cita, Marjorie Perloff señala que en la escritura de Gertrude Stein no hay una negativa a que las frases tengan sentido, ni siquiera “una predilección por lo insensato”. Lo que hay es un ejercicio donde “se prolongan implicaciones semánticas específicas que no suelen estar presentes en el discurso” de que se trate.
Tal es la exclusión que opera sistemáticamente a lo largo de todas las combinaciones de palabras que en Nervio náufrago son retiradas de la circulación, es decir desvinculadas de sus referencias paradigmáticas —marcadamente, las convenciones del lirismo— por medio de la operación sintagmática gracias a la cual tenemos oraciones gramaticalmente impecables, en un idioma que suponemos el nuestro pero que son formuladas en el momento mismo de apartarse de esa circulación informativa, desposeídas de apelaciones incluso a códigos simbólicos o retóricos que nos permitirían estabilizar aquello que leemos bajo el membrete inane de “poesía”:

La nación que navega sin el néctar, que inunda sin ahondar
que no surge, que no sale, que no sostiene el núcleo
porque no suelta la secuencia de servir y someter
su piedra preciosa al paso del narcótico
y pierde el norte.

Sin dejar de ser cierto, me parece que lo anterior admite matices. Particularmente en el caso de Nervio náufrago. Matices que ya señalara también Ricardo Castillo al prologar Un rosal para el señor K: “pronombres personales, verbos y sustantivos (aparecen) afectados por la variación o modificados al ampliar su campo semántico”. Más que una ampliación del campo semántico, propongo que la estrategia de escritura de Laura Solórzano en este libro se fundamenta en la circulación entre lo semántico y lo atemático (para recuperar los términos empleados tanto por Castillo como por Milán). La frontera entre las palabras vacías y las palabras llenas se vuelve lábil, de ahí el que una lectura superficial de la escritura de Laura pudiera acercarla al delirio verbal de la libre asociación surrealista. Lo que, a mi juicio, no es exactamente el caso. Los poemas que componen Nervio náufrago no son adivinanzas ni ejercicios de paráfrasis, tampoco mensajes cifrados del subconsciente para evadir la represión consciente. Eso sería —estamos de acuerdo— demasiado fácil. Y este poemario reivindica la orgullosa divisa de Lezama: sólo lo difícil es estimulante.
En una escritura tan radicalmente reacia a ser abducida por el discurso crítico-analítico lo más que se puede aventurar son conjeturas. Y, ¿por qué no comenzar por el principio? Empecemos, pues, por el título.
La palabra “nervio”, de acuerdo con sus acepciones consignadas por la RAE, puede interpretarse también como “el vigor de la razón”, asunto que no nos cuesta trabajo identificar, en términos de funciones del lenguaje, con la de comunicar y explicar; lo que se conoce como el componente informativo del lenguaje, donde las palabras y su orden son el vehículo para la transmisión de contenidos unívocos. Las palabras del discurso racional van, pues, llenas de significado (la convención más estrecha del lenguaje) para configurarse como sentido (acumulación no contradictoria de la relación de significados).
Pero este nervio es náufrago. Y la palabra se refiere a quien ha sufrido un naufragio, es decir que ha sufrido “pérdida o ruina de la embarcación”. El fragmento 2 del poema “(tierra)” lo formula a la manera de lo que Ricardo Castillo ha llamado “la duda, la interrogación orientada al conocimiento”:

¿Se puede preguntar a la poesía por la postura de la persona y amar la dinamita del desorden en la duela del párrafo?

La pulida duela donde cada fragmento se ensambla con sentido de orden y totalidad, el párrafo como construcción autosuficiente de sentido, es el lugar donde se escenifica el procedimiento de la escritura de Laura Solórzano. Y no está de más recordar que esta noción, procedimiento, es capital en el arte contemporáneo, incluso por encima de la anterior noción de obra considerada como un objeto de admiración terminado en sí mismo. El procedimiento de su escritura, decía antes de la digresión, que tiene estos elementos:

-la postura de la persona
-la dinamita del desorden
-la duela del párrafo

“La postura de la persona” remite al ineludible Yo lírico, esa construcción retórica a partir de la cual se enuncia el poema, predominante desde Arquíloco de Paros hasta la fecha.
“La dinamita del desorden” es una bella advocación de la Beatriz de Mallarmé, la destrucción; el descoyuntamiento sintáctico, la disolución semántica, la evaporación de lo sólido en el aire.
“La duela del párrafo” es un pulido vestigio de una noción de orden que la mera enunciación del poema nos muestra como ilusoria. Se supone que el párrafo delimita la expresión completa de una idea, mediante su formulación parcial a través de frases cuyo sentido se va sumando al total para indicar inequívocamente un determinado contenido. Un funcionamiento similar al de la estrofa en tanto que parte de la composición lírica a la que se concibe como separada del resto por razones estructurales, pero finalmente integrada en la dirección de la configuración total. El hecho, pues, de aludir al párrafo y no a la estrofa dentro del discurso poético de Laura Solórzano podría servirnos para conjeturar otra circulación, esta vez entre delimitaciones formales: frase y verso. Donde deliberadamente se renuncia a la licencia poética como justificación; de hecho, se renuncia a toda justificación, incluida la de la licencia poética.
Aquí, sucinta, la historia de la ruina de la embarcación alguna vez bautizada como sentido. Su ruina que ocurre, paradójicamente, para depurarla y ganar nitidez, como se asienta en la parte 1 del poema “(ars combinatoria”):

Yo diría: existen puentes que maduran en lugares vacíos y son intangibles conexiones que van fundiendo mente, mano , marchas y maneras que fecundan el decir con figuras que aparecen en la distancia y unen con su pleamar de nombres las orillas más imprecisas.

El naufragio del nervio lo libera de sus constricciones perceptivas y preceptivas: usa el lenguaje para desprogramar al lector y desarticular sus inercias interpretativas, obligándolo a nadar, a aferrarse a los restos del naufragio pero también a evitar hundirse con ellos. Estos puentes fecundan el decir con maneras que aparecen en la distancia, como en el poema “(mantel)”:

habrá que hacer una orquesta
de visibilidad traída por las brasas
condensada en leche madura
para extender un mantel
y comer juntos.


La visibilidad, volvamos al diccionario, es la “mayor o menor distancia a que, según las condiciones atmosféricas, pueden reconocerse o verse los objetos”.  Y aquí es importante hacer una distinción entre claridad y nitidez. La claridad —exigida a la poesía por algunas almas cándidas— no es sino una condición de permutabilidad de sentido: esto quiere decir aquello. La nitidez presenta los objetos verbales, nos permite reconocerlos, es decir: volverlos a conocer, despojados de los lastres interpretativos y asociativos de la impuesta univocidad, para entregárnoslos como únicos y múltiples a la vez. Eso es, en sentido profundo, un verso: una formulación verbal necesariamente invariable en su dicción pero gozosamente inestable en sus posibilidades de lectura. De ahí la orquestación de lo invariable verbal que provoca la desarticulación de lo convencional para afinar la lectura, como se limpia el aire después de una intensa lluvia, y permitirnos volver a ver las cosas y las palabras.
Si son ustedes tan gentiles de concederle credibilidad a mi experiencia de lector, con apenas un ligero barniz de teórico aficionado, leerán cuanto antes Nervio náufrago y no dudo de que coincidirán conmigo en que la poesía de Laura Solórzano es —como lo he confirmado con cada nuevo libro suyo— uno de los proyectos de escritura más radicales, potentes y perturbadoramente elegantes en este momento de las letras mexicanas.

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